| La corrección política de ser "políticamente incorrecto" |
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Cierto tipo de características humanas tienen la propiedad de desaparecer en el momento en que todo el mundo las posee. Nos pasa, por ejemplo, con la rareza. Por definición, lo raro es lo extraño, lo que no se suele dar habitualmente, lo que se sale de la norma. De lo cual se deduce que en el momento en que todo el mundo es “raro”, nadie lo es. De hecho, un servidor recuerda perfectamente como a mitad de los años 90 el decir “yo soy un tipo muy raro” se convirtió en algo habitual, de tal manera que al final esta autodefinición se convirtió en un signo de mediocridad, en una señal casi inequívoca de que uno se encontraba ante un especímen de lo mas normalito y tópico.
Así, se dió la paradoja de que lo que estaba mal visto, lo “raro”, era que alguien se autodefiniese como una persona “normal y corriente”.
Algo parecido nos está pasando con la expresión “políticamente incorrecto”. De un tiempo a esta parte, todo el mundo se ha convertido a la incorrección política. Desde Rouco Varela hasta Leo Bassi, desde el Opus Dei hasta la logia masónica de turno, desde el machista mas irredento hasta la feminista mas radical, todo el mundo se precia hoy en día de ser “políticamente incorrecto” y de luchar contra algo llamado “pensamiento único”, que casi siempre suele ser el de los demás. De tanto oír, mañana tarde y noche, eso de “ya se que estoy siendo políticamente correcto, pero...”, uno se convence de que lo políticamente correcto es declararse políticamente incorrecto. Es una de esas habituales paradojas estúpidas a las que nos tiene acostumbrada la vida política occidental y, en sobremanera, la vida política de este indivisible rinconcito de Occidente que atiende al nombre de Reino de España. No quiero decir con esto que no existan ciertos ámbitos en los que podamos identificar una o mas lineas de pensamiento políticamente correcto. De hecho, en ámbitos como la ecología, las discriminaciones de género o la inmigración, la corrección política dificulta enormemente la aparición de debates serios e informados sobre temas como los transgénicos, la discriminación positiva o el derecho a voto de los inmigrantes. Lo que quiero decir es que me parece que buena parte de los que a Izquierda y a derecha se autoproclaman “políticamente incorrectos” en realidad sostienen ideas de lo mas normalitas, con amplios sectores sociales, políticos e intelectuales dándoles apoyo y con libertades mas que suficientes para expresar su opinión. Bien, hasta aquí nada alarmante: a todo el mundo, y en especial a los intelectuales, les gusta presentarse como rebeldes y alternativos. Lo preocupante es que mucho me temo que esta nueva corrección política de declararse políticamente incorrecto oculta frecuentemente algo mas que vanidad: oculta, también, la voluntad de escaquearse del debate razonado, la retórica del “soy un moderno Galileo” puesta del revés y pasada por el agua del discurso vacío. Una no demasiado elegante pero si muy útil manera de empezar un debate con ventaja, descalificando aparentemente al adversario por “seguir la corriente con las demás ovejas del rebaño” y proclamándose perseguido por una suerte de Inquisición que está representada por los que piensan diferente, ya sean estos “los progres”, “los fachas”, “el lobby sionista” o “el islamofascismo”. El debate que se ha dado en el último mes entorno al conflicto del Líbano es un caso ejemplar de como esta obsesión por ir de rebelde acaba enturbiando los debates mas importantes: numerosos defensores y detractores de Israel y de Hezbollah han pasado mas tiempo presumiendo de su “incorrección política” y diciendo disentir del “pensamiento único” que aportando datos y argumentos a favor de sus posturas. Parece ser que tener una opinión contraria hacia lo que se pretende que es el pensamiento dominante es una razón suficiente para creerse acertado. Las cosas, claro está, no son tan sencillas. Uno no está en lo cierto por estar perseguido, y ya no digamos por sostener una opinión mal vista y minoritaria. Los perseguidos y las minorías de pensamiento también pueden equivocarse. Esto, claro está, no justifica la persecución de los perseguidos, pero si que nos pone en guardia contra los intentos de hacer pasar su opinión por palabra del Señor. Y también nos alienta a desconfiar de los que, por el simple hecho de mantener una opinión minoritaria, hacen dos saltos argumentales que son puras falacias: 1) se declaran, de un modo u otro, “perseguidos”; y 2) dan por sentado que eso les da la razón. Sin embargo, lo mas triste de todo este asunto es que estos pretendidos “políticamente incorrectos” demuestran no tener en cuenta algo muy importante para su pretensión de ser modernos Galileos: que, como dijo alguien que no recuerdo, para ser Galileo no basta con estar perseguido. También hay que estar en lo cierto. Lo cual, por supuesto, no se demuestra lloriqueando sino aportando buenas razones. Y es que Carl Sagan ya nos lo advirtió en su día: “se rieron de Colón, se rieron de Galileo... pero también se rieron del payaso Bozo”. Vamos, que el movimiento se demuestra andando. Este artículo pertenece al Dominio Público por expresa devolución del autor al mismo.
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| Escrito por Lluís Pérez | |
| domingo, 17 de septiembre de 2006 | |
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Cierto tipo de características humanas tienen la propiedad de desaparecer en el momento en que todo el mundo las posee. Nos pasa, por ejemplo, con la rareza. Por definición, lo raro es lo extraño, lo que no se suele dar habitualmente, lo que se sale de la norma. De lo cual se deduce que en el momento en que todo el mundo es “raro”, nadie lo es. De hecho, un servidor recuerda perfectamente como a mitad de los años 90 el decir “yo soy un tipo muy raro” se convirtió en algo habitual, de tal manera que al final esta autodefinición se convirtió en un signo de mediocridad, en una señal casi inequívoca de que uno se encontraba ante un especímen de lo mas normalito y tópico.
Así, se dió la paradoja de que lo que estaba mal visto, lo “raro”, era que alguien se autodefiniese como una persona “normal y corriente”.







