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miércoles, 09 de julio de 2008
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Nacionalismos (II) Imprimir E-Mail
Lecturas 2170    

ImageLes decía que el concepto clásico de estado hace aguas. Me refiero a la idea de que toda nación necesita un estado y (recíprocamente) todo estado es la forma política de una nación. Yo creo que esto ya no funciona. Sin embargo, los estados son aún uno de los principales elementos de conflicto geopolítico contemporáneo. Esta paradoja me seduce. Me recuerda la obsesión por los títulos nobiliarios de la burguesía del XIX en el momento en que todo el aparato social que justificaba esos títulos se había desmoronado. Ser conde podía ser divertido, extravagante o sugerente; pero absolutamente inútil. Ése puede ser el destino de los estados. Un apósito folclórico, totalmente prescindible.

Les sugiero mi diagnóstico a pie de trinchera. ¿Por qué no funcionan los estados - nación?


El sentido de comunidad

El concepto de estado - nación se basa en el sentido de comunidad, una especie de goma arábiga que une de forma transversal una sociedad. Siempre he pensado que el principal agujero negro (ético y estético) de los estados son sus límites. Por definición, una nación fija una frontera que une a los que están dentro y excluye a los que están fuera (a no ser que sean turistas, claro). Ésta es la tesis central de la obra de Joan Nogué (1991) Els nacionalismes i el territori:

"Los nacionalismos son una especie de movimientos sociales y políticos muy
arraigados en el territorio, en el lugar, en el espacio. Además de operar
territorialmente, los movimientos nacionalistas interpretan y se apropian del
espacio, el lugar y el tiempo a partir de los cuales construyen una geografía y
una historia alternativas"

El principio básico del concepto de nación es el espacio. Podríamos decir que históricamente las comunidades (y por tanto, las naciones) son sociedades en lugares delimitados por fronteras. Sin embargo, en los últimos 20 años hemos asistido a una creciente desconexión entre comunidad y lugar. Digo esto desde un blog. Que forma parte de un agregador formado por blogs escritos en Madrid, en Cáceres, en Chile o en Sevilla. Soy de una comunidad que no tiene lugar. De hecho, Internet ha contribuido a crear un sistema de relaciones a-espaciales, una red de conexiones personales que no están sujetas a las leyes de la geografía. Cuando tengo ocasión, me gusta jugar una partida de ajedrez en el buho21, un programa que permite jugar on line con usuarios conectados en cualquier punto del mundo. La red ha roto la geografía. Y me refiero sobre todo a la geografía social, la creación del sentido de comunidad por criterios geográficos.

De todas formas, las tres uve dobles no son las únicas responsables de la fragmentación de las comunidades. La complejidad en la afirmación del individuo (cultura, religión, aficiones, referentes...) tiende a generar enlaces con comunidades creadas a partir de un tema común. Éste puede ser una ideología política (como el Partido Radical, que transciende las fronteras de un país), una actividad altruista (como la sensibilidad humanista de Amnistía), una confesión religiosa (como la secta de la cienciología) o una simple afición, de la fascinación por Tintín a la estética retro de los escarabajos, del placer de visitar museos a la estética freak de La Guerra de las Galaxias. No hablo del individualismo extremo ni del universalismo absoluto. Creo que las personas necesitan sentirse miembros de una comunidad para ser personas. El problema es que estas comunidades ya no tienen límites geográficos. ¿Para qué sirven entonces las fronteras?.


La efimeralidad

Las naciones también se basan en la vinculación entre los elementos afectivos del individuo y su territorio. La lenta biografía personal se va fijando en un paisaje y permite reforzar el sentimiento de pertenencia. Éste es mi lugar, porque es el lugar de mi infancia, el receptáculo de mis recuerdos. En segundo lugar, los individuos relacionan los lugares con su proyecto de futuro. Es la segunda relación afectiva necesaria: Éste es mi lugar, porque aquí quiero pasar el resto de mi vida, porque es el escenario de lo que tiene que pasar. Si se quiere, hay un tercer vínculo (mucho más presente en las comunidades tradicionales que en la sociedad moderna) que es el enlace del espacio con los antepasados. Éste es mi lugar porque es el lugar de mis ancestros.

Las naciones se han basado también en el vínculo emocional y afectivo entre la biografía y el lugar, entre identidad personal y espacio colectivo. El problema aparece cuando los individuos se mueven. Por eso, la inmigración incomoda el concepto tradicional de nación, porque de repente unos individuos están vinculados con unos espacios lejanos y no reconocen en sus espacios de acogida los elementos del pasado. Este conflicto se ha resuelto con la exaltación del proyecto de futuro. Para los inmigrantes, la nueva tierra no es el espacio de sus padres, ni de los recuerdos de su infancia, pero sí será el espacio de sus hijos. Esta lógica explica la adaptación de la inmigración de los 60 al paisaje catalán: en el fondo, hay un proyecto de vida y una apuesta por un mundo mejor.

Pero la sociedad contemporánea se caracteriza por una movilidad sin precedentes. Los individuos han entrado en una especie de zápping territorial, un nomadismo contemporáneo que crea una sensación de efimeralidad. Adrià nació en Menorca, estudió en Palma, trabaja en Barcelona y espera instalarse en Estados Unidos, aunque sólo por unos años. Estamos de paso en los lugares. Y si no lo estamos, dejamos siempre una puerta abierta al cambio, siempre está esperando el camión de la mudanza en la puerta de casa por si decidimos al fin ir "allá". Nadie puede afirmar con rotundidad dónde vivirá mañana. Ya no somos prisioneros de nuestra geografía. Nos sentimos, cada vez más, biografías nómadas.


La heterotopía

Admitamos que las comunidades ya no tienen una base territorial. Y que la relación entre biografía y lugar ha entrado en crisis. Podría existir un tercer ámbito en el que la concepción clásica de nación tuviera sentido. Es lo que llamaríamos la continuidad espacio - temporal. Yo soy de aquí porque es aquí y ahora donde vivo, duermo, leo, sueño o me emborracho. Diríamos que somos porque estamos.

Por desgracia, sabemos desde Foucault que esta continuidad espacio - temporal es ficticia. En realidad, vivimos una heterotopía. Vivimos en diversos espacios al mismo tiempo. El primer síntoma es el crecimiento exponencial de los desplazamientos residencia - trabajo. Escojamos un municipio: Parets del Vallès. De los 7.000 ocupados, sólo 2.500 trabajan en Parets y unos 4.700 trabajan fuera del municipio.; pero además 8.000 personas de otros municipios viajan cada día a Parets a trabajar. Si piensan que Parets es una excepción, pueden comprobar aquí el grado de movilidad de su municipio. De hecho, la movilidad laboral es sólo el principio. Los individuos han entrado en una suerte de zápping territorial. Hoy duermo en Barcelona, como en una restaurante de Mataró, acudo a un acto en el Bages y voy a un concierto en Aragón. Además, los estímulos geográficos externos incrementan la sensación de zápping: las noticias me trasladan on line a un conflicto, mientras que el móvil me permite hablar con un familiar de vacaciones en Francia, y juego al ajedrez con un argentino y visito el blog de un canadiense que habla de las focas árticas. La percepción del espacio cotidiano se ha transformado en un collage de lugares lejanos y cercanos (con una escala deformada), de forma simultánea.

Mañana les aportaré más argumentos apocalípticos sobre el fin de los estados. Por hoy ya les he castigado bastante. Mil perdones.



Comentarios de los usuarios (1) RSS feed comment
Escrito por Invitado, on 19-09-2006 21:37,
1. Buena reflexión
Hola
 
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Escrito por Jose Antonio Donaire   
domingo, 17 de septiembre de 2006
 
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