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A juzgar por la evolución social y cultural de las sociedades europeas, marcadas por un continuo proceso de mestizaje cultural y al mismo tiempo de homogeneización cultural producto de la globalización, el nacionalismo, al menos en las formas que conocimos en las dos últimos siglos no tendría razón de ser, sus lógicas intrínsecas no deberían funcionar en este nuevo milenio.
En un mundo en el cual las modas multiculturales, la pluralidad posmoderna, la idea de comunidad pura e inalterable, que comparte un espíritu entre sus componentes, a decir, ese espíritu nacional, la idea del ancestro, de la concepción de la historia como pasado proyectado al presente, carece de sentido. Pero no por ello las falacias nacionalistas de sentido romántico siguen funcionando y alimentando reacciones de diferenciación entre el nosotros y los otros, lo puro y lo impuro, ocupados y ocupantes, buenos y malos. Como en los últimos siglos, desde que el nacionalismo fue una herramienta del capitalismo en la estructuración de las sociedades modernas, este nacionalismo ha sido dirigido por las elites burguesas locales que enarbolan la dirección y representación de esa sociedad imaginada comúnmente. Pero fenómenos como la globalización y la misma evolución del sistema capitalista provoca que estas burguesías locales entren en una profunda contradicción al intentar seguir sirviéndose del juego de exclusión e inclusión en un mundo en el cual las fronteras que delimitan lo interno o lo externo ya no son físicas y geográficas sino de posesión, de, parafraseando a Bourdieur de capital, tanto cultural, económico y social. Las barreras en el mundo globalizado han superado la dimensionalidad clásica del espacio-tiempo para convertirse, seguramente siempre lo fueron, de la posesión de recursos en el sentido más amplio, para así poder ejercer unas relaciones de poder, siempre desiguales por definición, entre unos seres humanos y otros.
El postnacionalismo debería implicar una conciencia de universalidad guiada por los derechos humanos y los logros de la democracia, en su sentido de marco en el cual se garantiza la igualdad, la libertad, la justicia, la solidaridad y el respeto por lo humano, por cada uno de los seres humanos que compartimos la misma nación, este pequeño planeta azul, el tercero de diez, de un sistema solar perteneciente a nuestra galaxia, perteneciente esta misma al Cosmos. Esta es nuestra nación.
gerard.fontdevila@hotmail.com
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Escrito por David Fornons
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lunes, 05 de junio de 2006 |
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