En una tórrida tarde de Junio, un famoso periodista, situado tras su micrófono, escuchaba, atónito, unos gritos que aclamaban su nombre. En su mente, un reflejo, un recuerdo perdido en el tiempo: multitudes de chinos bramando a su líder, Mao Tse-Tung que, desde un inalcanzable balcón, dirigía su aguda voz, sus frases vacías pero impactantes. El periodista dio un respingo como alterado: había pasado mucho tiempo y éste ya no creía en aquellos disparates.
Acostumbrado a estar siempre en la vanguardia, constantemente a contracorriente y en oposición a lo establecido…, siempre corriendo. Crítico con el comunismo soviético, fue pasando por el maoísmo más radical hasta renegar de toda utopía izquierdista. Obsesionado con la idea de una España unida, tropezó con los fanáticos nacionalistas, más cegados que él. Los catalanes de Terra Lliure traumatizaron a un brillante periodista y profesor que se encontraba en mutación constante. Su huída, la marcha definitiva del territorio hostil catalán coincidiría con un nuevo reto del aragonés: liderar a la vanguardia, pero, esta vez, desde el otro extremo político. Crítico con una derecha “acomplejada”, Federico pudo ver que los poderes que le perseguían desde joven seguían vivos: el fantasma del franquismo, revivido por Polanco y el propio Zapatero, tomaba una dimensión aún más impía: esta vez se había aliado con terroristas de distintas procedencias, en un intento de perpetuar la dominación de las fuerzas del mal. Defensor de causas imposibles, el incansable luchador continuó denunciando a sus enemigos desde las ondas, a pesar de los atentados que contra él fueron dirigidos.
Poco a poco, el ilustre comunicador fue descubriendo que, incluso en el partido que teóricamente defendía, se encontraban, infiltrados, enemigos. Falsos liberales, socialistas enmascarados, nacionalistas con buen rostro… Federico iba destapando uno tras otro a todo traidor para llevarlo a la hoguera. Seguro de su cruzada y, apoyado por escuderos no menos decididos, se prometió su siguiente misión: proteger a las víctimas del terrorismo. Había que mantener a raya a unos asesinos que, ahora, estaban siendo ayudados por el gobierno central, al que, por cierto, había que combatir a toda costa. Lamentablemente –y a algunos les sucede durante mucho tiempo- a los luchadores por la libertad no se les suele reconocer el éxito hasta mucho después. Federico tuvo, al menos durante unos momentos, su momento de gloria: un grupo de gente, en la manifestación madrileña en apoyo a las víctimas del terrorismo, le aclamó calurosamente. Al escuchar su nombre entre las masas y, pasado el momento de flash-back escalofriante, el locutor retomó su monólogo.
Excelente artículo Excelente artículo, que comparto integramente. En la misma linea argumentl y manera mas que sospechosa, en la hegemonia del dolar pueden estar las...
tonterias... Suponiendo que Dios no existiera, y solo existiera la vida, si solo tienes la vida y no hay más después de ella: Entonces ¿Por qué pierdes tu tiempo...