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Hace poco comentaba la posibilidad de alcanzar mayores economías de escala y alcance, y mejores sinergias, dentro de la labor pública de las que son posibles por la gestión privada.
Es decir, superadas las ineficiencias inherentes a la condición humana (cosa difícil, pero no imposible como se ha demostrado a pequeña escala), el sector público podría ser tan eficiente como el sector privado, sin dejar de lado su labor social, y consiguiendo mejores rendimientos de costes y beneficios (sociales). Si esto fuese así, haría buena la frase del escritor Iain Banks, “allí donde el mercado brilla, la economía planificada resplandece”. Y es que dirigir los esfuerzos de la sociedad hacia un bien consensuado, sin olvidar las necesidades de los más desfavorecidos, es un método de progreso humano mucho más efectivo que el probar diferentes caminos para conseguir lo mismo, dividiendo esfuerzos y recursos. Un ejemplo claro de ello lo encontramos en el funcionamiento del mercado durante el desarrollo de los nuevos sustitutos del DVD. Actualmente se han desarrollado dos estándares como posibles sustitutos, ambos, ideados por empresas distintas. El Blue Ray de Sony, y el HDVD de Toshiba. Ambos sumamente superiores al DVD, cada uno con sus ventajas particulares sobre el otro. Los dos, tremendamente caros de diseñar, desarrollar, producir y comercializar. Tanto es así que el estándar que se sea derrotado (como en los 80 ocurrió con el formato de video Beta, superior técnicamente al VHS), creará graves problemas financieros a su compañía promotora. Dos compañías multinacionales, seguidas de multitud de proveedores, empresas de diseño, de marketing, intermediarios y distribuidores, luchando por imponer su producto ante el consumidor. Dos grupos empresariales duplicando costes, recursos, horas de trabajo para que uno de ellos pierda casi completamente su labor frente a otro rival que, además, puede no ser el mejor técnicamente, ni para el consumidor. En su lugar, un modelo de servicios y producción estatal bien gestionado hubiese empleado esos mismos recursos, aprovechando economías de escala y sinergias, e invirtiendo más en I+D+i por el ahorro de costes de marketing, administración y compras, desarrollando un producto que no sólo tendría lo mejor de ambos, sino que sería netamente superior a la suma de las partes. Otros muchos ejemplos vienen a mi cabeza. La duplicidad de redes de telefonía móvil y de cable de Internet, la competencia entre laboratorios médicos que avanzarían mucho más de compartir sus avances de forma ágil, sin preocuparse de quien publica primero o quien se lleva el mérito. Es cierto que en un modelo de servicios y producción público entrar en juego características humanas como el desinterés o la dejadez de funciones, pero no es algo que no se pueda superar, de la misma forma que en las empresas concurren estos mismos factores (en menor medida) y otros en mayor, como la ambición, la falta de compañerismo, el egoísmo… Por lo tanto, conseguir un modelo de producción estatal eficiente produce muchos más beneficios que varios privados. El problema radica en conseguir ese modelo, y cómo podemos hacerlo.
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