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Últimamente está el panorama político de un asqueroso subido. Las elecciones americanas están a la vuelta de la esquina y ya se han visto algunos filos ensangrentados. Michael J. Fox aparece en un anuncio apoyando a una candidata demócrata a causa de su defensa de la investigación con células madre, y Rush Limbaugh, el tertuliano de oro de la ultraderecha más casposa, le acusa de fingir los temblores que le acometían.
Dice el simpático Rush que Michael debía haberse quitado de la medicación, cuando lo cierto es que es precisamente el tratamiento lo que provoca los temblores: en estdos avanzados, los síntomas más evidentes del Parkinson son la rigidez e inmovilidad del cuerpo. Algunas voces de internet le recuerdan a Rushie el pequeño incidente que tuvo en la aduana con ciertas pastillas azules, no declaradas, que intentaba llevarse de estrangis en un viaje de placer, y nunca mejor dicho, a la República Dominicana. Preocúpate de tus propias medicaciones, le dicen. Mientras tanto, se desata el debate sobre los secretos de la eterna juventud en la piel de la ex-primera dama, Hillary Clinton, de quien su rival en estas elecciones asegura que ha mejorado con los años gracias a una fuerte inversión en cirugía estética. Se sigue una serie de desmentidos y disculpas por parte de las oficinas de comunicación de los respectivos candidatos mientras medios impresos y digitales se siguen preguntando si la Hillary que aparece en la foto del anuario escolar es guapa o no, y si su actual aspecto se debe a la pericia del bisturí, como si todo ello importara mucho más que su programa político. Añádase a ello otro encendido debate sobre otra candidata, Jennifr Granholm, cuyo cutis de porcelana se ve desfigurado, dicen algunos, por una enorme peca en la mejilla derecha. Está ahora la discusión en si debe quitársela o mantenerla como símbolo de su personalidad. Sus propuestas de gobierno pueden esperar, supongo. Y a todo esto, el Kremlin nos da clases aceleradas de traducción de ruso, para que entendamos que el comentario de Putin sobre las “machadas” de su colega israelí era en realidad una inocente anotación sobre el tiempo, que parece que refresca.
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