| La telebasura, el círculo de la explotación |
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Uno de los problemas más graves de la sociedad contemporánea es el uso parcial e indiscriminado de determinada tecnología, cuyo fin es convertir al ser humano en un sujeto pasivo y sin conciencia de su situación.
Denominamos “telebasura” a aquellos programas de televisión que aprovechan las debilidades del ser humano para obtener beneficios de tipo económico, a la vez que simultáneamente se genera una nueva dependencia con respecto a ellos. Partimos, pues, de un determinado concepto de naturaleza humana y de salud mental. Aceptamos que el ser humano libre es aquel que posee un sentimiento de identidad consigo mismo y que interacciona objetivamente con el entorno que le rodea, sintiéndose capacitado de ser un agente activo de creación, y no un sujeto dirigido o coaccionado. Históricamente el capitalismo liberó al hombre de la esclavitud para con la tierra y para con sus amos, pero lo arrojó a un mar de incertidumbre donde la estabilidad y seguridad de antaño había desaparecido. El desarrollo posterior del sistema económico condujo a la atomización de la sociedad, a un individualismo egoísta, y a una visión del mundo alienada, donde el hombre carecía de relación directa con la naturaleza y con sus semejantes. En este contexto, la vida moderna se ha desarrollado profundizando en estos lamentables aspectos, abandonando al individuo en sus miserables y enajenadas funciones rutinarias. Todas las estructuras de poder han aprovechado este vacío de identidad para hacer negocio. Así, nacionalismo, religiones y vías de salvación varias han utilizado siempre esta situación a favor de sus causas. Más recientemente, centros comerciales, televisión y otros espectáculos han ocupado ese mismo espacio. En el centro comercial somos uno más, como el que está a nuestro lado. Nos sentimos identificado con él. Somos él, siendo felices. En la televisión vemos a lo que parece gente humilde, como nosotros, con nuestros problemas. No importa que tales personas existan realmente o no. La salvación está en sentirnos identificados con los de nuestra situación. Actualmente, el caldo de cultivo de la telebasura son las clases culturalmente vulnerables, que podríamos definir como aquellos sectores de la población que aislados de los grandes procesos de producción y creación, y carentes por lo general de formación general, pueden ser explotados continuamente en múltiples sentidos. El estudio empírico de mi compañero Andrés Villena(1)1, donde analiza minuciosamente el caso de “El diario de Patricia” y profundiza en el concepto, garantiza que estamos en lo cierto. Las características comunes de los invitados dejan entrever que el programa los emplea como mano de obra gratuita para hacer un lucroso negocio. Este tipo de programas están estructurados de forma que puedan facilitar que los telespectadores se identifiquen, en su rasgos más humanos, con los participantes, mientras que éstos satisfagan sus deseos de trascender su ignorada situación personal a través de la difusión pública. Estamos hablando, por lo tanto, de un doble proceso interrelacionado, que en su comunión es alimento de un círculo vicioso muy bien aprovechado por las estructuras de poder económico. Los contenidos hacen referencia a circunstancias personales particulares, preferentemente descritas empleando un lenguaje vulgar, con las que se identifica el espectador. De esta forma éste encuentra una vía de escape a su inseguridad e insignificancia, pero en cuanto acaba el programa vuelve a su realidad, y necesitará una nueva sesión para volver a su evasiva tranquilidad. Este estado se mantiene constante debido a que la sociedad ha abandonado la búsqueda de alternativas a la falta de libertad activa de las personas, dejándolas abandonadas a su suerte individual, y favoreciendo de ese modo a quienes ya parten de circunstancias más favorables. Que son, precisamente, los que explotan a los primeros en beneficio propio. (1) A. Villena Oliver, “La explotación del invitado en los programas de testimonios o Talk Shows: El caso de El Diario de Patricia”, (2004), Universidad de Málaga.
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| Escrito por Alberto Garzón | |
| martes, 06 de junio de 2006 | |
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