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Como sabiamente afirmaba Umberto Eco en su libro Apocalípticos e Integrados, muchas veces, detrás de una supuesta crítica progresista sobre la cultura, se esconde el mayor de los perjuicios aristocráticos. Esta situación se pone de manifiesto ante la nueva generación de libros y novelas de consumo que están aflorando desde hace algunos años.
El verano, supuesta etapa del año idónea para leer –aunque todas lo sean-, ha dejado en las cuentas de resultados de las principales editoriales saldos bastante favorables. Probablemente, el pedazo más grande de la tarta se lo lleve la escritora J.K. Rowling, una especie de Lance Armstrong de las novelas: segura, constante y exitosa –aunque dudo que haya probado la eritropoyetina-.
Rowling recrea un mundo de entretenida ficción y fantasía que ha propiciado que pequeños y no tan pequeños se enamoren de su lectura. Algo parecido ocurrió el verano anterior con el embustero de Dan Brown. Quizá Rowling sea más constante en el éxito, pero ambos podrían adscribirse a un fenómeno similar.
Es observando esta coyuntura cuando el supuesto crítico se mueve a sus anchas y se frota las manos de satisfacción. Denuncia al lector “de a pie” –pues el crítico nunca lo ha sido- de estar leyendo “basura”, los culpan de consumir “lectura ligera” y se reconfortan confirmándose a sí mismos lo mal que va el país y la porquería que lee el prójimo. Esta manera de recompensarse por no pertenecer a la “baja cultura” dista hoy mucho de ser una alternativa útil.
Si conociéramos las cifras de lectura de novelas, ensayos o periódicos en nuestro país, nos pondríamos a temblar. En una sociedad en la que somos casi títeres de los medios de comunicación vinculados a la imagen, el hecho de que se esté aumentando el consumo de ciertos libros se debería celebrar como un éxito. Se cuentan por cientos de miles las personas cuyo primer libro leído ha sido el de Dan Brown. ¿Qué hubieran hecho de no existir éste? ¿Hubieran leído a Marcel Proust o rebobinarían un programa grabado de Salsa Rosa?
Las novelas de consumo deben dejar de ser vistas como perjudiciales en el entorno en que nos encontramos. Si bien es cierto que su trama y recursos vienen cada vez más influidos por las leyes del cine y la televisión, la lectura supone un ejercicio que no puede dejar de reconocerse por muy pequeño que sea: la persona que lee hace el esfuerzo de imaginar las situaciones que le sugiere un código escrito. Si de un libro, por ínfimo que sea su contenido o dificultad, se realiza una actividad distinta a la de la recepción pasiva de contenidos banales, debemos aplaudir la proliferación de estos productos, que podría ser, en un optimista futuro, un paso o un trampolín para una posterior lectura más profunda o compleja (véase el caso de La sombra del viento, otro bestseller de una calidad, forma y contenido bien distintas a las del Código da Vinci). Mientras otros proponen por los principales medios de comunicación la insufrible y eterna lectura de El Quijote (ya se acaba el 2005, menos mal), démosle al hidalgo una varita mágica –o lo que diablos lleve el señor Potter- y permitámonos disfrutar del placer de la lectura.
Comentarios de los usuarios (2)
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Escrito por Andrés Villena
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lunes, 03 de julio de 2006 |
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