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viernes, 21 de noviembre de 2008
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De la insuficiencia de Kyoto y su necesidad Imprimir E-Mail
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ImageUna de las críticas habituales, tanto desde la izquierda como la derecha, a los esfuerzos internacionales para contener el calentamiento global es el presunto carácter chapucero del tratado de Kyoto. El acuerdo, ciertamente, es un monumental agregado de concesiones, medias tintas y buenas intenciones con un nivel de reducciones bastante limitado, y no parece demasiado probable que sea suficiente para resolver el problema.

Nota previa: este artículo da por hecho que el calentamiento global es un problema, es de origen humano y que es necesario combatirlo. Quien opine lo contrario, que se una a esta gente en su fervor anticientífico, por favor. Hoy no hablamos de ello.

Estas acusaciones, sin embargo, ignoran dos factores cruciales, que son el verdadero centro de esta crisis. Dos razones que de hecho hacen que lo limitado del tratado sea no sólo inevitable, sino necesario. Aunque parezca mentira, a veces hacer las cosas a medias es la solución óptima para afrontar un problema. Veamos.

La contaminación atmosférica a escala global es, evidentemente, un ejemplo casi de libro de la tragedia de los comunes. Esta expresión es lo que científicos sociales llaman en su jerga a lo que podríamos considerar como el problema del gorrón, sólo que a escala planetaria. El conflicto se deriva de la existencia de un bien que es accesible a todo el mundo de forma gratuita, pero que de hecho no es infinito.

Un ejemplo clásico es la pesca en un lago público. Uno no necesita más que una caña y cebos para ponerse a pescar, sin tener que pagar a nadie. Uno se sienta un rato, saca su pescado, y hala, hoy cenamos gratis. El problema, claro está, es cuando todo el mundo piensa lo mismo, y el número de pescadores es tal que acaban por vaciar el lago de cualquier cosa más grande que un mosquito; la falta de barreras a la entrada hace que se pesque demasiado y se agote el recurso.

Los economistas tienen soluciones clásicas para solventar este problema, normalmente ligadas a hacer que la salud de lago importe a alguien a base de repartir derechos de propiedad. El objetivo es crear un mecanismo de precios (monetarios o no), que es la forma más eficiente que conocemos para gestionar la escasez. En algunos casos eso es factible; en otros, no tan sencillo. En el caso del medio ambiente, es prácticamente imposible.

Tenemos un bien a repartir: la capacidad del planeta para eliminar contaminación atmosférica. Esta capacidad no es infinita; sin embargo, el acceso a ella no está limitado. Si la tierra fuera un tren de lavado de coches, no sería problema, ya que limpiar la suciedad tendría un coste conocido y que variaría con la demanda. Ahora mismo, sin embargo, la oferta de limpieza es limitada, pero la demanda es potencialmente infinita, así que algo se debe hacer para crear un mecanismo que limite el problema.

Y aquí entra Kyoto, y su barroco mecanismo de cuotas de emisión, precios y derechos de emisión transferibles. El objetivo es hacer que la polución tenga un precio, aunque sea bajo, tratando de limitarla al añadir costes al superar cuotas. La segunda parte del problema, claro está, es cómo aseguramos que todo el mundo que participa haga según lo pactado; a fin de cuentas el precio real de la contaminación no ha disminuido.Y aquí entra la naturaleza limitada y raquítica del acuerdo.

Un tratado internacional no es más que un contrato entre varias partes, con el problema que no hay un tercer agente que vigile su cumplimiento. No hay un juez o policía que te persigue si no pagas tu cuenta, en otras palabras; la única manera que te sumes al pacto y cumplas es porque te interesa o porque eres muy buena persona. Los estados, en general, no son buena gente, pero saben que contener el calentamiento global les interesa.

El problema, claro está, es que lo que realmente les gustaría es que todo el mundo redujera emisiones menos ellos; de este modo ellos siguen "pescando" sin tener que vigilar el lago. Evidentemente, los gobiernos saben que todo el mundo está pensando lo mismo, así que cuando firman un tratado tenderán a desconfiar del resto. Como saben que crear un juez sancionador es inviable (ya sabemos como va la ONU...), la única opción que tienen es, en cierto sentido, vigilar y copiar lo que hacen otros. En términos de Kyoto, prometer dar un pequeño pasito, mirar alrededor, y a ver que hacen los otros.

Kyoto no es la solución al problema del cambio climático. De hecho, no es ni un buen primer paso. Sin embargo, es un principio necesario para crear una dinámica de cooperación. Al empezar con un tratado no demasiado costoso, los estados pueden permitirse aplicarlo, aún de forma limitada, a sabiendas que esa acción les da una reputación de cooperación que hace más sencillo que el siguiente pacto también se aplique. Aumentando el nivel de confianza en la empresa mutua, la siguiente repetición del juego se hace más sencilla, ya que la confianza entre los estados (y el coste de romperla; ser un paria internacional no es agradable) se incrementa.

¿Es Kyoto un paso suficiente? Ni de lejos. ¿Es necesario? Sin duda, era la única forma realista de iniciar la cooperación. Si a largo plazo esta se mantendrá es otro tema, pero la limitada ambición de Kyoto era obligatoria. Un primer paso; habrá otros.

Palabras claves : Kyoto, cambio climático

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Escrito por Roger Senserrich   
miércoles, 29 de noviembre de 2006
 
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