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sábado, 05 de julio de 2008
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El socialismo y el mercado Imprimir E-Mail
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ImageFrecuentemente se confunden los términos "economia de mercado" y "capitalismo". Es una confusión que está presente tanto en la izquierda como en la derecha, y tanto en las filas socialistas como en las liberales. Por eso, la crítica de von Mises a los sistemas económicos de planificación central es considerada por los liberales (empezando por el propio von Mises) como una crítica al socialismo, y por eso los socialistas miran con desconfianza al mercado, considerándolo sinónimo de capitalismo. El origen de esta confusión es complejo y no se tratará aquí.

En realidad, ni una economia de mercado tiene por que ser necesariamente capitalista, ni el socialismo y el mercado están opuestos por principio (aunque se llevan mal, como veremos mas a bajo). Para empezar, muy brevemente podemos definir al capitalismo como un modo de producción caracterizado por combinar la propiedad privada de los medios de producción con una economia de mercado. En la medida en que ambos elementos estén presentes en la estructura económica de una sociedad, podremos decir que esa sociedad es mas, o menos, capitalista.

¿Y el socialismo? Las definiciones que podemos encontrar en los diccionarios y las enciclopedias suelen presentar al socialismo como un ideario y movimiento que reivindica y lucha por la socialización de los medios de producción. Es decir, de los elementos que antes señalamos como propios del capitalismo, el socialismo solo se opone por principio al primero, a saber: la propiedad privada de los medios de producción. La existencia o no de un mercado es un hecho que en principio no atenta contra la noción de "sociedad socialista": es perfectamente imaginable (otra cosa es si es factible o no) una sociedad donde las empresas compitan en el mercado pero sin embargo sean empresas públicas, mixtas (con participación privada y pública) o autogestionadas (como las cooperativas). De hecho, existen interesantísimos desarrollos teóricos sobre la posibilidad de un "socialismo de mercado", realizados por economistas tan solventes como John Roemer o Alec Nove, que tienen un antecedente ilustre en otro socialista llamado Leon Walras, padre de la economia marginalista moderna. Y eso sin observar la posibilidad, ya demostrada, de establecer un regimen de economia mixta, combinando el regimen de propiedad privada propio del capitalismo con una fuerte presencia del Estado democrático en la economia. Y sin observar, tampoco, la posibilidad de que en un regimen de economia mixta exista un sector de empresas autogestionadas tan o mas fuerte que el sector estatal. Y sin tener en cuenta la posibilidad de observar esa economia mixta como un estación de paso hacia un socialismo de mercado, etc.

Existe no obstante un punto que deberíamos observar para no caer, tampoco, en el error de creer que el socialismo se lleva perfectamente bien con el mercado. Se trata de la existencia de una oposición entre socialismo y mercado que no es de principio pero si de aplicación tecnica: el socialismo y el mercado requieren para su funcionamiento del fomento de unas disposiciones en la ciudadanía que son diametralmente opuestas. Por un lado, el socialismo no requiere de santos, pero si del ejercicio de una cierta virtud cívica, de un cierto compromiso de los ciudadanos con la participación en la democracia, con el pago de impuestos, con la defensa de sus derechos y de los de los demás ciudadanos, etc. Es decir, se requiere a un ciudadano medianamente participativo y con una cierta disposición cooperativa, disposición que sabemos que existe de manera innata en la naturaleza humana (juntamente con otras diposiciones de caracter egoista) y que por tanto no es una quimera. El problema es que el mercado necesita exactamente de lo contrario. En los intercambios mercantiles el principio que rige es el del interés propio. Yo no te cambio mis vacas por tus coles porque me parezca justo o porque me preocupe por tu bienestar, sino porque me preocupo exclusivamente por mi propio bienestar. Si en el camino aumenta tu bienestar, tanto mejor para ti, pero no era esa mi intención aunque tampoco me resulte ningún problema. Ahora bien, si nuestro intercambio redunda en un perjuicio para ti o para un tercero, mientras todo sea legal, tanto peor para ti y a mi sigue sin resultarme ningún problema. Mas o menos es así como funcionan las cosas en el mercado. Y lo que es mas importante: los individuos que no se comportan de ese modo tarde o temprano se ven expulsados del mercado o en todo caso desfavorecidos en favor de aquellos que miran mas y mejor por su propio interés sin tener en cuenta el de los demás. Con lo cual: 1) los individuos con disposiciones cooperativas se ven sancionados por el mercado; y 2) los individuos con disposiciones cooperativas, o bien desaparecen del mercado, o bien van adaptando su conducta a la dinámica del mercado. Por poner un ejemplo, uno puede ser muy huelguista hasta el dia en que se da cuenta de que todos sus compañeros prefieren esquirolear y que, además, les sale mejor la jugada.

Por decirlo brevemente: el mercado estimula en los individuos un tipo de disposiciones egoístas que son perniciosas para el fomento de la virtud cívica de que precisa el socialismo. Lo hemos visto, por ejemplo, en la crisis de lo que ha sido la modesta joya de la corona de la socialdemocracia hasta ahora: el Estado del Bienestar. Los Estados del Bienestar europeo se hallan en crisis, entre otras muchas cosas, por el hecho de que han pretendido crear una sociedad fuertemente cooperativa sobre el mar de fondo de una ciudadanía fuertemente incívica, característica de las sociedades capitalistas de mercado. Un Estado del Bienestar robusto requiere de una ciudadanía dispuesta a pagar impuestos y a ver con buenos ojos que parte de su dinero vaya a parar a los que están peor que ellos. Nada de esto se da por ejemplo en sociedades como la catalana, donde la gente está habituada al fraude fiscal, a reclamar subvenciones y quejarse de los impuestos, a "hacer cuento" para no ir a trabajar, a ver con malos ojos las facilidades (en forma de becas, matrículas gratuitas o subsidios) otorgadas a los colectivos mas desfavorecidos, a contemplar con normalidad y cinismo el insultante nivel de evasión fiscal de los mas ricos, etc. De hecho, no por casualidad los Estados de Bienestar con mejor salud de Europa, los nórdicos, son aquellos que se han construido sobre sociedades que por distintas razones (entre otras, precisamente porque el Estado del Bienestar se ha construido bien y ha sido muy igualitarista) tienen una cultura cívica muy fuerte.

Así las cosas, parecería que lo mejor sería sustituir el mercado por un sistema de planificación central sometido a control democrático, donde la producción se orientase de modo que estimulase la conducta cooperativa i la disposición cívica de los individuos. El problema, sin embargo, es que en economías medianamente complejas (y las economías modernas son extraordinariamente complejas) un sistema de planificación central es totalmente inviable, al menos con el conocimiento teórico y el desarrollo tecnológico actual: una Junta de Planificación central es incapaz, como señaló Ludwig von Mises, de recoger toda la información necesaria para orientar con eficiencia el proceso productivo. En economías de estas características el mercado continua siendo el mejor sistema de distribución de recursos.

Así pues, no nos queda mas remedio que admitir que toda economía socialista o mixta deberá navegar sobre el mar de fondo del mercado. En eso, la socialdemocracia posterior a la Segunda Guerra Mundial iba muy acertada. Pero el precio a pagar será la eterna vigilancia sobre el egoísmo y el incivismo fomentado de manera natural por el mercado, y el diseño de instituciones y medidas destinadas a paliarlo y a fomentar la virtud cívica que requiere el socialismo para funcionar de manera estable. Con todo, deberíamos hacer hincapié en dos cosas a la hora de admitir la necesidad del mercado. La primera es que reconocer esta necesidad no implica reconocer la necesidad de la existencia o de la extensión de la propiedad privada de los medios de producción, como defienden corrientes como la Tercera Vía. Y la segunda es que la aceptación resignada del mercado, sin ser una tragedia ética para el socialismo, si que debe ser tomada como lo que es: como un mal menor, un second best con el que debemos convivir... hasta que ya no sea necesario, si es que ese día llega. Porque una diferencia notable entre hacer una apología idólatra del mercado como la que predica la Tercera Vía y una resignación sin lágrimas como la que propongo en este artículo es que, cuando uno está ante un mal menor, se halla en situación de darse cuenta de cuando ese mal menor ha dejado de serle útil o necesario y puede despacharlo sin mas problema.

Este artículo pertenece al Dominio Público por expresa devolución del autor al mismo.

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