| La educación no es la panacea (II): la “tábula rasa” |
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Hablábamos en el artículo anterior de uno de los mitos en los que se han sustentado las ideas pedagógicas de la Izquierda, a saber, el mito de la educación como aseguradora de la igualdad de oportunidades entre los ciudadanos. Hoy hablaremos de otro mito, mucho mas importante: el de la tábula rasa. Según este mito, extendidísimo entre la Izquierda, la naturaleza humana es algo totalmente dúctil y maleable. Las conductas humanas están únicamente determinadas por la educación recibida y por el entorno social en el que se mueven los sujetos, de manera que (por ejemplo) las diferencias de comportamiento entre individuos de uno y otro sexo tienen su raíz en la socialización diferenciada a que son sometidos los niños y las niñas. Para nada hay que buscar el fundamento de tales diferencias de comportamiento en hechos biológicos o psicológicos innatos.
De esta tesis de la tábula rasa se deriva la enorme importancia que la Izquierda ha concedido siempre a la educación. Se confiaba en la educación para eliminar el egoísmo humano, la discriminación sexual, las conductas agresivas. El lado mas simpático de esta tradición pedagógica lo constituyen los programas educativos destinados a fomentar el altruismo entre los jóvenes. El lado mas siniestro lo forman los campos de “reeducación” de las tiranías estalinistas del siglo XX. Como en el caso de la igualdad de oportunidades, también aquí nos encontramos ante un mito. Y es que la investigación científica mas actual nos muestra que el comportamiento humano tiene unos fundamentos biológicos profundos. Para nada es esperable que un tipo determinado de sociedad pueda erradicar los impulsos egoistas o posesivos de los humanos. Sabemos, por el contrario, que estos impulsos forman parte innata de una arquitectura cognitiva, la humana, modelada por siglos de selección natural en el África donde la especie humana dió sus primeros pasos (1). Así, por ejemplo, sabemos que los cerebros de hombres y mujeres son diferentes y que, pese a tener las mismas capacidades cognitivas, las desarrollan de manera desigual (los hombres parecen ser mas competitivos y las mujeres mas cooperativas; lo hombres tienen una mayor facilidad que las mujeres para separar las distintas esferas de su propia vida –el trabajo en la empresa de las relaciones personales, por ejemplo-, en tanto que a las mujeres les resulta mas difícil; etc), y que por tanto de una educación idealmente igualitaria no cabe esperar comportamientos iguales, a nivel general, entre ambos sexos (2). También sabemos que el egoismo es una disposición innata en la naturaleza humana, disposición que no ha sido puesta ahí por el capitalismo sino que tiene profundos orígenes en el proceso de selección natural que configuró la naturaleza de nuestra especie. Por tanto, la educación no puede construir un “ser humano nuevo” carente de impulsos egoístas. Esto no significa que la educación no pueda modificar en nada el comportamiento humano, sino simplemente que no puede eliminar los impulsos propios de la naturaleza humana: solamente puede reprimirlos o reconducirlos, y no siempre con éxito. Por ejemplo, una educación determinada puede hacer que, ante el impulso de comer debido a que tengo hambre, me abstenga de ingerir nada más que un plato de arroz al día. Aquí, la educación está reprimiendo un impulso, lo está controlando, pero no lo está eliminando. No estoy dejando de tener ganas de comer: estoy dejando de comer. La diferencia es notable porque en este último caso hay un margen de fracaso mayor que en el primero: si no podemos eliminar el impulso de comer ante el hambre, siempre habrá alguien que no pueda resistirlo y ceda al impulso. Con el egoísmo humano pasa algo parecido: podemos crear las condiciones sociales para que los seres humanos desarrollen la virtud cívica y la fraternidad con los demás miembros de la sociedad, podemos educarles para ello, pero no podemos eliminar sus vicios innatos, su egoísmo y sus miserias. Sin embargo, tampoco podemos eliminar, ni aunque nos lo propongamos, los impulsos altruistas y cooperativos en el ser humano. El ayudar a los demás es algo que está tan firmemente instalado en el cerebro humano como el aprovecharse de ellos. La via para la construcción de una sociedad mas fraternal no pasa, pues, por “cambiar” la naturaleza humana (cosa que por lo demás queda muy por encima de las posibilidades de la intervención humana), sino por el aprovechamiento de lo mejor que hay en ella y por la penalización o la reconducción positiva de sus peores aspectos, como el egoísmo. Si queremos una sociedad formada por buenos ciudadanos, entonces deberemos conseguir primero una sociedad que penalice a los malos ciudadanos y premie a los buenos. Ahí la educación es importante, sin duda, pero lo es mucho más el diseño institucional de la sociedad. Una sociedad como la catalana (por ejemplo), donde el clientelismo y la corrupción son la norma, donde el nepotismo y el compadreo llevan mas lejos que la preparación y los méritos, donde los ricos defraudan hasta a la Banca del Monopoly, donde el ciudadano comprometido es tomado por gilipollas y el ciudadano que defrauda a Hacienda es casi un heroe social; una sociedad así, digo, es un mal humus para el desarrollo de la virtud cívica innata en el ser humano. Lo que nos lleva al problema capital, a la verdadera almendra dura de todo este asunto: la propiedad. Una sociedad como la catalana, donde unos cuantos poderes privados tienen un capital varias veces superior al de todo el resto del país, es una sociedad donde esos mismos poderes privados son demasiado grandes como para someterse al escrutinio democrático, cosa que abre la puerta al nepotismo, al fraude fiscal de los ricos y en definitiva al “sálvese quien pueda” que tanto gusta a los liberales. Nos lo advertía Maquiavelo hace seis siglos: donde la propiedad está muy desigualmente distribuida no hay lugar para instituir república alguna. Y es que la igualdad material es una precondición necesaria (aunque no suficiente) para la virtud cívica, entre otras cosas porque también lo es para la libertad individual. ---------- (1) Véase Pinker, Steven; Como funciona la mente, Ed. Destino, Barcelona (2001). (2) Véase Fisher, Helen; El primer sexo, Ed. Taurus, Madrid (2000). ---------- Este artículo pertenece al Dominio Público por expresa devolución del autor al mismo.
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| Escrito por Lluis Pérez | |
| domingo, 29 de octubre de 2006 | |
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Hablábamos en el artículo anterior de uno de los mitos en los que se han sustentado las ideas pedagógicas de la Izquierda, a saber, el mito de la educación como aseguradora de la igualdad de oportunidades entre los ciudadanos. Hoy hablaremos de otro mito, mucho mas importante: el de la tábula rasa. Según este mito, extendidísimo entre la Izquierda, la naturaleza humana es algo totalmente dúctil y maleable. Las conductas humanas están únicamente determinadas por la educación recibida y por el entorno social en el que se mueven los sujetos, de manera que (por ejemplo) las diferencias de comportamiento entre individuos de uno y otro sexo tienen su raíz en la socialización diferenciada a que son sometidos los niños y las niñas. Para nada hay que buscar el fundamento de tales diferencias de comportamiento en hechos biológicos o psicológicos innatos.


normalmente me gustan tus post. Un saludo. 




