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domingo, 12 de octubre de 2008
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Nacionalismos (III) Imprimir E-Mail
Lecturas 2581    

ImageHemos roto la geografía clásica. La que ayudaba a los estados nación a ser lo que eran. Los primeros síntomas son la ruptura del sentido de comunidad, la efimeralidad y la heterotopía. Me gustaría aportar cuatro nuevos argumentos: la irrupción de la nanoescala, la estructura en red, la globalización y la identidad en destino.


La nanoescala

David Harvey (uno de mis autores favoritos) pronosticó hace unos años la crisis de la geografía clásica. La capacidad de situar las empresas, el ocio o la residencia en cualquier lugar hacía añicos todos los modelos clásicos de la geografía convencional (el valor la distancia, la proximidad...). Pero paradójicamente, eso supuso la emergencia de nuevos criterios geográficos. Si una empresa puede ser situada en cualquier espacio, las condiciones del lugar (sociales, económicas, ambientales, paisajísticas, económicas...) adquieren una relevancia capital. De la tiranía de la fricción de la distancia (Zaragoza prospera porque está a medio camino entre Barcelona y Madrid), hemos pasado al valor de lo local.

Las decisiones (económicas o sociales) están basadas ahora en la nanoescala y no en los ámbitos geográficos superiores. Las empresas escogen ciudades o polígonos por sus condiciones locales; las personas escogemos residencia después de valorar las condiciones singulares de una localidad a partir de decenas de criterios específicos (desde la calidad de las escuelas a las zonas verdes, pasando por el precio de la vivienda o la estética del barrio viejo). Por eso, las ciudades compiten entre sí. Por eso, hemos asistido a la eclosión del city marqueting. En muchos sentidos, el estado "se ha quedado demasiado grande".

La estructura en red

"Madrid se va". La frase afortunada de Maragall en El País (que luego completó con su excelente artículo "Madrid se ha ido") describe acertadamente la estrategia de la capital. Madrid ya no juega a ser el centro de un territorio castellano o ibérico, sino una metrópolis europea a escala internacional. Digamos que le interesa más la Champion's que la Liga. Los problemas de Madrid, sus enlaces, sus referentes, sus musicales, sus sistemas de transporte o sus estrategias de futuro (de los Juegos a los grandes museos) están muy lejos de la trama urbana castellana. Madrid forma parte de un sistema en red discontinuo que le une con Amsterdam, con Milán, con Barcelona, con Berlín o con Estocolmo. París, Londres o Nueva York están en otra dimensión.

La creación de redes urbanas o geolinks (sugiero el neologismo) es una consecuencia de la irrupción de la nanoescala. Las ciudades no buscan relaciones con su hinterland sino que se enlazan con otros nodos más o menos lejanos. Pienso por ejemplo en el Grupo de Universidades G7, la clásica Eurocities, la Asociación Internacional de Congresos y Convenciones (ICCA), la red de ciudades educadoras, la red de juderías Caminos de Sefarad, la red C-6 de ciudades euromediterráneas, la red de ciudades AVE (un día incluso Barcelona formará parte) y un infinito etcétera. Las ciudades se relacionan con sus semejantes y olvidan, poco a poco, las conexiones territoriales con sus vecinos. De hecho, los campos de trigo cercanos no sirven ya para abastecer a los habitantes de la ciudad; son cosechados para una empresa multinacional que los distribuye hacia mercados lejanos.

La globalización

Si los estados se debilitan por abajo, la sangría aún es más evidente por arriba. Es evidente que los procesos económicos dependen en buena medida de factores exógenos, factores que operan en una escala internacional: el precio del crudo, la movilidad de empresas, los paradigmas económicos, las grandes bolsas... El comercio tiene un carácter internacional desde hace siglos; también son históricos los flujos de capital o de bienes, servicios y mano de obra (los esclavos africanos en América, sin ir más lejos). Pero hasta hace no mucho, las economías nacionales utilizaban bienes, servicios o capitales internacionales.

Pero ahora ya no hay economías nacionales. La base nacional no sirve para explicar los procesos económicos. Las economías tienen ahora un dimensión internacional. Los procesos económicos están interconectados: la salud turística de España depende de la inestabilidad del Mediterráneo Oriental, la pesca de la Costa Brava decae por la invasión de pescado griego y argentino, las empresas téxtiles de Marruecos tiene capital catalán, la reducción de la producción de bauxita en Australia genera una sobreproducción en Guinea... En fin, hay miles de evidencias sobre la globalización económica, que es también cultural, social o ideológica. La mayor parte de los procesos son cocinados fuera de los límites de las fronteras de los estados.

La identidad en destino

En este juego de erosión por encima y por debajo (con perdón) de los estados, los ciudadanos estamos creamos identidades en destino. No creo que las identidades en origen se pierdan. Las cosas tienen su génesis, su ADN y su etiqueta de origen (made in Andorra pongamos por caso). Todos sabemos que Ikea es escandinavo, que el wok es oriental y que las slow cities nacen en Italia. También es cierto que consumimos bienes y servicios de origen confuso (¿es de algún sitio el youtube o el flickr?).

Pero el debate no es tanto bienes locales frente a bienes globales (la resistencia de la localidad frente al determinismo de la globalidad). Más bien al contrario. Ahora, los individuos consumen bienes locales (con un origen definido) pero en nuevos destinos. A mi me gusta cocinar en un wok, aderezo con curry, le doy a la témpura y suelo pedir un mojito en el Juanita Banana. Siempre le echo una ojeada a la Gazzetta y no me pierdo La Bustina de Minerva de Umberto Eco a l'Expresso. Me gustan las películas argentinas, los partidos de la NHL y la NBA y las partidas del rumano Nisipeanu o el ruso Khalifman. Los individuos consumimos bienes locales, pero lejos de su origen. En realidad, las identidades se crean en los destinos. No sé si me explico.



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Escrito por Jose Antonio Donaire   
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