| El Incorruptible y la pena de muerte |
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Someter a juicio moral a un personaje histórico es mas
difícil de lo que parece. Entre otras cosas, porque al hacerlo no se
puede perder de vista el horizonte moral que envolvió a la época
histórica en la que le tocó vivir. Por poner un ejemplo: es seguro que
la esclavitud es moralmente más condenable que la exclusión de los
pobres de la vida política (que también es condenable). En Aristóteles
hallamos una justificación de ambas. Y, sin embargo, parece que a
Aristóteles se le puede criticar con más razón por justificar la
segunda que por justificar la primera. El motivo de esto es que, en la
época en la que Aristóteles vivió, la esclavitud era algo aceptado como
normal y correcto por la práctica unanimidad de los habitantes los
pueblos de los que Aristóteles llegó a tener noticia, empezando por la
suya propia.
En cambio, la democracia, el gobierno de los pobres libres, no era una
idea extraña para la época de Aristóteles, y por tanto su oposición a
ella nos puede parecer, con razón, como moralmente miserable (aunque,
dicho sea de paso, las críticas de Aristóteles a la democracia son de
las más inteligentes que se han escrito nunca). Así pues, al juzgar moralmente a un personaje histórico parece que lo único que podemos hacer es tomar el horizonte moral de su época y establecer si contribuyó a hacerlo avanzar, si lo mantuvo intocable o si incluso lo hizo retroceder. Todo esto, claro está, visto desde nuestras propias concepciones morales. Por ejemplo, un servidor es un ferviente detractor de la pena de muerte. Y, por ello precisamente, el juicio que este servidor puede hacer de Maximilien de Robespierre no puede ser sino positivo. Mas de uno pensará que me he vuelto loco. Estamos tan acostumbrados a la versión del Robespierre totalitario y sanguinario, predecesor de Stalin o incluso de Hitler, que nos parece difícil desligar su recuerdo del de la guillotina. Sin embargo, Robespierre fue un enemigo declarado de la pena de muerte. En su discurso del 30 de mayo de 1791 ante la Asamblea Nacional (1), Robespierre discutió brillantemente la pena de muerte declarándola injusta e inútil. Injusta, porque la justicia humana no puede considerarse exenta de la posibilidad de error, mientras que la pena de muerte corta toda posibilidad de enmendar posibles errores en la sentencia. Inútil, puesto que para Robespierre la peor pena no es la muerte sino el oprobio público. El tormento moral debe sustituir al tormento físico. Al tiempo que mantenía estas ideas, Robespierre sostendría la necesidad de condenar al rey de Francia a muerte una vez descubierta su traición, como mas tarde respaldaría otras penas de muerte relacionadas con los intentos de acabar con el orden republicano-democrático surgido de la Revolución. Esto no señaló nunca una ruptura en su pensamiento: aun en 1793 se opuso ante la Asamblea Nacional a la condena a muerte de los posibles cómplices del asesino de Le Peletier. Lo que ocurría es que Robespierre establecía una distinción entre los ciudadanos, que estaba sujetos al derecho civil y/o penal, y los extranjeros, que estaban sometidos al derecho de gentes. Estos últimos sí que podían ser condenados a pena de muerte en caso de invasión. En plena Revolución, aquellos que intentasen subvertir por la fuerza la voluntad libremente expresada del pueblo solo podían ser tratados como aliados de los invasores extranjeros que trataban de aplastar a la joven República francesa. Alguien dirá que sería una barbaridad aplicar esas ideas hoy en día. Y, en efecto, así sería. Sin embargo, en el horizonte moral de la época, ejecutar a los invasores y a los rebeldes estaba plenamente aceptado. Como también estaba aceptado ejecutar a asesinos e incluso a ladrones. Sin embargo, Robespierre limitó la pena de muerte a los casos de invasión o de rebelión armada, y no a todos. Por lo que respecta a la pena de muerte relativa a los delitos comunes, aún de sangre, Robespierre fue partidario de su supresión, que finalmente logró. Así pues, dado el horizonte moral de su época, pocas dudas caben de que el Incorruptible contribuyó a hacerlo avanzar por lo que respecta a la pena de muerte. (1) Robespierre, Maximilien; “Sobre la pena de muerte”, en Por la felicidad y por la libertad, Barcelona, El Viejo Topo (2005). Este artículo pertenece al Dominio Público por expresa devolución del autor al mismo.
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| Escrito por Lluís Pérez | |
| domingo, 12 de noviembre de 2006 | |
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Someter a juicio moral a un personaje histórico es mas
difícil de lo que parece. Entre otras cosas, porque al hacerlo no se
puede perder de vista el horizonte moral que envolvió a la época
histórica en la que le tocó vivir. Por poner un ejemplo: es seguro que
la esclavitud es moralmente más condenable que la exclusión de los
pobres de la vida política (que también es condenable). En Aristóteles
hallamos una justificación de ambas. Y, sin embargo, parece que a
Aristóteles se le puede criticar con más razón por justificar la
segunda que por justificar la primera. El motivo de esto es que, en la
época en la que Aristóteles vivió, la esclavitud era algo aceptado como
normal y correcto por la práctica unanimidad de los habitantes los
pueblos de los que Aristóteles llegó a tener noticia, empezando por la
suya propia.
En cambio, la democracia, el gobierno de los pobres libres, no era una
idea extraña para la época de Aristóteles, y por tanto su oposición a
ella nos puede parecer, con razón, como moralmente miserable (aunque,
dicho sea de paso, las críticas de Aristóteles a la democracia son de
las más inteligentes que se han escrito nunca). 






