La falta de espíritu crítico -minado por la avanzada anemia cultural- y, con ella, la vulnerabilidad de la inteligencia y las emociones, convierte a las clases menos favorecidas en la excusa perfecta para la supervivencia de los programas de testimonios- o talk shows en la terminología americana, que es de donde provienen. Pueden ser talk shows programas como “Sorpresa sorpresa” –de un modo especial-, “Hay una carta para ti” o, cómo no, el más joven de todos, “El diario de Patricia”.
Lo que nosotros consideramos, a primera vista, un programa ameno y refrescante tiene una lógica interna bien distinta. Tanto la composición del público como los movimientos del presentador o presentadora, el paso a publicidad y el modo en que el invitado interviene, son susceptibles de un análisis profundo y crítico -y profundamente crítico-.
Esta falsa fábrica de ilusiones se nutre de ciudadanos anónimos con historias que contar. La fascinación que la televisión produce en ellos- en muchos casos, el único referente cultural- supone el anzuelo perfecto, y permite a los organizadores contar con un suministro constante y fiable de materia prima. La mercancía es tan buena como el interés- espectacularidad, morbo- de la historia que ésta pueda contar. Así, se determinan los criterios de búsqueda entre los redactores -pescadores- y se conforma el orden de los participantes -invitados.
Una de las principales causas de que los personajes anónimos que participan de esta conspiración cultural accedan a colaborar, es, quizá, la visión equivocada que tienen de las funciones que cumple la televisión. Al contrario de lo que se puedan imaginar, ésta no tiene ningún propósito social. Pero, al aceptar su ficticia dimensión comunitaria, la comunión con ella resulta mucho más fácil para el participante y para el espectador -lo que produce muchos beneficios para unos pocos.
De este modo, esta industria utiliza los reencuentros (“Mari y Pepa llevan ochenta años sin verse y hoy se van a reencontrar”), disculpas (“no te los pondré muchas veces más, cariño, vuelve conmigo”) y denuncias (“me dejó por un avestruz”) como perfecta excusa para atraer a los potenciales protagonistas- y a los también desvalidos telespectadores. La erróneamente atribuida función social de la televisión no es más que una nueva mutación de la función espectáculo, que de este modo se disfraza para servirse con más gracia.
Dicen que cuando uno visita una fábrica de bollería industrial, no vuelve a probar estos dulces, o, si lo hace, no vuelve a saborearlos del mismo modo. Si realmente conociéramos las intenciones del presentador -no llores, yo estoy aquí contigo-, las de los directores -¡que baile la loca!- y todo el entramado que hay detrás de esta esquiva golosina visual, les aseguro que veríamos cosas que nos aterrarían.
Buen artículo, tienes toda la razón, es un círculo vicioso. Algunos programas atontan haciendo imposible para esa persona ver otros programas que ya, simplemente, no le gustan por que no acuden a sentimientos primarios tan humanos como la envidia, los celos, la curiosidad (cotilleo).
Defender estos programas sólo demuestra que, o no se tiene muy claros prinipios como dignidad humana y educación, o que no se tiene muy claro contra qué se está y porqué.
¿quien defiende qué, agenjo? defender un programa de tv es tan absurdo como ir en su contra. ¿Qué pasa, quieres poner la censura de nuevo para que elimine los programas que a ti no te gustan?
¿Censura? No, pero sí defiendo un código crítico dentro de las televisiones. Un código propio, sin intervenciones exteriores o políticas.
Meter en las cabezas de los programadores y directivos de televisión un poco de sentido común, un poco de responsabilidad, y sacar tanto aprovechamiento.
Hablas de censura, pero se trata de no reducir el ocio humano a las miserias más bajas, y hacerlo sin intervención pública. Si eso está mal dime porqué.
Debe existir libertad para ver lo que se quiera, y eso pasa por que la gente tenga más alternativas no basadas en ganar dinero a costa de la podredumbre humana.
Una vez más, eso pasa por contar con un ente televisivo público con una oferta más amplia, más segmentada y mejor dirigida.
Mucha gente seguirá viendo esos programas, pero podrán elegir entre más variedad, y tal vez te sorprenderías de cuanta gente dejaría de verlos.
Yo creo que el problema está más de fondo: lo que vemos en televisión es una consecuencia de cómo está la sociedad, la economía, etc. El "todo vale". Y a cualquier iniciativa o política pública que propongas ya te tachan de intervencionista o censor...
La Tv emite la programación de unas entidades privadas (cadenas de tv), esa programación se basa en los indices de audiencia. El Diario de Patricia da dinero. ¿Quiénes somos para exigir moralmente a un directivo que deje de ganar dinero? En todo caso él se reiría de nosotros y nos remitiría a los espectadores, porque, al contrario de lo que dice el artículo, no son nada desvalidos, son personas y tienen todo el derecho del mundo a dejarse el tiempo libre en lo que a ellos les apetezca.
El problema es que los que criticáis la televisión sois los que la quereis ver pero con la emisión de programación culta...pero la televisión es un electrodoméstico, nada más. Si resulta que la mayoría de sus usuarios apoyan la emisión de un Talk Show, pues oye...mala suerte, los demás nos cogemos un libro o la bicicleta, o unos amigos, o música... y a lo nuestro.
LA POLÍTICA ES COSA DE TODOS Siempre he pensado que cuando opinamos de política aunque no llamemos apolíticos, ya estamos haciendo política.
La sociedad, es como una gran...
No, por favor. No podemos permitirnos que sean lso políticos los que regulen la economía, sería igual de malo que permitir que lo hayan hecho los neocons.
Debos...