La nostalgia se nos revela como el dolor de la ignorancia. Esta afirmación de Milan Kundera es más que aplicable al recuerdo de otras épocas políticas en Cataluña, aquella que era un oasis. El recuerdo es la ficción de lo que nos mostraron. Ese gran padre que nos presidió, nos dejó hace, más o menos, dos años y medio. Si incluso tras la muerte de dios el mundo ha seguido, sigue y seguirá hasta que el universo, según dicen, vuelva a su punto original, que no será su final sino otro empezar en su eterno renacer.
Puede parecerles tópico sacar a Nietzsche por medio y lo es. Pero no obstante la realidad actual de la política catalana nos lleva hacia una actitud nihilista. Pero es preciso no olvidar que el nihilismo es una consecuencia, un efecto y no una causa. La causa hay que buscarla, en opinión de un nihilista optimista, no en la decadencia de nuestra sociedad, esa vía descendiente que Nitzsche se sacó de la manga o del diván de su psiquiatra, sino en todo lo contrario.
Cataluña, més rica i plena que mai no es decadente. Sus políticos y gobernantes jamás han sido decadentes. Al contrario, el esplendor los ha iluminado creando ficciones, de oasis, de plenitud cuando el desierto es lo que impera. Si de algo puede presumir la política catalana es de mediocridad. Se mire por donde se mire, exitosos políticos improductivos en otros campos es, en la política donde han hecho su agosto (algunos julio incluido) y han escrito las páginas más brillantes de su existencia individual y colectiva. Esta mediocridad triunfante, un auténtico producto etno-nacional tuvo en Jordi Pujol al gran maestro, el gran guía. Creó escuela y disfrutamos de sus últimas generaciones de discípulos.
¿Se puede comparar otro país (o nación) con el país de la feina ben feta no té fronteres, un país d’Europa, endavant, som sis millons y un largo etc? No, no se puede comparar. Nuestros políticos lo saben, claro que no nos lo dicen, ni ganas. Ellos, debatiendo sobre estatuts, sobre cómo salir en una fotografía, cómo ir a Perpinyà de incógnito o cómo montar un circo asamblea, sí que entienden. Del respeto a la ciudadanía, de la responsabilidad ética de la representabilidad y de la búsqueda del bien común, aunque parezca una cursilada kantiana, saben poco. Ahora bien, quizás no destacaron en sus años universitarios, los que fueron en sus respectivas disciplinas (alguien debería escribir sobre esos pasados brillantes) pero lo que nos queda claro es que de aritmética van sobrados, y de aritmética electoral aún más. Bien, esta Cataluña rica y llena se juega su futuro en un divertimento en el que muchos de sus jugadores hacen trampas y se pasan el día con la calculadora ansiando recuperar o reconquistar su pasado-presente glorioso. No, no hablemos de decadencia, hablemos de mediocridad exultante. La política ha muerto, viva la aritmética electoral.
gerard.fontdevila@hotmail.com
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ya. claro Supongamos que se me rompe la lavadora de mi casa. Ante eso tengo dos opciones, la primera, la logica y natural es que como hay que comprar una...