| Reflexiones sobre el aborto I: Presentación del debate |
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El debate sobre el aborto es un debate sin resolver. Esto no sería un verdadero problema social si no fuera por la entidad de las cuestiones que entran en juego, es decir, nada más y nada menos el principio de la condición de ser humano, que es el papel sobre el que el ordenamiento jurídico escribe la totalidad de los derechos fundamentales. Según el derecho positivo, el sujeto de los derechos humanos es precisamente el ser humano, por ende, la discusión sobre el aborto lo que pone en juego es si el nasciturus es, o una cosa que puede ser objeto de derechos reales, o un ser humano que puede ser sujeto del derecho a la vida que todos los ordenamientos jurídicos occidentales le reconocen.
Pero antes de abordar la discusión acaso sea necesario definir que es el aborto. En la regulación francesa el aborto se define como « interrupción voluntaria del embarazo ». Los elementos que derivan de esta cuestión son, un comportamiento humano, una relación causal con la interrupción del embarazo, el resultado del fin del embarazo y el consentimiento de la embarazada. Así, el aborto puede definirse como « una interrupción del embarazo provocada con el consentimiento de la embarazada ». Esto no significa que aquéllos « abortos » accidentales o provocados sin el consentimiento de la embarazada puedan considerarse como otra cosa que aborto, simplemente se está marcando que el debate sobre su regulación o no, no existe en los casos en que el aborto es provocado sin el consentimiento de la madre y es irrelevante desde el punto de vista jurídico cuando esta interrupción se produce de forma accidental. En este sentido, el debate lo que intenta discernir es en qué casos y bajo que supuestos o dentro de qué plazos puede interrumpirse el embarazo con el consentimiento de la embarazada. Este debate lleva, como veremos, a hablar sobre si el feto es o no es humano, y por tanto que, de acuerdo con el principio de dignidad, debe ser sujeto de derecho. El problema que surge es que con el sistema de remisión a otro lugar (que es precisamente lo que hace el ordenamiento hablando de « ser humano ») no se resuelve el qué es un ser humano, puesto que se da por hecho que este es un problema resuelto y esto ha llevado a que un problema, a priori jurídico, lleve a ser definido como un problema filosófico, ético, o biológico que, en cualquier caso desborda el campo de lo jurídicamente interpretativo. Este hecho ha llevado a que, hasta el momento, nuestra sociedad ha sido incapaz de encontrar una solución consensuada al problema del aborto. Esto supone en realidad un gran problema, dado que cuando no existe consenso, lo único que puede existir es imposición, y veremos hasta que punto es grave desde el punto de vista de la libertad de creencias que en esta materia exista una imposición de la mayoría sobre la minoría. Por esto los términos en que se abordará la cuestión no serán los de determinar si el aborto es moral o no, sino que nuestro propósito será encontrar un argumento político que sea capaz de satisfacer a todas las partes del debate, no tanto un argumento que busque la verdad, sino un argumento que busque el consenso de las partes enfrentadas en el debate. Así, en un ciclo de tres artículos se intentará analizar primero cuáles son las posturas enfrentadas en el debate y de que forma plantear el debate en esos términos lleva a que sea imposible resolverlo (en este artículo), para a continuación intentar establecer un argumento que, salvando la « impasse » del debate actual sea suficientemente justo como para conciliar a todas las partes (que se tratará en un segundo artículo) y finalmente dar cuenta de qué cambios en la regulación podría operar la adopción de ese sistema (en una tercer artículo). El callejón sin salida de las posturas actuales El debate sobre el aborto ha sido uno de los más sonados de toda la época moderna. De estar ilegalizado en la mayoría de los Estados modernos desde un tiempo prácticamente irrecordable, su práctica fue siendo legalizada a través de todas las democracias occidentales (la ley de 1983 en españa, la de 1975 en Francia). El debate antiguo se basaba en dos posturas éticas distintas. La que defendía su licitud argumentaba basándose en el derecho de la madre a disponer de su propio cuerpo, en el derecho a regir su propia vida sin ingerencias externas, etc. Esta postura puede ser resumida, de forma ciertamente simple pero no menos gráfica, con lema que las partidarias de esta posición solían gritar en las manifestaciones « nosotras parimos, nosotras decidimos ». En efecto, desde el punto de vista de la libertad individual en tanto que derecho a poder hacer lo que no perjudica a otro, es evidente que nadie puede forzar a una mujer a tener un hijo, por dos razones fundamentales. La primera de tipo biológico, nos hace pensar que dado el desgaste físico que puede provocar un embarazo para el cuerpo de la embarazada, el derecho a disponer del propio cuerpo y a la integridad física debería amparar el derecho a poner fin a un embarazo sin injerencias externas. La segunda de tipo sociológico, nos dice que no hay motivo para obligar a nadie a ser madre, dado que esta condición conlleva una serie de obligaciones legales, de consecuencias sociales y psicológicas que la mujer no tendría por qué estar dispuesta a aceptar y que, por lo tanto, estaba haciendo uso legítimo de su libertad al negarlas sin seguir adelante con el proceso. Entre estas consecuencias se puede citar la deshonra que la mujer podría sufrir por el hecho de que (a menudo) la relación sexual que daba lugar al embarazo tenía un carácter extramatrimonial y se veía obligada a admitir la nada cómoda condición social de madre soltera en una sociedad fundamentalmente patriarcal (el aborto social), pero también las consecuencias psicológicas que la propia embarazada tenía que soportar por el hecho de tener un hijo sin haberlo deseado o sin estar preparada para ello (el aborto psicológico-terapeútico) así como las consecuencias socioeconómicas que podía tener el verse obligada a criar a un niño (el aborto socioeconómico). Haciendo a un lado las cuestiones éticas, también parece necesario mencionar las razones de sociología jurídica que llevaban a apoyar su despenalización. En realidad, el aborto es una práctica antigua, tan antigua como los problemas que lo motivan. Esto hace que la eficacia de su prohibición sea relativa cuando no mínima. En pleno régimen nacional-católico, en España el registro de la fiscalía exhibía mas de 3000 abortos practicados anualmente y apenas una docena condenas penales anuales. A lo que en realidad llevaba la ilegalización del aborto no era tanto a que no se practicara el aborto, sino a que este se practicara en condiciones lamentables, a menudo sin las debidas medidas de higiene y sin la ayuda de un profesional competente. Esto, además, solía repercutir negativamente en las clases mas humildes puesto que las más adineradas solían tener recursos para viajar a un país extranjero donde se les practicara la interrupción del embarazo. Así pues, la legalización del aborto no era más que reconocer la existencia de la realidad del incumplimiento de una norma que los poderes públicos no se sentían capaces de impedir. Por otro lado, las posturas antiabortistas eran del tipo mas diverso. La corriente estaba liderada por la iglesia católica que argumentaba la contrariedad de esta práctica a la ley natural y su despenalización exhimiría a la madre de los deberes morales que tenía de tener, criar y educar a su hijo. Sin embargo, el argumento central de esta postura (y también el más liberal de todos) atacaba la base del razonamiento favorable. Admitía que, sin duda, la madre podía tener derecho a decidir sobre su vida, pero que este derecho se veía restringido cuando entraba en juego la vida, la libertad de otro ser humano, en este caso el nasciturus. El nasciturus sería sin ninguna duda (y esto es irrefutable) algo humano, pero sobre todo, un ser humano. Como ser humano, debía ser portador de derechos y obligaciones, entre ellos el de no morir. Por lo tanto, era imposible esgrimir el argumento del « nosotras decidimos », porque lo parido no era una cosa, una propiedad sino sobre todo un ser humano. despenalizar que este ser humano pueda ser destruido sería como legalizar el asesinato. Si los padres tienen legalmente una serie de obligaciones hacia sus hijos en la figura de la institución familiar, parecía claro que no podía justificarse la interrupción voluntaria del embarazo tomando base en la libertad de la madre, puesto que esta libertad estaba limitada por los deberes que le confería su condición de madre, a saber, el de criar y desde luego tener a sus hijos. En este sentido, el conflicto de bienes jurídicos (la libertad de la madre y la vida de otro ser humano) no podría ser resuelto más que a favor del nasciturus. En este sentido, cabe apreciar que, si el nasciturus era un ser humano, la corriente antiabortista habría ganado el debate. Es por esto que desde entonces los esfuerzos de la corriente pro-abortista se centrarán en demostrar que el nasciturus no era propiamente humano, o al menos no era tan humano como un ser humano propiamente dicho. El autor de este texto, por ejemplo, defendía que la condición humana tenía un componente social, porque lo que diferenciaba al ser humano de otros seres era su vertiente política (como exponía aristóteles) y su vertiente social y afectiva. Por esa razón, el valor de la vida humana no se definía como un valor en sí mismo, sino por el valor que esta tiene para la sociedad en que se ubica y para los seres que le quieren, las reglas de bioética no debían por tanto atender al individuo sino a su valor para organizar la sociedad. En cualquier caso, nuestra intuición nos dice que un ser que solo realiza sus funciones biológicas como propiamente humanas, no es propiamente un ser humano, no habla, no opina, no se queja, no ama ni sufre ni padece. Existen también perspectivas médicas al respecto, las cuáles aciertan a fijar plazos en los que el nasciturus dejaría de ser un trozo de tejido para ser un ser humano, esta fecha puede considerarse como la anidación en el útero (15 días después de la concepción, cuando se fijan los caractéres genéticos mas importantes) como el momento en que comienza a tener el nasciturus actividad cerebral así como otros muchos criterios. A partir de este momento, el verdadero debate aparece centrado en aquél carácter definidor de la condición humana puesto que era el lugar en que se separaban las posturas pro y antiabortistas. Sin embargo, este debate parece una cuestión irresoluble. Se trata en primer lugar en un debate profundamente sútil, basado sobre todo en la cuestión biológica. En realidad, hay un consenso practicamente unánime sobre cuando está claro que el nasciturus es ya persona, mientras que las principales diferencias se registran en unos ridículos plazos de la gestación y es ahí donde las posturas oscilan desde las más restrictivas (como la mantenida por la iglesia católica de la concepción) hasta las menos restrictivas (4, 5 o más meses). En realidad no parece muy verosímil que, de un momento a otro, pasemos de tener una masa informe de tejido a tener una persona. En este sentido, mover el plazo hacia adelante o hacia atrás puede ser lo que determine si se está cometiendo un homicidio o simplemente administrando un tratamiento médico, lo cuál no parece muy racional. Por otro lado, el debate sobre la vida humana es un debate, no solo extremadamente complicado, sino imposible de responder desde una perspectiva mas o menos racional. El ser humano tiene una dimensión metafísica, es decir, que escapa a lo puramente racional. Es comprensible que la mayor parte de las religiones den una respuesta desde la fe al problema del comienzo de la vida humana, y es también comprensible que sus partidarios la adopten, no como una opinión racional sino como una doctrina teológica. Esto es tanto más grave cuando el número de ateos convencidos en nuestra sociedad es eminentemente bajo, es decir, una abrumadora mayoría de los ciudadanos dice creer « algo » es decir, admite que la razón y la ciencia empiríca están limitados por aquéllo que es metafísico. Por esta razón, el problema aparece como irresoluble a todas las vistas, ya que aunque las partes del debate se esfuercen en dar un razonamiento, este razonamiento será siempre hipócrita porque la verdadera razón por la que sostienen su postura es un motivo no racional, luego no explicable. En realidad, no parece razonable pedir una explicación científica y racional de la condición humana, puesto que esto se basa fundamentalmente en las creencias de los individuos. Hay cosas que la ciencia no puede explicar, porque la ciencia se basa en lo que es empírico y la condición humana, lejos de ser empírica es algo construido por la conciencia humana, en una idea en el sentido platónico del término que no es posible tratar racionalmente. Esta cuestión lleva a una situación dramática, puesto que ambas posturas llevan a soluciones totalmente distintas. Los que creen que el nasciturus es humano verán en el aborto un homicidio cuando no un asesinato, mientras que los que creen que el nasciturus no es humano verán el aborto como un acto normal, hecho en el ejercicio de un derecho fundamental de la madre y su prohibición como un grave atentado a su libertad individual y su motivo un motivo absurdo. En este sentido la comunidad ética requerida por toda sociedad se ve quebrantada y dividida en dos grupos irreconciliables. Esto es tanto mas grave cuando esta situación ha llevado a los grupos antiabortistas a cuestionar la propia autoridad del Estado para imponer leyes comparándolo al Estado Nazi y acusándolo de seleccionar seres humanos cuando la práctica se encuentra legalizada, y a los pro-abortistas a cuestionar la aconfesionalidad del Estado y su respeto de las libertades fundamentales. El asunto del aborto es pues espinoso y complicado y es por ello que la mayoría de las democracias occidentales han aparcado el debate, pero eso no ha hecho que deje de ser, en la mentalidad de la ciudadanía, un problema de importancia extrema que se encuentra sin resolver. Esta situación plantea la necesidad de adoptar una visión distinta del debate, no ya como un debate ético donde deba prevalecer una de las dos posturas que, ya hemos dicho, son irreconciliables, sino en un debate político, donde lo que se discuta no sea ya si el nasciturus es o no persona, sino que, dadas las posiciones divergentes, si es o no justo despenalizar el aborto y bajo qué condiciones.
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| Escrito por Citoyen | |
| lunes, 14 de agosto de 2006 | |
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