| Lecturas |
1963  |
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Los movimientos migratorios sólo pueden ser considerados un problema desde una óptica economicista. Se habla en términos de “obstáculo para el crecimiento” o “bloqueo de la dinámica económica” -que quiere decir dinámica capitalista- cuando el propio sistema económico es incapaz de absorber todo el flujo de mano de obra proveniente del exterior.
En una sociedad como la nuestra, que basa su razón de ser en el crecimiento económico, continuamente recibimos, a través de los medios de comunicación, mensajes e imágenes condicionadas que hacen una referencia negativa de esta situación. Desde esta perspectiva, se aduce que tales grados de movimientos migratorios van a acabar con el Estado del Bienestar, volviéndolo inservible. Que, tras años de luchas sociales para construirlo, es menester salvaguardarlo de los “ataques externos”. Tal actitud no está motivada tanto por racismo como por cinismo, dado que el contexto en el que nace es el de las privatizaciones continuas, el de las especulaciones y los millonarios ingresos ilegales y, no menos importante, el de convergencia europea con todo lo que ello supone en material de bienestar social. Si queremos avanzar en la comprensión de este fenómeno tan complejo, no podemos reducirnos al análisis económio presente o al fácil sentimentalismo romántico. Hay que empezar estudiando el desarrollo histórico de las dos sociedades que hoy parecen enfrentadas: norte-sur. Descubriremos entonces que tras años de sangrienta colonización, y contínuo saqueo legal, el sistema económico se ha adaptado a la moralidad democrática, pero manteniendo sus injustas estructuras económicas prácticamente sin cambios. De este modo, la hipocresía occidental permite hoy en día un “eficiente” flujo de recursos, mientras paralelamente construye vallas y muros para evitar el paso de las personas sin papeles. A vista del pueblo occidental, con visiones claramente influenciadas por los pocos medios de comunicación existentes, el fenómeno es considerado como problema en dos sentidos: el de saturación del sistema económico antes apuntado, y el del racismo e inseguridad. Normalmente, debido al amplio desconocimiento de la ciencia económica ortodoxa por parte de los ciudadanos, es el segundo sentido el que cobra mayor importancia en la opinión pública. Este racismo, que se reprime en gran parte por la fuerte concienciación social de un país tradicionalmente emigrante, cobra mayor importancia en los sectores más conservadores del espectro político. Debido a que el crecimiento económico occidental se sustenta en gran parte en estos desequilibrios estructurales mundiales, es posible considerar a los emigrantes como refugiados sociales, en tanto que se ven obligados a marchar desde sus tierra por fuerzas externas. Sin embargo, es obvio que la solución no puede ser el incrementar la concentración de la población en una parte del mundo, disminuyendo la existente en la otra. La solución pasa por cambiar el sistema económico, ajustándolo no sólo a la moralidad democrática, sino también a la justicia social. No podemos permitir que miles de personas estén muriendo, día tras día, como consecuencia de la profunda contradicción que supone un sistema económico donde el creciente bienestar material –que no es el único- de unos se sustenta en la pobreza económica, cultural y social de los otros. El problema no son los movimientos migratorios, los cuales son de carácter positivo tanto cultural como socialmente, sino un sistema económico injusto que nos mantiene cegados ante, paradojicamente, pantallas de televisión más grande que nosotros mismos. Alberto Garzón Espinosa http://www.agarzon.net
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