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martes, 14 de octubre de 2008
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De la financiación de los partidos (I) Imprimir E-Mail
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ImageDebo advertir que todo lo que voy a escribir en los siguientes párrafos es una historia triste, muy triste. La financiación de los partidos políticos es uno de esos problemas que ninguna democracia ha logrado solucionar. No hay ninguna ley de financiación que no tenga inconvenientes; de hecho no creo que haya nada que funcione remotamente bien. Empecemos pues hablando sobre qué podemos encontrar ahí fuera.


Los partidos políticos obtienen sus recursos básicamente de cuatro fuentes distintas: donaciones privadas, cuotas de los militantes, subvenciones públicas y corrupción pura y dura. Cada uno de estos factores tiene una importancia variable según el sistema legal de cada país, con niveles de importancia muy dispares.

De esta lista, las cuotas de la militancia es de lejos el más irrelevante en la actualidad; la mayoría de los partidos no llegan a cubrir ni siquiera una cuarta parte de sus presupuestos gracias a ellas, y la tendencia sigue siendo a la baja. Variaciones sobre este sistema, como las contribuciones sindicales en los laboristas británicos, también se han ido extinguiendo poco a poco. El declive de esta fuente de financiación se debe en parte a una perdida de militantes (general en todas las democracias), pero sobretodo a un incremento de los costes de las campañas, y el acceso a otras fuentes de ingresos. Su perdida, sin embargo, no debe exagerarse demasiado; ni en la época gloriosa del partido de masas (entreguerras) se dependió demasiado de ellas.

El factor que tiene un mayor grado de variabilidad en las legislaciones de financiación de partidos políticos es la existencia o no de subvenciones públicas. Por un lado tenemos un grupo de países en los que estas subvenciones son o nulas o extremadamente limitadas (Estados Unidos, Reino Unido), por otro tenemos otro bloque en los que los partidos obtienen la mayor parte de sus recursos del estado (casi todo Europa continental).

Confiar en la financiación privada tiene sus ventajas e inconvenientes. Por un lado, aquellos que quieren "poner el dinero donde están sus ideas" pueden hacerlo sin problemas; si se quiere apoyar una determinada agente es posible hacerlo públicamente y de forma transparente. El electorado sabe, en teoría, quién ha ayudado a cada candidato, y puede vigilar que su apoyo no sea compensado luego.

En la práctica, sin embargo, la cosa no resulta tan sencilla. Para empezar, el acceso al sistema político, al "mercado" de ideas no es igualitario; aquellos personas (físicas o jurídicas) con más recursos tienen más capacidad de hacerse oir. Si gente de clase media o trabajadora quieren tener la misma voz, el coste de organización para financiar un candidato es mucho mayor y menos flexible. El segundo problema es que la capacidad de control del electorado es relativamente limitada en muchos casos.

En un sistema como el americano, con múltiples candidatos recaudando dinero para múltiples campañas, cada uno con cientos de donantes, la vigilancia de los políticos no es una tarea sencilla. Si bien los datos son fácilmente accesibles, hacerse una idea clara sobre qué sucede no es tan sencillo para el votante medio. Hay demasiados políticos, demasiados cargos y demasiados donantes para que informarse sea sencillo, y la legislación pasa por demasiadas manos para saber si esa subvención a una petrolera es culpa de mi congresista, que ha pedido a un colega "limpio" de donaciones que la proponga, o no lo es. Castigar a un político que no hace lo que debe se hace complicado debido a la opacidad del sistema; el problema añadido es que el mismo sistema limita la capacidad de control.

Utilizaré un ejemplo. Para empezar, si el presidente del comité de defensa del congreso (Duncan Hunter, Republicano) ha recibido más de $200.000 de la industria armamentística, y estoy cabreado con él, tengo el pequeño problema que si no vivo en California no puedo echarlo directamente. El tipo puede estar haciendo la pelota a empresas de su distrito, consiguiéndoles contratos a precio de oro ("apruébame esta compra de misiles, anda"), y mi voto no puede hacer nada para echarle.

El problema se hace más grave, sin embargo, cuando se echa una ojeada a cómo fue la campaña de reelección de Hunter. En el 2004 el tipo se gastó más de un millón de dólares para ganar con un 69% del voto. Su oponente, Brian Keliher, se gastó $15.000. Dicho en pocas palabras, el dinero va sólamente a los ganadores, no a los perdedores; la financiación llueve sobre los que tienen poder. El apoyar al caballo ganador sucede con ambos partidos; la publicidad cae casi siempre del lado del que tiene un cargo. En el (remoto e inusual) caso que una elección sea competitiva, el problema coge un cariz distinto, pero igualmente deprimente. Los ingresos relativos de ambos candidatos se igualan ligeramente (pasan a ser dos a uno, habitualmente), pero la lista de donantes de ambos candidatos empieza a converger misteriosamente. Si estoy tratando de evitar al candidato a sueldo de algún nefando interés, es bastante seguro que ese nefando interés acabe financiando a ambos.

El sistema funciona bastante mejor, todo hay que decirlo, cuando el número de actores implicados en pasar una política se reduce, o dicho en otras palabras, en el Reino Unido. Aún con sus escándalos ocasionales, los partidos británicos son perfectamente conscientes que si hacen el tonto, son un blanco grande, luminoso y perfectamente distinguible para el electorado. Si hay políticas cuestionables que siguen una donación enorme, es ridículamente fácil saber quién tiene la culpa de todo ello. Hay un partido en el gobierno, tiene mayoría en el parlamento y está mandando en solitario, así que la bronca le cae inevitablemente a él. Como las donaciones son a partidos (que son los que hacen las listas) y no a candidatos individuales (no demasiado relevantes) castigar al corrupto es tan sencillo como votar a la oposición y listos.

Como resultado, los partidos británicos se cuidan muy mucho de no hacer el tarugo en demasía, ya que la prensa puede cazarles con relativa facilidad si son visiblemente corruptos. El problema, claro está, es que las donaciones se siguen dando a la americana (a ambos partidos por igual) demasiado a menudo, y que los favores, en ocasiones, son fácilmente ocultables bajo un aire de política respetable, hecha con cierto consenso entre partidos. Los costes de información para el electorado, aunque más bajos, siguen existiendo.

Mañana, con más calma, las miserias de la financiación pública (mucho más peligrosa de lo que parece), y cuando los partidos recurren a métodos de legalidad cuestionable. Manténganse en antena.




Comentarios de los usuarios (1) RSS feed comment
Escrito por Invitado, on 08-09-2006 19:32,
1. Gama
Lo que se necesita es reglamentación realmente bien diseñada y sanciones severas para poder erradicar, sobre todo, la corrupción. Espero con ansia la siguiente entrega de este interesante tema
 
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