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Aprovechando que hace pocos días fue la efeméride del bombardeo de Hiroshima, sacaré a colación otra gran injusticia que hubieron de sufrir, en este caso, los ciudadanos y residentes americanos de ascendencia japonesa: los campos de internamiento.
El primer internamiento tuvo lugar en marzo de 1942, en Bainbridge. Los motivos oficiales eran que existía la posibilidad de que los residentes de ascendencia nipona fueran infiltrados que podrían proporcionar datos al enemigo sobre objetivos militares en suelo americano. Ya con anterioridad el FBI había realizado redadas en las que habían hallado armas y dinamita en manos de los sospechosos. Claro que eran instrumentos habituales entre las familias del mundo rural, útiles para sacar troncos de los caminos.
El caso es que la paranoia provocada por el clima de guerra y una buena dosis de racismo- se decía que a los Issei y Nisei (residentes de primera y segunda generación respectivamente) les llamaba su sangre y que por mucho tiempo que llevaran viviendo en USA, por muy arraigados que estuvieran sus intereses, acabarían poniéndolos del lado de los Japoneses- junto con los intereses de ciertos grupos de agricultores y granjeros, provocaron el éxodo de más de 100.000 personas hacia campos de internamiento después de verse obligados a vender sus propiedades por mucho menos de su valor real. Pasaron años antes de que pudieran volver a salir de los recintos alambrados.
Incluso los tribunales dieron la razón a las decisiones del gobierno y los militares, negando cualquier motivación racista tras los internamientos – aunque en aquel momento vivían en USA más de 5 millones de italoamericanos y un número también considerable de ciudadanos de ascendencia germana, que salvo algunas excepciones al inicio de la guerra no fueron en absoluto molestados a pesar de que la costa Este sufría el constante peligro de los ataques del Eje. Así, no fue hasta los años 80 que el gobierno reconoció el error que había cometido y compensó a los internados y sus descendientes con 20.000 dólares por cabeza. Una miseria teniendo en cuenta que lo habían perdido todo.
Hasta llegar a esa compensación, ha habido varias corrientes defensoras del internamiento, arguyendo que se trataba de una necesidad militar en tiempos de guerra. Incluso hoy día se escriben libros negando o minimizando el enorme impacto negativo que tuvieron, no sólo las evacuaciones, sino todo el sentimiento antijaponés que impregnó la sociedad americana durante décadas. Últimamente los esfuerzos por reescribir la historia de los internamientos se han redoblado a tenor de los atentados del 11-S, pues guardan una fuerte relación con el acoso y la vigilancia a los que se somete a los ciudadanos con orígenes en Oriente Medio, por un lado, y con las detenciones indefinidas que sufren los prisioneros de Guantánamo, por el otro. Dos casos de actualidad que habría que comparar con este otro caso histórico para que nos enseñe por dónde no hay que ir.
Comentarios de los usuarios (2)
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Escrito por Mireia Ortega
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jueves, 17 de agosto de 2006 |
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