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Entre la caridad y la justicia |
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Algunos datos recogidos en EEUU parecen indicar que las familias que viven en entornos cristianos de corte conservador tienen más posibilidades de ser felices y mejor calidad de vida. La razón no está en la fuerza de la fe, sino en que esas familias viven en comunidades pequeñas en las que la religión se convierte en un importante vínculo. La comunidad ofrece ayuda y apoyo: se organizan turnos de guardería, se dan cursillos, se ofrecen empleos, se ayudan en las reformas de la casa... basan su bienestar en la colaboración y en la solidaridad de sus vecinos.
Es la viva imagen de la colaboración vecinal de tiempos anteriores a la industrialización, en que la familia, primero, y la comunidad después eran la fuente de los servicios sociales que el individuo no se podía permitir. Hoy día esos servicios han sido asumidos en gran parte por el estado, y algunos denuncian que ello ha conllevado una individualización de la sociedad y un mayor egoísmo.
Pero lo que alimenta este egoísmo no es la desaparición de la comunidad tradicional, sino su excesivo crecimiento. Ya no vivimos en pequeños pueblos, ni conservamos a nuestro lado a nuestros parientes menos directos. La comunidad se convierte en una masa anónima de conciudadanos a los que no nos ata ningún vínculo. En estas condiciones, no es ya posible pedir al prójimo que nos eche una mano cuando hace falta: hay que buscar la ayuda en el Estado del Bienestar.
La sustitución de la ayuda pública por la caridad o la solidaridad de iniciativa privada puede resultar romántico, pero es poco efectivo. En EEUU, el porcentaje de PIB destinado a cooperación internacional es el más bajo de entre las naciones donantes, un 0,21 por ciento. Pero de esa cantidad el equivalente a las donaciones particulares es de tan sólo una cuarta parte. Es decir, si hubiera que confiar al sector privado toda la ayuda al desarrollo ésta se vería reducida en tres cuartos. No es muy esperanzador que digamos.
La caridad privada adolece de un defecto que la hace inviable para una cooperación eficiente: es voluntaria, está supeditada a la iniciativa del individuo. En los tiempos preindustriales, esta iniciativa se veía espoleada por la presión social, que se hacía patente en los grupos pequeños en los que se vivía. Esa presión ya no existe, y hay que sustituirla la fuerza coercitiva del estado. Claro que una ayuda de más siempre será bienvenida.
Comentarios de los usuarios (39)
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Escrito por Mireia Ortega
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miércoles, 07 de junio de 2006 |
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