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lunes, 07 de julio de 2008
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El dilema del prisionero, el mercado y el medio ambiente Imprimir E-Mail
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ImageImagine a dos delincuentes asociados que caen presos en una redada policial. Ambos son llevados a celdas separadas sin ninguna posibilidad de comunicación. No pueden saber, de ningún modo imaginable, qué está sucediendo con su compañero en la otra celda. A ambos se les plantea el mismo dilema: pueden delatar o no delatar a su compañero. Si uno delata al otro y éste otro permanece en silencio, el delator sale a la calle mientras el que ha permanecido en silencio recibe una condena de 10 años. Si ambos se delatan, ambos son condenados a 8 años de cárcel. Si ambos permanecen en silencio, la condena se reduce a un año. Obviamente, desde un punto de vista general, lo mejor sería que ambos prisioneros llegasen a un acuerdo para guardar silencio y así sufrir una mínima condena a cambio de no ser traicionados por el otro y, por tanto, sufrir una condena mayor. Sin embargo, en este dilema un prisionero no sabe lo que piensa hacer el otro y, aun cuando lo supiese, no tiene la menor certeza de que finalmente lo vaya a cumplir. La racionalidad instrumental individual, pues, fuerza a los individuos a la solución óptima desde un punto de vista estrictamente individual: delatar al otro. Sea cual sea la elección del otro, delatarle siempre va a ser la mejor opción de cara a librarse de la cárcel. Sin embargo, la racionalidad individual es igual en ambos prisioneros, de lo cual podemos deducir que, abstrayéndonos de posibles consideraciones morales, lo mas probable es que se delaten individualmente y acaben, por tanto, pagándolo caro.

Este trágico y fatal dilema no es otro que el famoso dilema del prisionero, que ha llenado páginas y páginas de revistas dedicadas a la teoría matemática de juegos. Si nos fascina tanto es porque, de un modo sorprendentemente sencillo, nos da la clave para entender situaciones en las que la racionalidad de los agentes los lleva, paradójicamente, al desastre colectivo. Simplificando mucho, podemos decir que la Historia de la política no es sino la Historia de unos agentes, los seres humanos, intentando resolver su dilema del prisionero, su disyuntiva entre cooperar y no cooperar. Fenómenos sociales como el equilibrio del terror nuclear durante la Guerra Fria se pueden explicar sin mayores problemas mediante un sencillo juego de dilema del prisionero.

El dilema del prisionero nos demuestra lo iluso que es creer, como hacen según qué liberales, que la acción individual irrestricta y no-mediada por la fuerza puede llevar siempre a resultados óptimos. A parte de otros muchos problemas de tipo moral y político, el dejar al mercado "a su aire" es de hecho un imposible. Para que el mercado funcione hay que establecer unas instituciones (el contrato, el notariado, los registros de la propiedad, etc) que garanticen que los dilemas de prisionero a que se ven sometidos los agentes del mercado se podrán resolver óptimamente. Por ejemplo, si se dejase a la "libre responsabilidad" de los agentes el cumplimiento de las promesas de pago, ocurriría constantemente que los pagos a plazos no se efectuarían y que las hipotecas no se pagarían, puesto que no-cooperar (en este caso, no pagar) es, como hemos visto, la estrategia dominante de cualquier dilema en el cual podamos escoger entre cooperar y no-cooperar y en el que no haya posibilidad alguna de establecer un acuerdo de obligado cumplimiento entre las dos partes del juego. Esto lo entienden bien los liberales mas sensatos, que saben que el Estado debe mediar para asegurar que exista un marco adecuado para el régimen de mercado capitalista que ellos desean, dado que de otro modo, debido al dilema del prisionero, éste régimen no podría ni constituirse ni sostenerse.

En cambio, cuando llegamos al problema del medio ambiente, estos sensatos liberales parecen no entender de qué va eso del dilema del prisionero. Su aceptación de la mediación del Estado en cuanto a la garantía del cumplimiento de los contratos se transforma en un apasionado discurso en contra de la intervención del Estado en materia medioambiental, ora en favor del crecimiento económico, ora en favor de la "libertad individual", esa inhóspita libertad frente a los demás tan propia de los liberales. Sorprende esto, dado que los problemas medioambientales son quizá el ejemplo mas sangrante de hasta que punto el dilema del prisionero nos puede llevar una catástrofe colectiva. Si reconstruimos la problemática medioambiental en términos del dilema del prisionero, nos encontramos con unos jugadores (los humanos) que pueden escoger entre dos estrategias (contaminar y no-contaminar), que combinadas producen los siguientes pagos: a) si yo contamino y los demás no, obtengo 6 puntos de utilidad (por cuantificarlo de una manera chapucera pero útil para el caso) y los demás -1; b) si yo contamino y los demás también, entonces todos obtenemos 0 puntos de utilidad; c) si nadie contamina, entonces todos obtenemos 5 puntos de utilidad; y d) si yo no contamino y los demás sí, entonces son los demás los que obtienen 6 puntos y yo en cambio -1. Por supuesto que estoy simplificando las cosas hasta el extremo de pensar que a todo el mundo le beneficia o le perjudica por igual la contaminación, o que la contaminación de un obrero que usa desodorante con CO2 es igual a la del capitalista que vierte toneladas diarias de CO2 a la atmósfera. La esencia, no obstante, es la misma: lo que a todos nos sale mas a cuenta desde un punto de vista individual es contaminar y que los demás se cuiden del planeta. No obstante, dado que si todos contaminamos nos abocamos al desastre colectivo, resulta de sentido común buscar el acuerdo para no-contaminar. El problema es precisamente como conseguir y asegurar el cumplimiento obligatorio de ese acuerdo.

Dejar las cuestiones del medioambiente en manos del mercado, y mas aun del mercado capitalista, equivale a una mala resolución del dilema del prisionero mas importante al que se ha enfrentado jamás la especie humana. Si nadie tiene la obligación de no-contaminar, nadie tiene la seguridad de que su esfuerzo no-contaminador va a servir de algo, con lo cual el desastre vendrá igual solo que unos se habrán beneficiado durante un tiempo de él en tanto que otros, hablando en claro, habrán hecho el gilipollas. Esto lo pensamos todos, y de hecho todos obramos en consecuencia. Por muy ecologista que sea usted, me juego el cuello a que en verano mantiene su casa a temperaturas polares sin importarle el gasto energético que eso supone. No se preocupe, no le juzgo: yo también lo hago, y si no lo hiciese serviria de poco, puesto que el gran contaminador no es el ciudadano que usa aire acondicionado o que no recicla, sino el capitalista que echa residuos al rio previo pago de comisión ilegal al concejal de turno, o el capitalista que de una manera perfectamente legal arrasa bosques enteros. Por mucho que ustedes y yo reciclemos (que es importante, claro), los que tienen en sus manos la preservación del planeta son unos pocos señores que viven inmersos en un dilema del prisionero del que no salen, en parte porque no pueden, en parte porque no quieren. Y lo malo es que no hay Estado alguno que se atreva a meter la mano. Me refiero a meterla en serio, hasta el fondo y hasta el final, porque eso de meterla a medias ya se sabe: uno se queda igual.

Este artículo pertenece al Dominio Público por expresa devolución del autor al mismo.


Comentarios de los usuarios (5) RSS feed comment
Escrito por Invitado, on 28-11-2006 00:27,
1. Libertino
Como tú mismo has demostrado en este artículo, empleando la teoría de juegos cooperativos en el ámbito medioambiental, dos personas, entre la opción de realizar un actividad que contamina u otra que no-contamina, partiendo siempre de una situación de incertidumbre (sin conocer que va a decidir el otro), aplican la estrategia maximin, es decir, la estrategia que le permite obtener el máximo de los mínimos, o lo que es lo mismo la opción más mínimamente segura. Partiendo de la situación binaria: contaminar o no-contaminar, para simplificar, la combinación podría ser la siguiente:: A) si yo contamino y él no-contamina, yo gano; B) si él contamina y yo me abstengo de contaminar, él gana; C) si los dos contaminamos, los dos ganamos, aunque no tanto como si solo yo contaminara; D) si los dos no-contaminamos, perdemos los dos, aunque no tanto como si solo yo no-contaminara. En principio esto nos llevaría un equilibrio de Nash, opción C y D, ya que en principio las dos son las mínimamente seguras. No obstante, suponiendo que la actividad que ambos realizamos y que necesariamente implica contaminar (producir bienes en una fábrica, generar energía, usar un medio de transporte rápido,…) nos ofrece una mayor utilidad que nuestra conciencia ecologista; al no conocer la decisión del otro, la estrategia más mínimamente segura de entre las dos sería contaminar (la opción C).  
 
Como muy bien has escrito, la teoría de juegos solo es aplicable en situaciones de incertidumbre, es decir, en las cuales no existen instituciones o en las que hay pero son deficientes. Bajo mi punto de vista, el problema de la contaminación actual no es una cuestión de crear más leyes, ni prohibiciones, ni organizaciones,… ni nada de eso. El problema es que la institución primordial de la economía de mercado (que es la que rige en casi todas las partes del mundo y por ahora ha sido la que ha y está proporcionando un mayor nivel de vida humano jamás igualado a lo largo de la Historia) es la propiedad privada, los derechos de propiedad. Si estos no existen (problema de los bienes comunales, que en teoría son de todos, pero en la realidad de nadie), o son ambiguos o están mal definidos, surgen los problemas de free raider, externalidades negativas,… Es curioso que sea en las aguas internacionales (comunales) donde se están extinguiendo la mayoría de especies marinas (ballenas, delfines,…), que el aire, que es un bien público, se esté constante e impunemente contaminando, a pesar de las prohibiciones, multas,… Sin derechos de propiedad es imposible saber quien es responsable y, sobre todo, en que medida de la contaminación. En definitiva, quién debe pagar los costes. 
 
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Escrito por Invitado, on 28-11-2006 00:33,
2. Jose R.
Apreciado Libertino, tu fé en la propiedad privada es tal que lleva al paroxismo. La propiedad privada y el mercado por sí solo no pueden poner la solución a como producir energía sin emitir tanto CO2, el mercado de hecho (y lo dicen los propios productores energéticos) no favorece la recaptura de CO2 si no es bajo un alto nivel de sanciones. Por tanto los productores en el mercado no toma medidas si no es bajo suficiente coacción ya que el beneficio a corto y medio plazo es mas rentable el contaminar. 
 
Ahora bien, si tú crees que ofreciendo títulos de propiedad de metros cúbicos de aire te solucionará todo, adelante, parcelalo todo y cuando hayas conseguido que todos compremos (que se yo cuando) nos esperamos a ver como se reducen nuestro espacio vital. De hecho, los propietarios de terrenos en zonas bajas de las islas que ya han sido abandonadas no le pueden pedir a nadie que les indemnice por su pérdida, ya pueden picar a las puertas de las grandes compañías industriales que no les van a oir. 
 
Es como creer que Florida no se hundirá no porque haya un mecanismo de producción de energía que no emita CO2 que nos solucione el problema sino porque el hecho de que haya propietarios que teman por su pérdida automáticamente hará que el mercado encuentre la solución. 
 
En fín, es algo ya muy manido, y repetido. Sin sanciones, hoy por hoy, no hay solución. Y aunque Kyoto forma un mercado de emisiones estas están basadas en cuotas y limitaciones y sanciones estatales e internacionales, no en una compraventa de productos real.
 
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Escrito por Invitado, on 28-11-2006 12:35,
3. Libertino
El arbitrario sistema actual de sanciones (multas, limitaciones a la producción,…) no fiscaliza al empresario, ya que este las añade al precio del producto, por lo tanto es el consumidor el que, en última instancia, las acaba pagando (además sin ser en su justa medida, no tiene porque pagar justo por pecadores). 
 
La contaminación indiscriminada es un problema de externalidades negativas (contamino porque lo que contamino no tengo que pagarlo o no pagarlo en su justa medida). Pongamos un supuesto: yo vivo en una urbanización y un fabricante monta una fábrica cerca. Yo, junto a mis vecinos, podemos intentar llegar a un acuerdo con el empresario, por el cual le dejamos contaminar en nuestra zona a cambio de una cuota por tanto CO2 emita con un máximo de emisión de CO2 cada cierto tiempo (un día, mes, trimestre,…). También podemos no querer negociar con él ningún acuerdo, en cuyo caso no podrá contaminar ya que en caso de que lo hiciera, recurriríamos a la justicia (estaría violando nuestros derechos de propiedad: lo que afectara negativa e involuntariamente a nuestro cuerpo –salud,…- y nuestras pertenencias -vivienda,…-). Esto en la actualidad no es posible. Una eficiente definición de los derechos de propiedad, actualmente no existe. No hacen falta más prohibiciones y más leyes ad hoc. No hay que obcecarse con más de los mismo; el fracaso de la prohibiciones, multas,… es mas que visible. La contaminación no tiene porque ser un juego de suma 0 (para que yo gane, tu tienes que perder). 
 
El aire (como también le pasará al agua) dejara de ser un bien público cuando, por así decirlo, empiece a escasear, se haga economicamente preciado. No se privatizará porque los malvados empresarios lo quieras para llevar a cabo sus conspiraciones de dominar el mundo, sino por necesidad de economizar. Será entonces cuando habrá que racionalizarlo (que no racionarlo). ¿Te imaginas qué hubiese pasado si hace dos siglos, en vista de que la comida era escasa, se hubiera racionado con masivos controles (como, por poner un ejemplo histórico de entre muchos, se hizo en España en el siglo XVIII y así nos fue…)?. Si esto hubiera pasado, no nos alimentaríamos a los niveles que lo hacemos hoy (bien y en abundancia). Con el aire, el agua, los boniatos,… pasaría lo mismo.  
 
La economía no trata de cosas objetivas (recursos materiales,…) sino subjetivas. Económicamente hablando, tiene el mismo resultado que se descubra un yacimiento de petróleo, que sumado a los restantes ya conocidos, duplique la cantidad de reservas mundial de esta materia prima, que si se inventa un motor que consuma la mitad. Y para que esto último ocurra se necesita que exista el ambiente y el incentivo necesario para la innovación. 
 
Me alegro que, después de varios intentos, al fin me hayáis dejado escribir algo en esta web.
 
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Escrito por pacoagenjo, on 28-11-2006 20:59,
4. Agenjo
Libertino, si te molestas en introducir números en el dilema, verás que la opción que más beneficios reporta es la confianza (no contaminar). 
 
De hecho, el dilema del prisionero se usa muchas veces como ejemplo de que confiar y colaborar sin saber lo que va a hacer el otro es la mejor alternativa. 
 
En cuanto a lo de la propiedad de los mares, es darle más vueltas a lo mismo. 
 
La propiedad privada de un recurso sólo garantiza la impunidad para explotarlo como se desee (y si el que se extinga da más beneficios que protegerlo se extinguirá). 
 
El argumento de que es en lo mares donde se extinguen más especies porque hay no propiedad privada también es una trampa en si mismo. La dificultad de controlar lo que pasa en el mar supone también una dificultad insalvable para su privatización. El día que se pueda controlar el océano para privatizarlo también se podrá controlar para protegerlo desde el ámbito público. De hecho, me atrevería a decir que está mucho más cerca este segundo resultado. 
 
Es esa dificultad, y las presiones empresariales y comerciales lo que impide la protección de delfines y ballenas. No el poner dueño a un animal que, además, no debe tenerlo. 
 
Un saludo 
 
 
 
 
 
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Escrito por Invitado, on 09-02-2007 09:12,
5. ...
>>>Una eficiente definición de los derechos de propiedad, actualmente no existe. 
 
Libertino, vamos a dejarnos de bobadas. Hay una serie de cosas (el aire, el medio ambiente) donde los derechos de propiedad no sólo no existen sino que no pueden existir. Es algo que teneis que aceptar los ultraliberales. 
 
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