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miércoles, 03 de diciembre de 2008
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Urbanismo y ciudades (IV): el mercado inmobiliario contra la eficiencia general Imprimir E-Mail
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ImageUna de las primeras sorpresas de un europeo cuando visita Estados Unidos (y se aleja de Nueva York) es la tremenda cantidad de espacio que ocupan las ciudades para todo. Las calles son anchas incluso donde no pasa nadie, hectáreas de aparcamientos al aire libre envuelven a los centros comerciales, las aceras son enormes (y vacias), y cualquier cosa queda lejos, lejísimos para ir a pie. Las razones para que esto ocurra como de costumbre son variadas, aunque el componente político ha jugado componente central en este dibujo, a veces de forma no intencionada.


La distribución de la población en las ciudades y su densidad relativa es uno de los principales dilemas que la planificación urbanística debe afrontar. Una ciudad puede ser compacta y densa, al estilo de Boston, Nueva York o la mayoría de capitales europeas, o puede ser dispersa y extensa, siguiendo el patrón de Los Ángeles o Phoenix. Como todo en economía, la decisión que la ciudad tome una forma u otra no es gratuita, y representa escoger entre una determinada serie de costes a incurrir en el funcionamiento futuro de esta.

A partir de los años veinte del siglo pasado, las ciudades americanas empezaron a enfrentarse a un nuevo medio de transporte, el automóvil. Debido a su independencia de railes o vías de trazo más o menos fijo, el cacharro en cuestión permite a su propietario vivir más o menos donde quiera, sin tener que depender de tranvías o sus piernas para acercarse a ningún sitio. Esto, si bien es práctico para el automovilista, tiene algunos problemas graves para una ciudad en agregado, ya que favorece a la dispersión de la población.

Tener la población desperdigada en suburbios extensos con distancias grandes crea una serie de problemas. El primero, y más evidente, es que no se puede ir a ningún sitio a pie, y el coche es necesario para todo. Debido a la baja densidad de población (comparativamente) el transporte público es casi inviable, ya que cualquier línea de tren o autobús sólo cubrirá un porcentaje pequeño del territorio, dejando mucha población demasiado lejos de las estaciones para que su uso sea práctico. Por añadido, ofrecer servicios básicos como agua corriente o electricidad se hace más caro e ineficiente al tener que cubrir más distancia, mientras se hace más complicado tratar los problemas de seguridad ciudadana.

El problema que acaba siendo más evidente para los habitantes de los suburbios es, sin embargo, el transporte. La dependencia del coche para ir al trabajo o a comprar provoca gran cantidad de desplazamientos, que se hacen cada vez más largos según la dispersión aumenta. El coste y eficiencia energética del automóvil es patéticamente bajo en comparación a cualquier forma de transporte público, así que el despilfarro es considerable. Por añadido, si se quieren evitar atascos el gasto en infraestructuras es necesariamente enorme, necesitando autopistas para hacer los desplazamientos tolerables. La dispersión, en agregado, incrementa los costes para todo el mundo, y creando un derroche de energía gigantesco.

Algunas ciudades, en una mezcla entre suerte y elitismo, decidieron tratar de limitar esta dispersión en cuanto pudieron, para evitar que sus centros urbanos se convirtieran en un desastre motorizado constante. La herramienta escogida fue limitar el nivel de nuevas construcciones en su territorio a base de regular la calificación de los terrenos. Restringiendo la oferta de espacio disponible, los promotores están obligados a tratar de contentar la misma demanda con menos espacio; por tanto, pueden tanto subir los precios como aumentar la densidad para mejorar sus beneficios.

El resultado es lo que vemos en lugares como Nueva York, Boston o (en menor medida) Chicago hoy en día. Son ciudades densas, compactas, casi europeas, donde no se necesita el coche ya que el transporte público cubre de forma efectiva la mayoría de la población. La concentración hace que prestar servicios sea más sencillo, y el uso intensivo del espacio hace mantener la seguridad más fácil, a la vez que reduce la segregación.

Evidentemente, esto no sale gratis. Primero, es fácil intuir que el mercado inmobiliario regulado es bastante menos eficiente que sin regular, generando algunos problemas graves. El principal, los precios. La ciudad está limitando la oferta artificialmente, de modo que los precios de las viviendas y alquileres serán mucho más altos que los de lugares con menos manías a la hora de ocupar espacio. Por añadido, una burbuja inmobiliaria es algo relativamente fácil de ver en zonas con oferta restringida, algo que hace daño a todo el mundo menos a los promotores. Segundo, aunque el transporte público usado en masa es maravillosamente eficiente y más barato que el privado, no es necesariamente más rápido. El resultado es una ciudad más barata de mantener, donde el mismo dinero compra una vivienda mucho más pequeña, y donde es posible que uno se esté sentado en el metro un poco más de la cuenta.

La conclusión es que, como de costumbre, nada sale gratis. Dejar que cada uno construya dónde y cuándo quiera para bajar los precios de la vivienda es algo estupendo, pero acaba por tener costes de mantenimiento muy elevados a medio plazo. Abogar por una ciudad compacta y eficiente, por el contrario, tiene el precio de pisos pequeños y alquileres altos.

Es importante mencionar que en ambos casos se acabará subvencionando el transporte de un modo u otro. En una ciudad dispersa, el gasto público se irá en autopistas, en una compacta en metro. En el primer caso, a golpe de peajes e impuestos sobre la gasolina es posible que los usuarios de las infraestructuras cubran gran parte del coste, en el segundo, los billetes es probable que no lo consigan. Aún así, es necesario tener en cuenta que cada viajero en un metro está quitando congestión (y polución) a una calle de encima, así que el beneficio de su uso es más extenso que el de un conductor.

Como último comentario, ¿qué sucede si una ciudad sólo controla parte de lo que será su área metropolitana? Este es el problema de New Haven, por ejemplo, con un término municipal pequeño, y vecinos ansiosos de atraer habitantes y base impositiva. Básicamente, New Haven o ciudades similares no pueden hacer nada más que ver como la población se dispersa de mala manera sin poder remediarlo. O, en otras palabras, una buena razón para que o los municipios sean grandes, o la política urbanística sea autonómica, como sucede en España.


Palabras claves : urbanismo, ciudades, dispersion

Comentarios de los usuarios (5) RSS feed comment
Escrito por Invitado, on 10-08-2006 02:38,
1. Paco López
No estoy de acuerdo con tu concepción del mercado inmobiliario. Decir que un mercado regulado es menos eficiente que uno sin regular es un dogma liberal que, en todo caso, se tiene que justificar. La incentivación incesante por el lado de la oferta en Marbella (sin ningún tipo de control institucional) no ha favorecido la bajada de los precios de la vivienda. Por cierto, que la costa malagueña con el buque insignia de Marbella es lo más parecido aquí al urbanismo del oeste estadounidense. Es decir un urbanismo diseñado desde el interés de la iniciativa privada contra el interés general. La regulación del mercado no sólo puede ser eficente sino que es necesaria para ajustar precisamente, que la remuneración del capital sea tan desorbitada que desincentive los demás factores económicos. 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
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Escrito por Invitado, on 11-08-2006 12:50,
2. Carlos
Hola, independientemente de ciertos desacuerdos ideológicos y económicos que no comentaré por no predicar ideario liberal, creo que hay otros factores a considerar: 
 
El tamaño de edificación, amplitud urbanística y demás dependen tb. de otras circunstancias. Por ej., las relacionadas con la Historia y la costumbre. Así, en Madrid el gran apiñamiento y anarquía central son debidos en gran medida a que hasta el s.XIX fue una ciudad amurallada, lo que restringió mucho la construcción. 
Además, pienso que por eso de "salvaguardar el paisaje urbano" y demás, las tendencias de construcción se pueden propagar -en cierta medida- a zonas limítrofes.
 
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Escrito por Invitado, on 11-08-2006 13:13,
3. Jose R.
Barcelona es un caso paradigmático de ciudad densa. Limitada por dos ríos, las fronteras con otros municipios, el mar y una sierra litoral con cotas de 500 metros, no puede extenderse aún más como Madrid. El resultado es un coste alto de la vivienda, aún más que en Madrid, debido a esa imposibilidad de extensión. 
 
Sus problemas de accesibilidad se han visto agravados porqué en menos de 10 años se ha triplicado el número de desplazamientos dentro de la ciudad, del millón de viajeros diarios, se ha pasado a tres millones, siendo el asunto crucial para el funcionamiento de la ciudad. Eso, acompañado de un déficit de inversiones de Generalitat y Estado durante esos 10 años (cosa que ha comenzado a medio solucionarse, y a medias estos últimos 2 años), hace que Barcelona tenga un nivel de saturación muy alto. 
 
El Metro va a tope, pero a tope/tope, aún cuando se ha aumentado su capacidad en un 30% en 4 años eso no se nota. El tren apenas ha tenido mejoras y el número de viajeros casi se ha doblado. Los autobuses han aumentado todo lo que podían, pero hoy por hoy con la densidad de tráfico, poner un autobús más en muchas líneas no mejora nada, ya que lo que hace es debido a las incidencias de tráfico quedarse rezagado y sumar la "caravana de buses" del mismo número. 
 
El hecho es que ha sido necesario intervenir de forma dura y no permitir el aparcamiento en la zona central si no es en párking de pago y así disuadir el aumento de transporte privado. Cosa que ha permitido frenar la saturación en las vías principales, pero solo frenarla. 
 
La cosa está difícil ya que la economía funciona y eso implica más puestos de trabajo Y más desplazamientos.
 
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Escrito por Invitado, on 12-08-2006 00:25,
4. paco l.
No coincido con los compañeros que se han acercado a este artículo. Evidentemente cada ciudad es el resultado de su proceso histórico y de las luchas sociales que se han dado cita en ella. Las ciudades europeas vivieron, sin embargo procesos de planificación generales que al tiempo que racionalizaban el desarrollo en vistas a toda la sociedad, eliminaban el poder de las clases populares decimonónicas(Hauffm an para París o Cerdà para Barcelona).  
Cada ciudad se puede interpretar en clave histórica según la confrontación social. Porcioles quiso una Barcelona densa donde se dio un primer proceso especulador. La existencia de toda una serie de barrios sin ningún tipo de servicios (Nou Barris, Bellvitge...) alimentó la toma de conciencia colectiva de los que fueron a vivir allí y sólo podían mejorar con la acción colectiva. Este poder popular alentó, por el contrario una redefinición de la ciudad en clave igualitaria. 
Barcelona está inmersa en un crecimiento urbanístico exponencial como en todos los sitios. 
La ciudad densa es una realidad minoritaria dentro de un contexto que interrelaciona a diario a Barcelona con media provincia. Barcelona se acaba en sus límites munipales pero continúa sociológicamente hacia el interior, ¿o es que acaso no es Cerdanyola, o La LLagosta, o Montcada menos barcelonesa que Gràcia o El Raval? Esta es la realidad que conecta con Los Ángeles. Por fin, el precio de la vivienda en Barcelona no tiene que ver con la falta de suelo, sino con la valoración social que se le da a la vivienda (si esta relación fuera proporcional, el suelo en Sant Cugat sería baratísimo). 
 
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Escrito por Invitado, on 12-08-2006 03:45,
5. Egocrata
No entiendo como se me acusa de ser un neoliberal, cuando defiendo claramente que es necesario intervenir para mantener las ciudades compactas y manejables. La verdad, hay ciertos sectores de la izquierda que les hablas de la realidad empírica en términos técnicos, y se ponen a sudar profusamente. 
 
Para empezar, Marbella era cualquier cosa menos un mercado libre. Si los promotores tenían que pagar como locos para obtener permisos, lo que había era control político, no libertad real de construcción. Obviamente, el político estaba tratando de maximizar beneficios (el suyo), así que operaba como un monopolista, poniendo precios desorbitados y restringiendo el número de licencias. Pero lo de sálvese quien pueda, poco. 
 
Barcelona, por cierto, es una ciudad modélica en cuanto a costes de transportes y dar servicios. El hecho es que está casi muriendo de éxito... 
 
Sobre murallas y demás, en general su desaparición sigue al desarrollo de la ciudad; no son mantenidas demasiados años ahogandola en casi ningún sitio. Ciertamente no en Madrid (que empieza a crecer relativamente tarde), y no demasiado en Barcelona. 
 
La dispersión de ciudades como Los Ángeles, por cierto, es mucho más tardia; empieza en los 30-40. Es una decisión consciente y política, no una decisión histórica; nada impedía a Boston en la misma época (o a París, o a Madrid) liarse a construir autopistas y meterse a ocupar espacio a destajo. Si no se hace, es porque los políticos mantienen la oferta de suelo limitada artificialmente.
 
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