| De ninguna nación |
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Si algún debate está teniendo en la vida pública una importancia que no merece, ese es sin duda el que se refiere a los nacionalismos y sus reivindicaciones. No es un asunto en absoluto nuevo, pero con la actualización de los estatutos ha recobrado el interés político de otras épocas.
Este proceso de reformas que ahora afrontan varias comunidades autónomas revela un aspecto fundamental de la vida política de este país: la tendencia a hablar sin decir nada. Es tan absurdo, que la mayoría de los debates públicos se centran en una simple cuestión de semántica; en la forma de definir a un conjunto de personas, tierras y sentimientos. Aspectos todos esos que, en opinión del que esto escribe, resultan intrascendentales. Resulta interesante reflexionar sobre el hecho de que todas estas cuestiones se refieran a los sentimientos y a la imaginación en general, dejando de lado las cuestiones fundamentales, que son aquellas de las que vivimos físicamente. No podemos negar, sin embargo, que exista un problema sociológico en España, y que éste deba afrontarse de un modo serio y responsable. Es evidente que hay territorios en los que sus habitantes comparten características socioculturales que los diferencian de otras comunidades de personas. La explicación está en que España no ha sido históricamente ninguna nación, por más que los pseudos-intelectuales de derechas pretendan lo contrario, sino una realidad plural absolutamente desordenada. España era todavía en el siglo XIX un territorio pobremente comunicado entre sí, y con una capital, Madrid, que apenas tenía influencia sobre sus provincias. La bandera rojigualda, que comenzaría a utilizarse a finales del siglo XVIII, no fue en un comienzo sino la enseña militar de la armada, y en ningún caso un símbolo nacional. Sería entendida como tal sólo en 1868, tras la revolución liberal. Demasiado tarde para englobar en ella todas las vertientes sociológicas en las que había derivado el territorio legal español. Ni siquiera los carlistas la aceptaban. Los “inventores de la tradición”, entendido este proceso como el de la creación de las simbologías necesarias para despertar el sentimiento nacionalista, han pertenecido en todos los casos a las clases dominantes, siempre con sed de más poder. El resto de insignias, catalanas, andaluzas, gallegas, vascas, no han sido sino procesos idénticos generados a menor escala. Cualquier bandera no puede sino representar los intereses de sus creadores, que no son de ninguna forma los mismos que los de los habitantes de las poblaciones que se entienden adscritas. Es un símbolo que despierta pasiones sólo en aquellos que han sido convencidos de que tal trapo guarda una fuerte relación de identidad con ellos. En la diversidad se encuentra el romanticismo, pero hay algo más profundo que escapa a nuestra vista: el sentimiento de humanidad que nos es común a todos. Estamos compuestos de la misma materia, formados en base a información genética muy parecida, y somos poseedores todos de la esencia de la vida. Igualmente tenemos necesidades innatas tales como beber y comer, y para satisfacerlas necesitamos de la interacción con la realidad material. Ninguna bandera nos dará de comer, ni ningún himno nos garantizará la bebida. Ni tampoco estrella roja alguna. Explicádselo sino a los inmigrantes que mueren ahogados. Todas las naciones son un invento, pero sólo los inventos de los poderosos triunfan. A este servidor, nacido en Logroño pero criado en Sevilla y Málaga, las reivindicaciones nacionalistas catalanas, por poner un ejemplo, le parecen tan absurdas como la reivindicación que un pingüino pudiera hacer a un iceberg acerca del clima. Y, para incidir en la llaga, considera que ningún nacionalista es de izquierdas en tanto no sea, verdaderamente, un internacionalista sincero. Las diversidades culturales, si realmente nos importan, sólo podrán mantenerse a salvo desde un internacionalismo inteligente y de izquierdas, y no desde reivindicaciones propias del siglo XIX. Ya tenemos al capitalismo como destructor de la esencia humana, no tenemos por qué inventarnos nuevas opresiones. PS: A fin de evitar el ser linchado sin razón, incido en la idea de que este mensaje, si no ha quedado claro, no proviene del enemigo españolista, sino de un humanismo real de izquierdas.
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| Escrito por Alberto Garzón | |
| martes, 13 de junio de 2006 | |
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Si algún debate está teniendo en la vida pública una importancia que no merece, ese es sin duda el que se refiere a los nacionalismos y sus reivindicaciones. No es un asunto en absoluto nuevo, pero con la actualización de los estatutos ha recobrado el interés político de otras épocas.







