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jueves, 22 de mayo de 2008
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La irresponsabilidad de la televisión Imprimir E-Mail
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ImageMientras veía la sección deportiva del telediario, de casi más duración que el resto de apartados, me preguntaba si los realizadores de la misma eran conscientes de la influencia, extraordinaria, que sus contenidos tenían en la mayoría de la sociedad, especialmente entre los más jóvenes.

Siempre me ha llamado la atención la facilidad con la que un deporte puede pasar del olvido a la fama; y al revés. Con el tiempo me he dado cuenta de que el factor principal, el preponderante, es el patriotismo comercial, el cual se basa en la venta inmediata de aquel deporte donde algún español está, en ese momento, brillando.

Si no aparece en televisión, no existe. El waterpolo, otrora deporte nacional casi por excelencia, con miles de fanáticos en todo el estado, debió su publicidad a los éxitos de la selección española. En cuanto bajó el rendimiento del equipo, aquel deporte dejó de ser una realidad para las vendidas conciencias españolas. Recuerdo, qué chico era yo entonces, como, motivados por lo que veíamos en televisión, los chavales jugábamos en playas y piscinas nuestros entretenidos partidillos de este juego.

Otro caso representativo, entre decenas, es el del ciclismo. En la época en la que Indurain vencía admirablemente, así fuera ayudado de la ciencia médica, las bicicletas asaltaban el paseo marítimo de mi pueblo como nunca lo había hecho. No pocos vendedores de las mismas hicieron fortuna a costa de la máquina navarra. Sin embargo, en cuanto los españoles pasaron a un segundo plano en dicho deporte, los medios de comunicación dejaron de conceder importancia al mundo de las bicis.

En los últimos tiempos, los medios de comunicación han alzado, al podium de lo divino, otros nuevos negocios. Fernando Alonso en fórmula 1 y Dani Pedrosa en motociclismo, entre otros, han tenido gran parte de culpa. Quienes ya sabemos todos los cuentos, como diría León Felipe, predecimos que en unos cuantos años esta gran afición -compuesta de personas muy vulnerables a las modas-, que sigue hoy estos dos absurdos deportes, cambiarán de chaqueta casi sin darse cuenta.

Sin embargo, esta estrategia de los medios de comunicación tiene grandes consecuencias que no son tenidas en cuenta en el análisis clásico de la oferta y la demanda. Efectivamente, ellos crean la oferta gracias a la previa explotación de un patriotismo primario, obteniendo así jugosos beneficios económicos que se trasladan, también, a otros sectores comerciales. Pero hay algo más.

Todo ese creciente amor por las motos, las carreras, el olor a rueda quemada y a gasolina… es producto evidente de esta táctica de maximización de beneficios, con consecuencias trágicas en la sociedad. La imitación del ídolo y, paralelamente, las nuevas preferencias de consumo –motos de gran cilindrada, al caso-, arrastran a los individuos a vivir nuevas situaciones para las que no están preparados.

¿Hasta qué punto está concienciado, de lo que hace y hará, el joven ahora apasionado por este consumo tan irracional? Se lanza, feliz y sonriente, a la calle con su nueva adquisición, una máquina de gran potencia, a gran velocidad, sintiendo el viento en la cara, y sin percatarse de los grandes riesgos que está asumiendo.

El mundo de ilusión, vendido –literalmente- por unos cuantos hombres de negocios, puede desvanecerse con un simple charco, un objeto cualquiera arrojado, por el azar, en la carretera, o por un mal control de aquello que, nuestro, se cree uno se maneja con total autoridad. Un adelantamiento mal realizado, una curva tomada a demasiada velocidad, un despiste absurdo, un fallo en una pieza defectuosa... cuántas posibilidades de desastre fatal.

Cuatro han sido, en poco más de un año, los amigos que han perdido la vida en estas circunstancias. Este viernes pasado era enterrado el último. Y yo, sentado delante de la televisión, compruebo como día tras día el mismo e irresponsable negocio colabora activamente en la creación de estas preferencias, tan absurdas, que acaban por llevarse la vida de tantas personas.

Y vuelvo a preguntarme, sinceramente, si esa gente es consciente de con lo que están jugando. O haciendo negocio, más ciertamente.

http://www.agarzon.net

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Escrito por Alberto Garzón   
martes, 22 de agosto de 2006
 
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