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domingo, 12 de octubre de 2008
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La libertad de los republicanos Imprimir E-Mail
Lecturas 2841    

ImageLa libertad de la que nos hablan los liberales es una libertad un tanto extraña. Es una libertad cuya principal amenaza son los demás, que pueden hacer uso de la fuerza y el fraude para sustraerle a uno su derecho a ser dueño de su propia vida, incluyendo dentro de ella las propiedades adquiridas mediante el trabajo o el intercambio voluntario de propiedades con los demás (ya veremos mas abajo que este uso de la palabra “voluntario” no es neutral ni inocente). De ello se sigue que el ciudadano mas libre del mundo es Robinson Crusoe. Robinson, en su isla desierta, no tiene a ningún ser humano delante al que rendir cuentas por nada, ni al que temer por su fuerza o su habilidad para el fraude. No obstante, se trata de una conclusión un tanto extraña. Porque la situación del pobre Robinson no es de ningún modo deseable, y seguro que nadie en su sano juicio se consideraria mas libre estando abandonado en una isla desierta que estando, por ejemplo, en un Estado intervencionista como Suecia.

Cabe pensar, pues, que hay algo que falla, que resulta contraintuitivo, en esta visión de la libertad. Tradicionalmente se ha intentado oponer una visión que, en sus variadas formas, ha tomado el nombre de “libertad positiva”. El vivir en una isla desierta me da la libertad de hacer lo que me de la gana, pero no me da la libertad para hacer lo que me de la gana. Parece una respuesta satisfactoria: no sirve de nada que yo tenga la libertad de acudir a un médico cuando estoy enfermo si finalmente resulta que no tengo suficiente dinero para pagarlo. Parece que aquí podría haber un filón para justificar una cierta intervención redistributiva en la economía. No obstante, los problemas empiezan cuando consideramos el amplio abanico de deseos humanos que podrían verse sujetos a esta reclamación de libertad. Por ejemplo, ¿debería el Estado asegurar mi derecho a pasar una noche con Jennifer López si ese es mi deseo? Mas en serio, no parece razonable reclamar al Estado que garantice nuestro derecho a poseer un yate o a dar la vuelta al mundo. La libertad “negativa” de los liberales, con todos sus problemas, parece aquí mas claramente delimitada y sólida.

No obstante, los problemas persisten. Seguimos sin querer la “libertad” de Robinson Crusoe. Seguimos queriendo vivir en libertad entre nuestros congéneres, y no porque sea una necesidad impuesta sino porque en una isla desierta no seríamos mas libres sino que estaríamos notablemente mas desamparados y, de hecho, nuestras posibilidades de desarrollar nuestras capacidades y talentos estarían considerablemente achicadas. Para suerte de la filosofía política, desde hace un par de décadas un grupo de historiadores, con John Pocock a la cabeza, han venido redescubriendo algo que hemos ido olvidando progresivamente: que en la filosofía política occidental anterior al siglo XIX (y eso incluye a autores supuestamente “liberales” como John Locke o Adam Smith) el concepto de libertad no se asociaba a ese “déjenme en paz” tan característico del liberalismo del Estado Mínimo. El ideal de libertad de esta tradición, llamada por estos autores “tradición republicana”, es un ideal de libertad mucho mas robusto y exigente que la libertad de la tradición liberal. Los republicanos como Rousseau, como Maquiavelo o como Pericles, con todas sus diferencias, coincidían en un punto: una persona solo puede considerarse libre cuando no tiene que pedir cotidianamente permiso a terceras personas para sobrevivir. Cuando una persona solo puede escoger entre la miseria y la muerte (sea por un tiro o por inanición), por un lado, y la sumisión a la voluntad de un tercero, por el otro, inevitablemente acaba sometiéndose. Para esta tradición, es erroneo decir que un contrato entre un asalariado y un capitalista es un contrato “libre”: en ausencia de protección social estatal, el obrero no puede hacer otra cosa que aceptar el trabajo y las condiciones laborales decididas por el capitalista o, de lo contrario, su supervivencia quedará en entredicho. No ocurre lo mismo con el capitalista, que tiene su subsistencia garantizada y que por tanto puede prescindir, con mayor o menor pesar, de cualquiera de sus trabajadores y contratar a otro.

Claro, habrá quien diga que no, que un contrato, en ausencia de violencia física, siempre es un contrato voluntario. Que no se puede afirmar que un obrero que trabaje 14 horas diarias esté oprimido, siempre que ese contrato lo haya escogido él en ausencia de coerción física. Aquí, un republicano podría preguntar: ¿por qué? ¿Por qué se utiliza esa muletilla de “nadie ha obligado al obrero a” cuando se habla de las condiciones pésimas de ciertos contratos laborales? Al fin y al cabo, cuando te atracan tampoco estás “obligado” a dar tu cartera: siempre puedes “escoger” no darla y que te peguen un tiro. Por supuesto, esto es una elección, pero a nadie se le ocurriria catalogarla de elección “libre”. Trasladado a la empresa capitalista, imaginémonos un contexto legislativo caracterizado por la ausencia de regulación por lo que respecta a los contratos laborales y un contexto económico caracterizado por una estructura totalmente capitalista (lo cual implica libre mercado y propiedad privada de los medios de producción), sin ningún tipo de intervención económica estatal. Supongamos que en este contexto, aparece una madre soltera con dos hijos. Inmigrante, para mas señas. La madre está de buen ver, entra a trabajar como asistenta en una oficina y en estas que el jefe le dice “o vienes mañana con faldita corta y escote bien generoso, o vas a la calle”. Nuevamente, aquí hay sin duda una elección, pero no es una elección libre. Situar a una persona entre la espada y la pared, entre tener que elegir entre su dignidad y su supervivencia, supone anular su libertad.

Así pues, la libertad republicana es una libertad basada en el derecho a la existencia: solo aquel que lo tiene garantizado es republicanamente libre. A partir de aquí, se pueden adoptar dos perspectivas: o bien debemos excluir de la ciudadanía a todo aquel que no tenga ese derecho garantizado, considerando que su participación en la comunidad política estaría pervertida por su estado de ilibertad; o bien adoptamos la postura exactamente contraria, aceptamos que todos los habitantes de un territorio deben en principio formar parte de la comunidad política que lo gobierna y afirmamos que el primer deber de dicha comunidad política es garantizar el derecho a la existencia de todos sus miembros. La primera seria la visión clásicamente aristotélica; la segunda, la visión demócrata. Esta última implica, pues:

1) Que todo el mundo debe tener cubiertas unas mínimas necesidades (sanidad, alimento, vestido...) que le garanticen un espacio de existencia social autónoma, independiente de la voluntad y el humor de terceros; esto justifica la existencia de los llamados “derechos económicos” como son el derecho a la sanidad pública, a la vivienda, a los subsidios de dependencia y, eventualmente, a un ingreso mínimo de supervivencia (lo que se da en llamar “renta básica”). También puede constituir un elemento para justificar políticas de discriminación positiva.

2) Que ni la república ni sus habitantes están legitimados para interferir en el ámbito de las propiedades de una persona hasta el punto de anular este espacio de existencia social autónoma; esto justifica los llamados derechos civiles, como el derecho a la vida, a la libertad de expresión, de reunión y de asociación, etc.

3) Que la única comunidad política aceptable (la única donde las dos condiciones anteriores pueden verse aseguradas) es aquella en que todos sus miembros participan del poder político en situación de parigualdad. Uniendo esto a la reclamación de que en la comunidad política participen en principio todos los habitantes de un territorio, lo que se obtiene es la justificación de la democracia política y de los derechos políticos asociados a ella, empezando por el sufragio universal.

Queda una última implicación de este republicanismo democrático que merece la pena que se discuta a parte. Como hemos dicho, la libertad republicana implica que el derecho a la existencia de cada uno de sus miembros debe ser garantizado. No obstante, sabemos que a veces el derecho a la existencia de toda la comunidad política puede verse amenazado por la existencia de grandes poderes privados, grandes parcelas de poder económico de tal magnitud que escapen al control democrático. Esta situación se da cuando la propiedad está muy desigualmente distribuida. La existencia de estos grandes poderes privados pone en jaque a la república, puesto que son capaces de disputarle a ésta su inalienable derecho a definir el interés general, el bien público. Como muy bien observó Maquiavelo, cuando el grueso de la propiedad está distribuido entre un reducido número de gentilhuomi, no hay espacio para instituir república alguna, y la vida política solo puede conservar alguna esperanza en la discreción de un príncipe absolutista. Dado que esta solución es profundamente incivilizada y antidemocrática por principio, la única esperanza de la democracia política es que ella misma sea capaz de prevenir la aparición de estos grandes poderes privados y de eliminar los que ya existan.

Trasladado al mundo moderno, eso significa una apuesta decidida por acabar con el poder de gigantes económicos como Microsoft, Monsanto o Repsol. Esta lucha contra el poder desproporcionado de que el gran capital privado dispone hoy en día (y que le permite, en efecto, escapar del control democrático y poner en jaque el poder de los representantes elegidos por el pueblo) puede tener diferentes traducciones según el diagnóstico empírico que cada uno haga. Podemos orientarnos hacia la institución de un sistema socialista (de mercado, pero socialista), hacía una mayor regulación de los mercados mundiales dentro del orden capitalista... no es ese el objeto de este artículo. Lo único que quiero remarcar es eso: el republicanismo democrático implica la no aceptación de la existencia de ningún poder privado superior a la democracia, que pueda poner en jaque a esta.

Nos encontramos, pues, ante una filosofía política que puede plantar cara al liberalismo en su propio terreno (el de la libertad), que dispone de una tradición de pensamiento milenaria a sus espaldas y que puede proporcionar una justificación solvente, precisa y limpia para los rasgos clásicos de la identidad del socialismo democrático: defensa del intervencionismo estatal en la economía, defensa de los derechos civiles, defensa de la democracia política, defensa de un Estado de Bienestar que asegure el derecho a la existencia de los ciudadanos, etc. En unos tiempos en que la filosofía política liberal se ha adueñado del panorama político occidental (incluso del lenguaje que se utiliza en él), los socialdemócratas haríamos bien en prestar atención al floreciente republicanismo democrático de autores como Pettit o Domènech, que retoma lo mejor de los clásicos de la tradición republicana, muestra su participación en los orígenes del socialismo y de la democracia moderna y actualiza sus propuestas para dar aire fresco a los valores de la Izquierda. Un camino que a mi juicio resulta mas solvente intelectualmente y mas atractivo políticamente que el que nos proponen los que nos llaman a hacer nuestros los valores de la derecha liberal.

(Para los que estén interesados en la filosofía política republicana, les recomiendo empezar por el libro introductorio Republicanismo. Una teoría sobre la libertad y el gobierno (Paidós, 1999), de Philip Pettit, y seguir por el libro -mucho mas rico e interesante- El eclipse de la Fraternidad. Una revisión republicana de la tradición socialista (Crítica, 2004), de Antoni Domènech, donde el autor alterna de manera magistral narración histórica y argumentación analítico-normativa. Para profundizar en las relaciones entre republicanismo y socialismo, es recomendable el anterior título y, escrito desde otra perspectiva distinta, el libro Proceso abierto. El socialismo después del socialismo, de Félix Ovejero (Tusquets, 2005). Este mismo autor ha publicado, junto Roberto Gargarella y José Luís Martí,Nuevas ideas republicanas (Paidós, 2004), una compilación de artículos de nuevos autores republicanos como Cass Sunstein o la feminista socialista Anne Phillips. Finalmente, para una diserción sobre las relaciones entre republicanismo y Renta Básica, es altamente recomendable el breve ensayo El derecho a la existencia (Ariel, 1999), de Daniel Raventós).

Este artículo pertenece al Dominio Público por expresa devolución del autor al mismo.

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Escrito por Lluís Pérez   
domingo, 03 de septiembre de 2006
 
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