| Lecturas |
1882  |
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Imaginemos por un momento que Occidente -y sólo Occidente- entrara en una profunda crisis económica: las finanzas quebrarían y miles de familias estarían en la calle; el hundimiento del desarrollo impediría que la educación y la sanidad cumplieran su función social: el desastre sería inminente. Cada vez más familias pasarían hambre y se sumirían en la desesperanza. Entonces se harían preguntas: ¿por qué nos pasa esto a nosotros?, ¿qué culpa tenemos?
Si tuviéramos la desgracia de vivir esa horrible situación, además de la proliferación de la pobreza y la miseria, asistiríamos a una sobreabundancia de estatuillas de santos, vírgenes y libros sagrados. El cristianismo, en cualquiera de sus formas, recobraría fuerza como explicación de los males que asolan al mundo y como guía para la salvación. Las cruzadas, los grandes milagros y el trabajo de la Iglesia serían retomados con fervor y pasión. No sería descabellado pensar que ciertos principios de La Biblia fueran revisados para exagerarse. Los ciudadanos, despojados cada vez más de su capacidad crítica y su formación, se apegarían más a la doctrina. En resumen: seríamos capaces de hacer cualquier cosa. La mayoría de los que imaginamos esta situación concluimos con que son principalmente las dificultades materiales las que exacerban ciertas tendencias en las sociedades: bajadas las defensas del organismo social, el virus religioso no encuentra impedimentos y siembra todo su poder a lo largo y a lo ancho de éste. La solución no viene de la Guerra Santa o la eterna obediencia y predicación: necesitaríamos ayuda exterior para estabilizar nuestras defensas (de un modo parecido al del Doctor Marshall, que operó excelentemente en Europa Occidental contra el “virus rojo” a mediados del siglo pasado). Podemos trasladar este cuento de terror al mundo musulmán y concluir con que las defensas naturales de los pueblos árabes –musulmanes en su mayoría- están hoy en día terriblemente debilitadas. La perpetua crisis y los anacrónicos modelos de Estado son el perfecto caldo de cultivo para el fundamentalismo que hoy tanto se teme. Solamente un aumento en el nivel de vida de la mayoría de la población puede reducir esta peligrosa tendencia. Pero nada de esto ha sido considerado por el Santo Pontífice que, ignorando este fuerte condicionamiento, se ha acercado a la descalificación maniquea del Islam. No parece un buen comienzo… Publicado en www.elplural.com
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