| Prepotencia occidental |
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En el contexto internacional, el debate oficial hoy se articula en el marco de “las guerras de religiones”, ocultando así toscamente las razones reales, fundamentalmente económicas, del comportamiento de los principales estados. Una crítica feroz, cierta y distractoria por igual, sirve de coartada para reclutar, al servicio de estúpidas causas, las conciencias más vulnerables.
Es un tópico considerar que el tradicionalismo, la falta de libertad de expresión y los valores morales distintos de los nuestros, convierten a una religión en irracional. Un tópico, normalmente acompañado de argumentos falaces y simplistas, empleado para hacernos creer que lo que está en juego, permanentemente, son nuestras vidas, y no sus negocios. Sin embargo, todas las religiones son racionales. Sus seguidores tienen programas, configuran estrategias, planifican acciones. No actúan, en definitiva, de un modo irracional. Si aceptamos esta premisa, básica y correcta, tenemos que buscar otras razones para comprender los comportamientos de los “radicales religiosos”. La religión musulmana no es, tampoco, más bárbara que el resto. Eso es demasiado atrevido. Cada religión se ha desarrollado “oficialmente” de un modo diferente y ha tomado vertientes muy distintas, amén de haber disfrutado de distintas interpretaciones, la mayoría de las veces contradictorias entre sí. Históricamente la religión cristiana ha tenido instituciones como la Santa Inquisición y ha llamado a tantas Guerras Santas que absurdo sería considerarla más benevolente con la humanidad. Pero incluso hoy en día, cuando todos pensamos que estamos más “evolucionados” que el resto, existen señores, que subidos a democráticos tronos, reconocen actuar en nombre de Dios. Sus acciones, democráticas, causan infinitamente más muertos que la bárbara religión musulmana. Otra cosa es, por supuesto, que los hipócritas occidentales nos levantemos en armas cuando nos queman un par de edificios o nos matan poco a poco, tras secuestrarnos, y no lo hagamos, en cambio, cuando día a día hundimos en la miseria, en la ignorancia y en la muerte a cien veces mayor cantidad de personas. ¿A cuántas personas ha matado esa maquinaria, en su incesante y globalizada búsqueda de la felicidad para todo el mundo? ¿A cuántas ha sumido en la pobreza cultural, impidiendo después su mejora, y abandonándola a la ignorancia y a la violencia? Cuando una persona nace, no está determinada para matar o ser violenta. Su comportamiento se “hace” después, dentro de un contexto concreto y de un proceso social. Las religiones han tenido su fuerza en un ambiente hostil y de pobreza cultural. Sus seguidores se han acumulado siempre en las capas más bajas de la sociedad, aquellas desprovistas de seguridad, objetivos y futuro. Nosotros, la “civilización” occidental, hemos hundido todavía más en la inseguridad y en la falta de esperanzas y les hemos planificado un futuro oscuro a toda una población, ya de por sí necesitada. En vez de ser su motor, en nuestra prepotencia, hemos sido sus explotadores, y nos hemos convertido, como consecuencia, en su razón de muerte. No nos extrañemos, luego, de que la guerra llega a nuestras casas, aunque sea sólo por un par de viñetas. Sin auto-crítica no hay un futuro mejor. Lo que debemos hacer es replantearnos nuestro pensamiento. Cambiar el chip. La religión sigue siendo el opio del pueblo, pero no es ya el único. También lo es la televisión, y el “progreso”. Hasta que no cambiemos nuestra forma de pensar, las víctimas serán siempre los inocentes. Ni los jefes de estado occidentales ni los líderes religiosos padecerán, jamás, las bombas colocadas en autobuses o en trenes, ni tampoco los misiles por aire. Perderemos siempre quienes no tenemos culpa.
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| Escrito por Alberto Garzón | |
| martes, 05 de septiembre de 2006 | |
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En el contexto internacional, el debate oficial hoy se articula en el marco de “las guerras de religiones”, ocultando así toscamente las razones reales, fundamentalmente económicas, del comportamiento de los principales estados. Una crítica feroz, cierta y distractoria por igual, sirve de coartada para reclutar, al servicio de estúpidas causas, las conciencias más vulnerables.







