| Una empresa estatal de biodiesel |
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En el anterior artículo comentaba la necesidad de cambiar el sistema de subvenciones a la agricultura nacional y europeo, para derivar la actual producción hacia cultivos como la colza o la soja, idóneos para la producción de biodisel.
Baste decir que este combustible, con casi las mismas prestaciones que el diesel derivado del petróleo, ofrece reducciones significativas de los gases emitidos por este último. Entre un 75% y un 100% según el gas. Otras ventajas son, sin duda, la reducción de olores emitidos, la ausencia de sustancias cancerígenas en sus gases liberados y la posibilidad de abastecerse en el mercado autóctono, con la consiguiente reducción de la dramática dependencia energética a nivel europeo, y sobre todo, español. Cambiaríamos así, en lugar de mantener cultivos ineficientes y desperdiciados, que no sólo impiden el comercio abierto con naciones en vías de desarrollo que lo necesitan, sino que además consumen enormes cantidades de un agua cada vez más escasa (recordemos que la agricultura consume, por ejemplo, el 80% del agua de nuestro país). Pero para crear un mercado boyante y extendido de este producto no sólo son necesarios cambios en las subvenciones a los agricultores, sino que se debe actuar para facilitar que, tanto consumidores como productores, opten por esas tecnologías. Para ello, sin duda, son necesarias ayudas que complementen el impulso que los ya altos precios del petróleo le han dado a las energías renovables. Este punto, polémico por cuanto requiere una intervención estatal, y un cambio en el modelo de gasto público en toda Europa, al estilo del plan renove, es necesario para que en un plazo de tiempo lo más breve posible, el parqué de vehículos se vaya renovando y el consumidor decida que esta opción es la que más le satisface. Recordemos que el biodiesel se mezcla con diesel, por lo que cualquier vehículo diesel podría utilizarlo, pero para poder utilizar un 100% de este carburante ecológico es necesaria una pequeña modificación del automóvil y ésta podría estar subvencionada. Y digo, “en el plazo más breve posible”, no sólo por el incumplimiento del Protocolo de Kyoto que muchas empresas españolas están haciendo, sino porque el mismo diseño de éste (y la forma en la que se han asignado las cuotas de emisión) es insuficiente para revertir, ya no hablamos de evitar, sino que tenemos que revertir, el cambio climático. No entraré en polémicas con aquella minoría de científicos que, a sueldo de grandes empresas o gobiernos, niegan la existencia de este efecto en el clima. Sólo espero, que a estos mercenarios, la historia, y los científicos serios, les pondrán en su lugar. Tampoco entraré en la polémica sobre si las nucleares son la solución o no. Creo que pueden ayudar, pero también que el optar por ellas como único remedio nos mantendría igual que estamos. Primero, porque dependeríamos de grandes compañías monopolísticas. Segundo, porque seguiría habiendo escasez de suministro. En “Debate sobre la Energía Nuclear, Energía Solar y Modelo Energético, llevado a cabo en Madrid el 13 de Marzo (según la revista The Ecologist), se habló de la necesidad de crear “6.000 centrales de fisión en el mundo”, a razón de 25 al mes durante 20 años. Una tarea ingente. Tercero. Dicha labor, de poder llevarse a cabo, incluso superando los riesgos de seguridad y obviando el problema de los desechos nucleares, sería simplemente un mantenimiento del sistema actual. Debido a que los materiales fisionables son escasos en la Tierra, nos encontraríamos en la misma situación en la que estamos en la actualidad. Dependiendo de un suministro escaso y a punto de agotarse. En mi opinión, la energía nuclear debe aplicarse en aquellas zonas donde no sean posible otras alternativas, y donde puedan complementar otras energías, como las renovables. El último inconveniente, y el que atañe al artículo, es que, mientras no se comercialicen coches de hidrógeno capaces de abastecerse de la red, la energía nuclear es inviable como sustituto del petróleo de automoción. Es aquí donde los combustibles vegetales deben demostrar su desarrollo, y es aquí donde, a pesar del desmesurado crecimiento del petróleo (no olvidemos que antes de la invasión de Irak estaba el Brent a unos 20 dólares, mientras que hoy está a unos 72, habiendo estado a punto de tocar los 78$ el barril de referencia en Europa). ¿Qué impide el desarrollo de la distribución de estos combustibles cuando la misma UE ha apostado por duplicar su presencia en nuestras gasolineras en unos años pasando del 5% al 10% del total de combustibles consumidos? Es de suponer que una mezcla de factores, como la ausencia de proveedores, y las inversiones necesarias para acometer la transformación de las gasolineras donde se va a distribuir (ambas solucionables con la política de subvenciones mencionadas). Sin embargo, cabe preguntarse si detrás del lento caminar de estos combustibles no habrá intereses para seguir manteniendo el actual sistema, por parte de los lobbies y los cárteles petroleros. ¿Sería posible, entonces, que a pesar de contar con una producción de estos carburantes, subvencionada, sí, pero más eficiente que la actual, no se implantase esta tecnología debido a la presión de empresas con intereses en mantener el actual sistema? Mi pregunta es, debería el Estado intervenir en este proceso creando una compañía nacional, pública o semi-pública, de gasolineras que únicamente sirviesen este combustible? ¿Debe intervenir el estado cuando los monopolios no garantizan la competencia, ni el desarrollo de productos y servicios beneficiosos para todos los ciudadanos? Mi opinión es clara. El Estado debe garantizar la producción y el suministro de estos combustibles, ya no sólo como garante de la competencia, sino como elemento necesario para ir transformando el sector agrícola, reduciendo barreras arancelarias y reduciendo nuestra dramática dependencia de un petróleo importado. Y debe hacerlo lo antes posible, primando además criterios de eficiencia que eviten el despilfarro, combinando estás políticas con una reducción de impuestos en determinados carburantes, y desarrollando una política energética nacional que incluya tanto estas propuestas como el desarrollo de otras fuentes de energía como la solar y la eólica. La medida causaría gran revuelo en círculos empresariales, desde luego, pero sería entendida por el ciudadano como un paso valiente para aumentar la riqueza disponible del país, al tiempo que se reducen riesgos estratégicos de dependencia.
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| Escrito por Francisco Agenjo | |
| martes, 29 de agosto de 2006 | |
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En el anterior artículo comentaba la necesidad de cambiar el sistema de subvenciones a la agricultura nacional y europeo, para derivar la actual producción hacia cultivos como la colza o la soja, idóneos para la producción de biodisel.







