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Hemos roto la geografía clásica.
La que ayudaba a los estados nación a ser lo que eran. Los
primeros síntomas son la ruptura del sentido de comunidad, la
efimeralidad y la heterotopía. Me gustaría aportar
cuatro nuevos argumentos: la irrupción de la nanoescala, la
estructura en red, la globalización y la identidad en
destino.
La nanoescala
David
Harvey (uno de mis autores favoritos) pronosticó hace unos
años la crisis de la geografía clásica. La
capacidad de situar las empresas, el ocio o la residencia en
cualquier lugar hacía añicos todos los modelos clásicos
de la geografía convencional (el valor la distancia, la
proximidad...). Pero paradójicamente, eso supuso la emergencia
de nuevos criterios geográficos. Si una empresa puede ser
situada en cualquier espacio, las condiciones del lugar (sociales,
económicas, ambientales, paisajísticas, económicas...)
adquieren una relevancia capital. De la tiranía de la fricción
de la distancia (Zaragoza prospera porque está a medio camino
entre Barcelona y Madrid), hemos pasado al valor de lo local.
Las
decisiones (económicas o sociales) están basadas ahora
en la nanoescala y no en los ámbitos geográficos
superiores. Las empresas escogen ciudades o polígonos por sus
condiciones locales; las personas escogemos residencia después
de valorar las condiciones singulares de una localidad a partir de
decenas de criterios específicos (desde la calidad de las
escuelas a las zonas verdes, pasando por el precio de la vivienda o
la estética del barrio viejo). Por eso, las ciudades compiten
entre sí. Por eso, hemos asistido a la eclosión del
city
marqueting. En muchos sentidos, el estado "se ha quedado
demasiado grande".
La estructura en red
"Madrid
se va". La frase afortunada de Maragall en El País
(que luego completó con su excelente artículo "Madrid
se ha ido") describe acertadamente la estrategia de la capital.
Madrid ya no juega a ser el centro de un territorio castellano o
ibérico, sino una metrópolis europea a escala
internacional. Digamos que le interesa más la Champion's
que la Liga. Los problemas de Madrid, sus enlaces, sus referentes,
sus musicales, sus sistemas de transporte o sus estrategias de futuro
(de los Juegos a los grandes museos) están muy lejos de la
trama urbana castellana. Madrid forma parte de un sistema en red
discontinuo que le une con Amsterdam, con Milán, con
Barcelona, con Berlín o con Estocolmo. París, Londres o
Nueva York están en otra dimensión.
La creación
de redes urbanas o geolinks (sugiero el neologismo) es una
consecuencia de la irrupción de la nanoescala. Las ciudades no
buscan relaciones con su hinterland
sino que se enlazan con otros nodos más o menos lejanos.
Pienso por ejemplo en el Grupo de Universidades G7,
la clásica Eurocities,
la Asociación Internacional de Congresos y Convenciones
(ICCA), la red
de ciudades educadoras, la red de juderías Caminos
de Sefarad, la
red C-6 de ciudades euromediterráneas, la red
de ciudades AVE (un día incluso Barcelona formará
parte) y un infinito etcétera. Las ciudades se relacionan con
sus semejantes y olvidan, poco a poco, las conexiones territoriales
con sus vecinos. De hecho, los campos de trigo cercanos no sirven ya
para abastecer a los habitantes de la ciudad; son cosechados para una
empresa multinacional que los distribuye hacia mercados lejanos.
La
globalización
Si los estados se debilitan por
abajo, la sangría aún es más evidente por
arriba. Es evidente que los procesos económicos dependen
en buena medida de factores exógenos, factores que operan en
una escala internacional: el precio del crudo, la movilidad de
empresas, los paradigmas económicos, las grandes bolsas... El
comercio tiene un carácter internacional desde hace siglos;
también son históricos los flujos de capital o de
bienes, servicios y mano de obra (los esclavos africanos en América,
sin ir más lejos). Pero hasta hace no mucho, las economías
nacionales utilizaban bienes, servicios o capitales
internacionales.
Pero ahora ya no hay economías
nacionales. La base nacional no sirve para explicar los procesos
económicos. Las economías tienen ahora un dimensión
internacional. Los procesos económicos están
interconectados: la salud turística de España depende
de la inestabilidad del Mediterráneo Oriental, la pesca de la
Costa Brava decae por la invasión de pescado griego y
argentino, las empresas téxtiles de Marruecos tiene capital
catalán, la reducción de la producción de
bauxita en Australia genera una sobreproducción en Guinea...
En fin, hay miles de evidencias sobre la globalización
económica, que es también cultural,
social o
ideológica.
La mayor parte de los procesos son cocinados fuera de los límites
de las fronteras de los estados.
La identidad en
destino
En este juego de erosión por encima y
por debajo (con perdón) de los estados, los ciudadanos estamos
creamos identidades en destino. No creo que las identidades en origen
se pierdan. Las cosas tienen su génesis, su ADN y su etiqueta
de origen (made in Andorra pongamos por caso). Todos sabemos que Ikea
es escandinavo, que el wok es oriental y que las slow
cities nacen en Italia. También es cierto que
consumimos bienes y servicios de origen confuso (¿es de algún
sitio el youtube o el flickr?).
Pero el
debate no es tanto bienes locales frente a bienes globales (la
resistencia de la localidad frente al determinismo de la globalidad).
Más bien al contrario. Ahora, los individuos consumen bienes
locales (con un origen definido) pero en nuevos destinos. A mi me
gusta cocinar en un wok, aderezo con curry, le doy a la témpura
y suelo pedir un mojito en el Juanita Banana. Siempre le echo una
ojeada a la Gazzetta y no me pierdo La Bustina de Minerva de Umberto
Eco a l'Expresso. Me gustan las películas argentinas, los
partidos de la NHL y la NBA y las partidas del rumano Nisipeanu o el
ruso Khalifman. Los individuos consumimos bienes locales, pero lejos
de su origen. En realidad, las identidades se crean en los destinos.
No sé si me explico.
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