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sábado, 05 de julio de 2008
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Sociedad Abierta y Libre ( I ) Imprimir E-Mail
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ImageEn busca de una definición conceptual y principios generales válidos desde una perspectiva ideológica de izquierdas.

 

            Uno de los mayores problemas al que me he tenido que enfrentar para poder desarrollar este artículo, que en mi cabeza va ganando la extensión de ensayo, fue el de encontrar una definición lógica al concepto real, en principio, de Sociedad Abierta. Puede que la más popular sea la dada por Karl R. Popper, en su libro La Sociedad Abierta. Sin embargo, esa obra no va en la dirección de definir que es, en si, sino en criticar las diferentes visiones filosóficas, políticas y morales de autores como Platón, Hegel o Marx - tanto es así que el título del libro estuvo a punto de ser Falsos profetas: Platón, Hegel y Marx (Ref. Hubert Kiesewetter 'El nacimiento de la sociedad abierta y sus enemigos)-. Aunque, buceando entre su obra, encontramos una pequeña referencia general que define la Sociedad Abierta como aquella que pone en libertad las facultades críticas del hombre. Por otro lado me encontré con Feyerabend, autor de Sociedad Libre, obra en la que se defiende que una Sociedad Libre es aquella en la que se conceden iguales derechos e igualdad de acceso a la educación y a otras posiciones de poder, a otras tradiciones¹. Estas dos definiciones, aunque pudiera parecer paradójico, son complementarias, a pesar de que, en el momento histórico en que fueron dadas, se usaron en contraposición una a la otra.

 

            En este artículo - ensayo - trabajo, me gustaría poder dar una definición conceptual de Sociedad Abierta y Libre que fuera válida desde la perspectiva ideológica de la izquierda moderna y su paradigma que, bajo mi punto de vista, es la Socialdemocracia, y que pueda ser extrapolada a otras ideologías, aunque no coincidentes ni cercanas, para poder encontrar un punto irrefutable y apetecible como lugar de encuentro para la izquierda en general, en la que se base el resto de la reflexión aquí contenida. Por lo tanto, no veo razón alguna, aunque en su momento ambos autores no lo creyeran así, ya que usaron esas definiciones para defender cosas totalmente diferentes, para no utilizar como definición, una conjunción de ambas. Bajo mi punto de vista, una Sociedad Abierta no puede existir sino es libre. Es imposible creer que una Sociedad Abierta existiría sin defender la libertad de sus componentes, así como su igualdad en derechos y deberes. Y siguiendo con esta argumentación, una Sociedad Libre no puede existir sino es abierta, ya que no existiría libertad si esos derechos y deberes no alcanzaran a todos por igual y de forma universal. Así que, por el momento, definiré una Sociedad Abierta y Libre como aquella que permite y defiende el derecho a la libertad de las facultades críticas del hombre - la razón y el humanismo-, concediendo iguales derechos e igualdad de acceso a la educación, sanidad y a otras posiciones de poder, a todos los seres humanos, de forma universal.

 

            De igual forma, he tenido el mismo problema para poder encontrar unos principios lógicos que pudieran ser aceptados por todos los seres humanos que vivieran en esa Sociedad Abierta y Libre, independientemente de su origen, cultura, religión o ideología. No me ha sido fácil, en tanto en cuanto las grandes corrientes ideológicas que animaron el siglo XX, y que aún colean, no cuentan con principios que sean extrapolables al conjunto del género humano. Me refiero al Marxismo, el Fascismo² y el Neoliberalismo. Las tres carecen de algo fundamental para la existencia de una Sociedad Abierta y Libre, el humanismo, y a las pruebas históricas me remito: Las tres corrientes abogan por la subyugación y tiranización del ser humano mediante la reeducación, el miedo, la explotación del ser humano por el ser humano o del ser humano por la colectividad; supeditándolo a supuestos intereses mayores o superiores, unos en aras del bien común, otros en aras de la superioridad racial o patriótica y otros en aras del libre mercado. Aún no siendo algo nuevo, he buscado más allá de ese siglo XX para encontrar unos principios irrenunciables para cualquier ideología que se precie de serlo, que no puedan ser tergiversados, o matizados a conveniencia, y que, bajo mi punto de vista, son el único legado real que hará esa pseudo entelequia que es el occidente judeocristiano a la idea de la Sociedad Abierta y Libre. Son los principios de libertad, igualdad, solidaridad y responsabilidad. Estos principios dependen unos de otros para ser efectivos. Es decir, no existe libertad sin igualdad, solidaridad o responsabilidad, ya que, tal y como dijo Mijail Bakunin, "Yo soy libre solamente en la medida en que reconozco la humanidad y respeto la libertad de todos los hombres que me rodean", y eso es aplicable de forma recíproca a cualquiera de los otros principios; igualdad, solidaridad y responsabilidad.

 

            Llegados a este punto creo poder decir, esta vez sí, definitivamente, que una Sociedad Abierta y Libre es aquella que permite y defiende el derecho a la libertad de las facultades críticas del hombre - la razón y el humanismo-, concediendo iguales derechos e igualdad de acceso a la educación, sanidad y a otras posiciones de poder, a todos los seres humanos, basando esa defensa en los principios de libertad, igualdad, solidaridad y responsabilidad, de forma universal.

 

            Razones para la búsqueda de espacios ideológicos comunes en la izquierda moderna a través de la idea de la Sociedad Abierta y Libre, desde la perspectiva de la realidad.

 

            Las razones para incluir, yo iría más lejos y no diría incluir sino hacerlo meta irrenunciable, la idea central de la consecución de una Sociedad Abierta y Libre en el acervo de la izquierda moderna se encuentran en la realidad que vivimos a diario, realidad que muchas veces los pensadores de izquierdas obviamos ofuscados en principios ideológicos que precisan evolucionar, ya que fueron esbozados durante la Revolución Industrial, y no son, en conjunto, aplicables a la realidad en la que vivimos, ni al momento histórico en el que nos desenvolvemos. Un ejemplo claro de ello es la toma de los medios de producción a través de cooperativas de trabajadores, que era, y es, una reivindicación irrenunciable de la izquierda marxista. Hoy día cualquier grupo de personas puede montar una cooperativa, es más, el Estado incluso facilita la creación de este tipo de empresas mediante subvenciones que no son accesibles a otro tipo de empresas, sin embargo, el número de cooperativas creadas en relación a otro tipo de empresas no sólo es que sea irrisorio, es que la preferencia por otro tipo de organizaciones empresariales, como las S.L.L. (Sociedades Limitadas Laborales) por su flexibilidad de funcionamiento, es evidente y demostrable. Y sin embargo, aún siendo la realidad muy diferente, aún siendo los hechos muy diferentes, el principio sigue siendo el mismo aunque los propios trabajadores hayan demostrado con creces que no es válido, ni se ajusta a la realidad.

 

            En ese sentido, cuál es, pues, la realidad.

 

            La realidad es que la evolución ideológica de la izquierda moderna debe asentarse en principios lo más amplios posible, ya que la idea de los principios mastodónticos y cerrados que animaron ideológicamente el final del siglo XIX y buena parte del siglo XX no son de aplicación al tipo de sociedad que se está creando y es y será real, de forma inapelable en el Siglo XXI (Del progreso al microprogreso, la evolución de la idea en relación a la realidad). Son muchos los autores que se refieren a la idea de la Sociedad Abierta como la consecución de la Sociedad Global, con mucha razón. Otros la definen como una amalgama de pequeñas subsociedades que logran coexistir y convivir en paz. En cierto sentido, el concepto de Sociedad Abierta y Libre se convertirá, aunque yo diría que ya lo es, en la gran utopía del siglo XXI. Y de alguna forma, que esa utopía se vislumbre como una meta apetecible, ideológicamente hablando, dice mucho en favor de la esperanza y anhelo que el ser humano siempre ha tenido en la consecución de un mundo mejor.

 

            Si se mira con sentido crítico, ideológicamente, esa Sociedad Abierta y Libre supera con creces utopías anteriores por irreales; unas desfasadas, que no logran recrear nuevas formas de interpretación de lo real y adaptarse a la realidad misma, cuando esta ha llegado mucho más lejos de lo que esa utopía pretendía en su momento histórico - el marxismo -. Otras faltas de todo tipo de humanismo y, por lo tanto, no aplicables a lo humano en sí por su descarnada defensa de la falta misma de esperanza en un mundo mejor - el neoliberalismo -. Hoy día no existen las sociedades cerradas y autosuficientes y, al igual que el concepto de civilización, se han convertido en muñecos de barro sobre los que ha llovido demasiado como para no desmoronarse vacías de contenido. Han dejado dejado de tener ese sentido monstruoso e inamovible que provocó el colonialismo no sólo físico, sino también ideológico, económico y moral que aún pregona el neoliberalismo e intenta seguir poniendo en práctica en el tercer mundo.

 

            Mientras que las diferencias que se esgrimían entre los individuos a lo largo del siglo XX han ido en la absurda dirección del color de la piel, el sexo o la condición social, hoy en día esa disyuntiva es sustituida por la diferencia cultural. Eso no significa que no exista la discriminación racial o de género, o que no existan diferencias sociales claras, sólo significa que cada vez hay más leyes que protegen al individuo de ser discriminado por el color de su piel, su sexo o tendencia sexual. De igual forma, los mecanismos de protección social se imponen como única forma de supervivencia y solidaridad. La idea del Estado del Bienestar - habiendo demostrado su eficacia y echado por tierra las voces neoliberales que lo tachaban de sistema no perpetuable en el tiempo -, sostenible y exportable como realidad alternativa a la inexistencia de educación, sanidad pública y cobertura social, no sólo se ve como algo cotidiano, sino también como algo necesario y real en contrapartida a los impuestos dados a los respectivos Estados por sus ciudadanos. Por ejemplo, ¿Qué mecanismos existen para evitar que las diferencias culturales sean esgrimidas como arma arrojadiza entre los distintos individuos? Es una buena pregunta que sólo obtiene respuesta desde el conocimiento de las culturas que no nos son propias, ayudando con ello a entenderlas y respetarlas. La sola mención de esta respuesta justifica la existencia de un sistema educativo público, universal y de calidad que, además, ayude a las personas que no pertenecen a nuestro entorno cultural a superar, mediante el conocimiento de algo tan sencillo como nuestro idioma, el difícil trayecto de la adaptación a nuestras costumbres y leyes.

 

            Son muchas las voces que se han pronunciado en contra de la posibilidad de la Sociedad Abierta y Libre como realidad plausible en el sentido que estamos tratando. La mayoría de las razones expuestas para ello se encuentran resumidas en el libro El choque de civilizaciones de Samuel Huntington - Profesor de Harvard, straussiano y ex asesor del departamento de estado estadounidense, afirma que el enfrentamiento entre los pueblos en el futuro será fruto de las diferencias culturales, religiosas y étnicas. Dando como ejemplo el 11-S, el Pear Harbor straussiano-. Para él, los potenciales enemigos de su civilización liderada por los Estados Unidos están en el mundo islámico, asiático, del Este y latinoamérica. No se salva nadie. En su libro, ¿Quienes somos? Los desafíos de la identidad norteamericana, llega a decir: “Los hispanos destruirán la cultura de Estados Unidos. La entrada de hispanos en Estados Unidos amenaza con dividir el país en dos”, mostrando su gran preocupación por la supervivencia de “Los valores angloprotestantes que construyeron el sueño americano”. Por supuesto ha sido catalogado de racista, alarmista, ignorante y desinformado. No podía ser de otra manera. Otro de los autores que se ha esforzado en demostrar que la idea de la Sociedad Abierta y Libre es descabellada ha sido Allan Bloom  - Promotor desde 1984 del Centro de estudios de la Fundación Olín y discípulo directo de Straus, escribe en 1987 el best-seller The closing of American Mind, donde explica cuales son, bajo su punto de vista, los males de Estados Unidos y su cura-. Por ejemplo, ante lo que él describe como una “crisis cultural y moral profunda” recomienda la eliminación de las políticas de discriminación positiva de las minorías, dejar de subvencionar “la cultura corruptora” de los jóvenes, la defensa desde las instituciones de los valores religiosos, la interpretación restrictiva  de la libertad de expresión, intenta dar razones de la imposibilidad del mantenimiento de un de por si inexistente Estado de Bienestar en Estados Unidos, y aboga por la restricción progresiva de los derechos de la mujer (¿...?).

 

            Estos autores, a los que se puede sumar Francis Fukuyama y su libro El fin de la historia, demuestran hasta que punto el neoliberalismo y el neoconservadurismo son un lastre para el progreso, que como bien dijo Juan Luis Cebrian en su discurso homenaje a Juan Goytisolo, es la forma de llamar, a secas, a la civilización.

 

            Pero, ¿Qué es lo que tiene la idea de la Sociedad Abierta y Libre, que tanto miedo da a neoconservadores y neoliberales? Y si, como dicen ellos, no es una idea plausible, ¿Por qué tanto esfuerzo en intentar demostrarlo con argumentos tan nimios y tremendamente cuestionables? Por una simple cuestión física de inercia y resistencia al movimiento, al progreso, y por lo tanto a la verdadera civilización. Es la resistencia de algunos individuos pertenecientes a sociedades que aún creen cerradas al cambio que supondrá abrirse, basado en el ancestral miedo a la diferencia que anima ideas tan aberrantes como la supremacía blanca, el machismo, el fascismo² o el neoliberalismo.

 

            Y es, sin embargo, un camino sin retorno. Las armas para que ese cambio se produzca de forma completa están ahí, al alcance de cualquiera que quiera emplearlas. La Revolución Tecnológica que ha dado origen a la era de la información está creando individuos de gran complejidad crítica y social pertenecientes a sociedades muy diferentes y en un mundo cada vez más pequeño y reducido. Ya no es extraño intercambiar correo electrónico con personas que se encuentran al otro lado del globo, usando idiomas ajenos pero gramaticalmente sencillos como el inglés o, simplemente, usando traductores on line. Al mismo tiempo ese movimiento de resistencia utiliza como excusa la seguridad para intervenir las comunicaciones globales y poner freno al intercambio de información. Pero no es tan fácil, no es tan sencillo. Es un camino sin retorno, sin vuelta atrás.

 

            En nuestras ciudades se abren restaurantes japoneses, hindúes, marroquíes, iraníes, chinos, indonesios; la pluralidad étnica de ese artificio conceptual que es el occidente judeocristiano es patente, real e irrevocable. En un centro comercial de la city londinense o en un restaurante chino de la calle Luis Morote de Gran Canaria se puede escuchar más de diez idiomas diferentes en menos de una hora. El tamaño de la ciudad no es importante, el cosmopolitismo social es una realidad. Nos vestimos con ropa hecha en Asia, consumimos pescado, tomates y patatas africanas, cereales sudamericanos, cerveza australiana y literatura e información mundial. La influencia de modos de vida distantes y diferentes es algo cotidiano tanto física como culturalmente. Es más, el mestizaje cultural es una realidad y demuestra que el mercado, en si, no es el enemigo a batir, sino más bien las relaciones económicas abusivas que se producen entre los diferentes interlocutores de ese mercado, auspiciadas por las medidas neoliberales marcadas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM).

 

            Y aquí nos encontramos con la disyuntiva del segundo punto de esta argumentación. ¿Se puede ser de izquierdas sin abogar por un internacionalismo claro teniendo en cuenta las diferencias culturales, globales y reales, sin darse cuenta de que aquellas soluciones dadas por principios ideológicos desfasados y pretendidamente inamovibles de la izquierda, que quieren imponer las mismas soluciones para culturas y momentos históricos totalmente diferentes, no son aplicables al mundo en el que vivimos? Desde el punto de vista de la realidad, eso es imposible. Y, si es imposible, ¿Por qué entonces esa resistencia a la evolución ideológica y la búsqueda de respuestas que sean aplicables a los nuevos retos de la realidad? No puedo responder a esto sin hacer una reflexión personal.

 

            Bajo mi punto de vista esto se produce por razones muy parecidas a las del neoliberalismo, que se muestra tan belicoso con respecto a la idea de Sociedad Abierta y Libre bajo los parámetros que estamos tratando. Mi impresión es que existe miedo a no poder plasmar, ideológicamente, un proyecto de sociedad aplicable al total de la humanidad, perdiendo en el camino el proyecto mastodóntico y rígido que anima a la izquierda marxista desde finales del siglo XIX, un proyecto que no tiene en cuenta las diferencias culturales ni la globalización, y por lo tanto no tiene en cuenta la realidad en la que vivimos. La izquierda moderna precisa de lugares comunes en los que desenvolverse ideológicamente, sin tener que recurrir a un proyecto rígido, sino adaptable. Es por eso que estoy convencido de que la meta no es el proyecto mastodóntico. Desde el punto de vista de una globalización como hecho inapelable, creo que ese lugar común es la Sociedad Abierta y Libre.

 

_______________________________________________________________________________________

1- Existe una tercera definición, más extensa ya que se dedica un capítulo completo a ella, escrita por George Soros (Globalización - Cap. "Conclusión: Hacia una sociedad abierta". Ed. Planeta. Barcelona. 2002), que he obviado no por ser, en su fondo, menos razonable, sino porque su base está llena de lagunas conceptuales de difícil solvencia intelectual que hacen poco creíble sus conclusiones.

 

2- En toda esta argumentación se utilizará el término "fascismo" para referirme al nacionalcatolicismo, el nazismo y el fascismo. Ya que, aunque con diferencias ideológicas claras, su fondo de subyugación y tiranización del hombre es el mismo e igual de aberrante.



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