Arthur More despertó un lánguido día de septiembre. Tenía unas elecciones por delante que ganar, y se suponía que iba a ganarlas. Y una entrevista con una aparentemente dura periodista, realmente diosadista. Arthur More se sabía guapo, atractivo, pero, algo había cambiado, para ella no podría ser él y ¿por qué?.
Su partido lo consideraba una burda imitación de un sacrosanto líder. Claro, él aunque bien peinado, no podía lucir las canas de tan sublime antecesor. Es más, las detestaba. Y es aquí cuando, seguramente él sin saberlo (pero sus perversos asesores sí) empezó su metamorfosis involuntaria en un plató de televisión. No tan Kafkiana como la de Ricardo Samsa, convertido en un escarabajo; eso, reconozcámoslo, es arduo duro. Claro que, parecerse al gran líder, quizá gustara a la parroquia pero no a su mujer y que carajo a él mismo y ante todas las cosas a ella la dulce periodista del ¿y por qué?. Él gusta, cuando él es él y no él. En el fondo de su corazón siempre había despreciado la prepotencia mesiánica de su líder, su tos, sus tics, su forma de decir, pero escúcheme déjeme decirle una cosa. No, él no era así. Soñaba en ser diferente, pero los sueños, sueños son. Quisiera no haber sido nunca un guapo político pero si la cámara de ella. Pero en ese septiembre, frente a la televisión, frente a ella, la metamorfosis se produjo, él era él. Esta afirmación algo más que una metáfora, mas que más metafórica es siniestro. Su mente, sus gestos estaban controlados por él, que evidentememente no era él, más hubiese querido él, porque entonces no tendría sentido este cuento. Y ella aunque cercana más y más lejana, de él cuando era realmente él.
Ante una presentadora a la cual más que echar abruptos hubiera preferido echar más leña al fuego, sintió como su ego se desvanecía. Mas no tardó en intentar reaccionar de una manera más o menos honrosa pero no se salió. En fin nuestro auspiciado personaje acabó diciendo lo mismo, más de lo mismo, con los mismos gestos, más gestos, y el mismo gesto, más gestos. Pensaba en cambiar, en sus tardes de instituto, en lo que ligó de joven. Ella aburrida no miró el brillo de sus ojos preguntando ¿y por qué? .
Arthur More tosió, habló, dijo pero escuche usted a la perturbadora presentadora. Ella, acostumbrada a más de lo mismo impertérrita no dejó de sonreír a la cámara y seducir a la audiencia. Él no era más que otro político que quería seducirla. Mas no tarda en ver que la seductora es ella, y él, el entrevistado, su víctima propiciatoria. No paró de decirle pero escúcheme, déjeme decirle una cosa... La cosa nunca era te quiero, te amo, te deseo... nunca lo dijo. Ella, acariciando papeles entre sus manos le responde pero si ya le escucho...pero... ¿y por qué? Arthur More estaba condenado, condenado a más de lo mismo. Nadie reconocerá su sonrisa, su cabellera perfectamente engominada y peinada. Aunque esto no le importa, le importa que ella no sucumba. Sus pérfidos asesores hunden su melancólico corazón en la imitación. El poder del amor renunciando al poder no es posible si no hay un amor poderoso. Otro que no pudo decirle a ella te quiero, I love, ti amo, je t’aime, t’estimo.... y ¿por qué?
sigo naturalmente la perdida de valor de la moneda a quien mas beneficia sin duda alguna es al trabajador que tiene una nomina y unos pocos ahorros en esa...
sigo Como digo es mejor falsificar billetes (creo que a eso le llaman economia financiera, y dedican todo su ingenio a inventar argucias con las que...
ya. claro Supongamos que se me rompe la lavadora de mi casa. Ante eso tengo dos opciones, la primera, la logica y natural es que como hay que comprar una...