| Soy ecologista, no bonista... |
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Ante las enormes críticas al fórum, casi nadie se ha preguntado lo que hay debajo de tanto cemento y el porqué era necesaria tamaña inversión. Y es que el ecologismo no es gratuito, términos como el “desarrollo sostenible” están tan utilizados y gastados que han ido perdiendo su sentido y evocan más bien a una falsa concepción de que “podemos seguir viviendo a tutti-plen” y sin coste alguno a la vez que podemos mantener el medio ambiente. Nada mas lejos de la realidad, el ecologismo vale dinero, sobretodo porqué a diferencia de lo que hacen los mercados por sí solos que no tienen en cuenta la externalización de costes ambientales hasta que no se encuentra en situaciones extremas, el ecologismo busca atender esas externalidades y asumirlas en los costes económicos.
Una de las críticas que se puede hacer a cierto ecologismo es el bonismo. Hay cierto ecologismo estético, que a veces viene asociado a ciertas personas de cierto nivel económico y que hablan de “desarrollo sostenible” vaciándolo de contenido o de ciertos mitos. Desde ecólatras a tecnófobos, todos abogan por una naturaleza más natural, un medio ambiente más limpio, un agua menos clorada y unos cultivos menos transgénicos. Y es que el problema radica en que se mezcla cierta tendencia conservacionista heredera del romanticismo, de una glosa a la vida pastoral y agraria, como si eso fuera la forma más natural de vida para el ser humano y que la vida moderna ha corrompido al ser humano. Ese bonismo o ese conservacionismo pastoril mal entendido se ha mezclado con un ecologismo serio, en algunos casos enturbiándolo, junto con un gusto por la vida cómoda y agradable del mundo occidental de finales del XX e inicios del XXI, ha llevado a que el ecologismo muchas veces sea confundido con cierto hedonismo estético. Y es posible que sea muy duro, pero no podemos abogar por una reducción de la emisión de gases invernadero, la eliminación de las centrales nucleares, la negación a poner más parques eólicos y a la nueva línea de alta tensión (MAT), todo a la vez, y mientras no renunciar a los beneficios de la tecnología del siglo XX y XXI que tienen un coste energético relatívamente alto. Y eso hoy en día lo defienden unos cuantos ecologistas que no asumen posturas algo más realistas. O saben que hacen propuestas estéticas e inviables y con eso son felices, o bien abominan de la racionalidad. Con el mantra de la reducción, el reciclaje y la reutilización por sí solo no se va ha arreglar nada. No se puede hablar de “desarrollo” en términos económicos sin hablar de garantizar un suministro energético para esa actividad económica y para la vida humana. Podemos reducir, mas en España, donde las pérdidas energéticas de la industria y las viviendas son de las mas altas de nuestro entorno europeo, estoy convencido que pagamos demasiado barata la electricidad: el mercado no ofrece solución, es mas barato gastar mas que el coste de oportunidad que tiene dedicar esfuerzos y tiempo a la optimización de los recursos energéticos en las industrias y a cierto cambio cultural en el mundo del trabajo (apaguemos los ordenadores al salir, no pongamos los aires a 20ºC sino a 24ºC). El mercado falla al trasladar al consumidor de la energía los costes ambientales. La energía eólica es más cara que la nuclear o la térmica, solo si se compara los costes de producción por kw/h no los costes ambientales de ambas. Pero tampoco es muy importante, no se quieren parques eólicos tampoco, generan contaminación paisajística (aunque en Asturias puedes encontrarlos en zonas con lobos, osos y caballos salvajes). En definitiva, el “desarrollo sostenible” se ha corrompido tanto que al ciudadano que en general no es mala persona y que desea que sus nietos puedan vivir en un mundo mas o menos habitable se le hace entender que “con cambios sin coste y casi imperceptibles podrás seguir gastando como un campeón y viviendo como siempre”. De hecho hay diversas paradojas, movimientos de extrema izquierda han criticado el Fórum sin considerar que entre el pack de actuaciones hay unas pocas que son cruciales: la reforma de la vieja térmica barcelonesa en una térmica de gas natural de ciclo convinado que optimiza mucho más la producción energética, un ekopark y una planta de biogas que permite transformar el 90% de la basura producida por los ciudadanos de la ciudad o en energía, o en compostaje o en combustible y recuperar parte de esos residuos en material para ser utilizado a posteriori. O recuperar la vieja depuradora, desfasada, en una depuradora avanzada que permite que el agua residual salga con los niveles que son considerados mas que óptimos por la UE, cosa que si no se hiciera podría implicar la degradación de todos los ecosistemas costeros del entorno de la ciudad. Y eso tiene costes, vale dinero montarlo, vale dinero mantenerlo. Y eso se paga con impuestos, eso que tan poco gusta a la opinión pública y sobretodo al ecologismo bonismo: ¿como va a costar dinero algo que se llama sostenibilidad cuando nos han explicado que el “desarrollo es sostenible” y no va a costarnos nada?. Mientras el bonismo nos sustituya la razón por la ideología, los ecologistas tendremos mas problemas a la hora de explicar planteamientos viables y serios, hay que recordar que una de la oposición ideológica al cambio climático se basa en atacar por ese bonismo. Las soluciones no son de blanco y negro. La actividad económica ha de funcionar o no hay dinero para “I+D” (otro gran mantra que tanto los creyentes a ultranzas en el mercado y los ecologistas bonistas nos venden como solución mágica a los problemas ambientales), ni para pagar a los señores del ecopark, ni tampoco para replantar bosques. Hay que garantizar el suministro eléctrico, sustituir todo lo posible la quema de combustibles fósiles por las renovables, pero sin olvidar que la garantía de suministro obliga a tener algún tipo de combustible y que hoy por hoy la quema de biomasa no es garantía suficiente de ese suministro. Que si no queremos reducir la dependencia de los fósiles por la vía nuclear, lo tendremos que hacer por la vía de los parques eólicos o bien decidir que con las placas fotovoltaicas lo que haremos es externalizar los costes ambientales a otros lugares ya que la producción de estas placas es muy contaminante y no se pueden reciclar. Y que si a todas, todas, no queremos producir en nuestro territorio esa energía y queremos reducir la producción de gases invernadero, se lo tendremos que comprar a otros que lo produzcan, como a los franceses y su electricidad nuclear, y por tanto necesitaremos la MAT. Porque yo no veo que a la vez digan, “sacrificamos nuestros aires acondicionados”, “preferimos ganar la mitad para poder asumir las pérdidas de productividad por la falta endémica de energía eléctrica”. El bonismo lleva a veces a simplificaciones absurdas, si pongo una placa solar en mi casa, gasto papel reciclado y compro alimentos de cultivos ecológicos (es decir que no son ni transgénicos, ni utilizan insecticidas, ni fungicidas y son producidos de forma “sostenible”, es decir paradójicamente, con un mayor coste energético y en agua que la comida que come el resto del mundo), puedo permitirme el lujo de tener una segunda residencia en las afueras (que consume mucha mas energía, externaliza muchos costes ambientales, entre otros problemas), puedo permitirme el lujo de ir con el 4x4 por las pistas forestales y por supuesto negarme a que en las zonas rurales las corrompan con nuevas vías férreas (que reducirían los costes de transporte y por tanto reducirían los costes ambientales y mejorarían la actividad económica del territorio). Ese bonismo lleva a protestar porqué haya un cánon del ciclo del agua, a no entender que se tengan que gastar millones en ecoparks, a rechazar los puntos verdes porque “eso del ecologismo está bien, pero que no me los pongan al lado de casa”. Ser ecologista no es solo desear que el medio ambiente sea lo suficientemente compatible con la vida humana y con la biodiversidad, significa asumir los costes asociados al intento de garantizar esa sostenibilidad. Al igual que la izquierda asumió que la “igualdad de oportunidades” conllevaba una corresponsabilidad conjunta de todos en aportar unos recursos para sanidad o para educación universales, hemos de asumir que la sostenibilidad ha de tener su coste, y explicarlo de forma seria. A pesar de que a largo plazo el coste económico de no hacer nada será mucho mayor (el mercado reacciona solo cuando la externalización de costes ambientales es evidente, obvia e inminente y no cuando son procesos de degradación de lustros o décadas) y que lo que hoy invirtamos y lo que hayer se invirtió en este sentido nos estará ahorrando disgustos (y costes económicos) en un futuro, hoy en día va a significar que los que hoy estamos tengamos que rascarnos el bolsillo y asumir una responsabilidad que supere el “no a todo” del bonismo ecológista. La solidaridad que aboga la izquierda no solo puede ser entre los individuos de las generaciones ahora vivas, sino también con el de las futuras, somos capaces de externalizarles costes a ellos (como los producidos por la deuda pública para poder contar con dinero para invertir hoy), seamos capaces de asumir nuestra cota con las generaciones no nacidas aún, haciendo que los costes ambientales que tengan que asumir no sean tan altos. Tenemos la capacidad para no hipotecar el futuro ambiental de las generaciones venideras, sin sacrificar nuestra actividad económica de forma salvaje, pero ese punto medio que garantiza el óptimo entre ambas necesidades y que podría englobar el término “desarrollo sostenible” ha de ser confrontado con sinceridad y racionalidad. Los apologetas de un lado y otro lo han vaciado de contenido. Lo han convertido en un mantra y no se trata de inventarnos un nuevo término. Se trata de deconstruir los aspectos míticos que lo han enturbiado. El desarrollo sostenible no son duros a cuatro pesetas, no es tenerlo todo (sostenibilidad y desarrollo) sin un coste ni tampoco es el esperar que el mercado lo arregle por sí mismo. El desarrollo sostenible es ese óptimo donde los costes de esa sostenibilidad no comprometen la viabilidad del sistema económico, y la actividad económica y humana no lleve a diversas catástrofes ecológicas (y por tanto humanas).
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| Escrito por Administrator | |
| martes, 01 de agosto de 2006 | |
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Ante las enormes críticas al fórum, casi nadie se ha preguntado lo que hay debajo de tanto cemento y el porqué era necesaria tamaña inversión. Y es que el ecologismo no es gratuito, términos como el “desarrollo sostenible” están tan utilizados y gastados que han ido perdiendo su sentido y evocan más bien a una falsa concepción de que “podemos seguir viviendo a tutti-plen” y sin coste alguno a la vez que podemos mantener el medio ambiente. Nada mas lejos de la realidad, el ecologismo vale dinero, sobretodo porqué a diferencia de lo que hacen los mercados por sí solos que no tienen en cuenta la externalización de costes ambientales hasta que no se encuentra en situaciones extremas, el ecologismo busca atender esas externalidades y asumirlas en los costes económicos.


. Llamémosle técnocracia. 




