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martes, 14 de octubre de 2008
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La crisis de la familia tradicional Imprimir E-Mail
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ImageEl modelo tradicional de familia está en crisis. No se está "destruyendo la familia" como se pretende desde algunos sitios, pero sí que se está convirtiendo en algo distinto. Evidentemente, un cambio tan profundo no puede deberse a hechos puntuales, como la legalización del matrimonio gay, ni a un impulso constante y malvado de personas interesadas en destruir la familia tradicional nadie sabe muy bien porque. Un cambio como este debe ser producido por fuerzas mucho más poderosas. Como en tantos otros temas, en este asunto nuestros medios de comunicación suelen hablar mucho y analizar poco.


Personalmente no creo que ni la familia tradicional fuera maravillosa como se pretende. Tampoco creo que el nuevo modelo al que parece que estamos evolucionando sólo tenga ventajas. Pero desgraciadamente este debate se encuentra incluso más viciado de lo habitual, a causa de apriorismos político-morales-teológicos. Así que haré un esfuerzo por mantener en este artículo una postura lo más neutral posible que nos pueda ayudar a analizar lo que efectivamente estamos viviendo.


LA CRISIS DEL  MATRIMONIO TRADICIONAL
El matrimonio tradicional consistía en la unión entre un hombre y una mujer que aspiraban (con mayor o menor éxito) a tener el monopolio sexual el sobre el otro durante toda su vida, especialmente el hombre sobre la mujer.

Pero era mucho más que todo esto. El matrimonio era la unidad básica de la sociedad. Cuando se hacían censos en la Edad Media se hacían por "fuegos" (hogares) no por personas. El "Pater Familias" (o "patriarca" en tiempos más recientes) era el líder incuestionable y el responsable último de toda la familia.

Evidentemente, existían problemas. Siempre hubo violencia, siempre hubo infelicidad. Pero como el matrimonio era para toda la vida ambos cónyujes no tenían más remedio que mantenerse juntos, por mucho que llegaran a odiarse. La clave de este modelo era la estabilidad. Y la hipocresía. No importaba lo infeliz que fueras en casa, era importante mostrar una imagen de familia perfecta hacia el exterior. "los trapos sucios se lavan en casa"

La familia tradicional marcaba tu lugar en la sociedad. Si eras un hijo, tu estatus era definido por el de tu padre. Si eras una esposa, eras la "señora de" hasta que tu marido moría, momento en que pasabas a ser la "viuda de". Las pocas personas que se mantenían solteras, se veían obligadas a convertirse en religiosas o ser despreciadas por el resto de la sociedad.

Se trata de un modelo básicamente feudal que el capitalismo transformó a su manera durante sus primeros siglos y que durante las últimas se ha desestabilizado rápidamente. Hoy en día la base de la sociedad no es la familia, sino el individuo. El capitalismo, especialmente el liberal, es tremendamente individualista. Cada uno debe buscar su propio éxito, llegando a afirmar el liberalismo que el egoismo de una persona es beneficioso para toda la sociedad. Aquel que conquiste el éxito, es porque se lo merece. El que se quede por el camino, también se merece lo que le pase. Unos pocos son triunfadores, el resto seremos perdedores y no podremos quejarnos porque nos lo hemos merecido.

La búsqueda del egoismo individual está reñida con todo tipo de asociación, especialmente con las asociaciones para toda la vida. Desde el mismo momento en que nadie necesita una familia para integrarse en la sociedad, nadie quiere mantener una relación que muchas veces provoca infelicidad. La proporción de solteros y solteras no religiosos es mucho más elevado que nunca y aparece el fenómeno novedoso del divorcio. Siempre ha habido personas que vivían separadas de sus cónyuges, pero nunca en la proporción actual. Junto a las familias formadas por dos cónyuges y sus hijos, es habitual que convivan novedosos formatos de familias:  un único padre/madre y sus hijos; padres/madres que viven separados y cuyos hijos conviven unos días con uno, otros días con otro; un padre/madre adoptivo mientras su padre/madre biológico vive en otra parte; etc, etc.


En este proceso, los cónyuges ganan mucho en libertad. La unión entre dos personas es hoy en día más voluntaria que nunca y puede romperse en cuando una de las partes descubra que la otra es un freno a su felicidad. Por motivos evidentes, lo que se gana en libertad se pierde en estabilidad. Vivimos en unos tiempos en los que resulta dificil hacer planes a largo plazo, ¿cómo hacerlos si resulta complicado saber si tendrás el mismo trabajo o si vivirás con la misma persona?



LA REDUCIÓN DE LA FAMILIA EXTENSA
Las sociedades tradicionales tenían un concepto de familia exensa muy amplio. No solo las familias solían tener muchos más hijos, sino que además el concepto de "primo segundo" e incluso "primo tercero" se reducía a, simplemente, "primo".

Hoy en día, sin embargo, la familia extensa se reduce a padres, abuelos, tíos y primos primeros. De hecho, la mayoría de los primos segundos ni si quiera son conocidos. Es un fenómeno normal en un ámbito en el que la familia cada vez tiene menos importancia y en el que prima el individualismo.

Las familias extensas tenían un fuerte factor de control. Las personas de una familia debían esforzarse por competir entre ellas para no ser "la oveja negra de la familia". En cambio, contaba con la ventaja de ser un seguro. Nuestra sociedad es mucho más libre, pero también mucho más cruel. Ante un revés de la vida, no puedes recurrir a un ejército de primos que acudan en tu auxilio. Si te quedas sin trabajo no puedes acudir a la ciudad donde tengas "un primo" que esté obligado a ayudarte.

En gran parte este tipo de ayudas se han ido volviendo menos necesarias gracias a la mayor presencia del estado como socorro. La gratuidad de la sanidad o el subsidio del paro solucionan la mayor parte de los imprevistos posibles. Sin embargo, resulta preocupante ver como la presencia del estado está en claro retroceso mientras se ha destruido la función auxiliadora de la familia.



LA EDAD ADULTA
Los adultos de la sociedad tradicional tenían marcado su estatus desde el momento del nacimiento y no tenían necesidad de demostrarlo. En cambio, en la sociedad actual existe el mito de que una persona es más rica o más pobre según su valía y no según su nacimiento (aunque las estadísticas lo desmientan). En estas circunstancias, el estatus no es algo permanente como antaño, hoy debe ganarse y defenderse durante toda una vida. Para defender el estatus social, un adulto debe luchar por determinados valores que se consideran propios de un "triunfador" y que pueden ser tan variables como el de ser un gran profesional en su trabajo, tener dinero o contar con una pareja de gran belleza. El que no consigue tales objetivos se siente, posiblemente de forma injustificada, desplazado de la sociedad e, incluso, puede verse obligado al horrible destino de ser "una persona más" en vez de "alguien especial". Algo horrible para la sociedad capitalista avanzada, en la ser "normal" resulta lo peor que te pueda pasar. El esfuerzo que requiere mantener nuestro estatus nos impide cuidar las relaciones dentro de nuestras familias.



LA TERCERA EDAD
Tradicionalmente, los ancianos siempre han gozado de un gran respeto. Su opinión no siempre era obedecida, pero siempre escuchada. Los recién llegados a una familia, por vía de matrimonio, debía ganarse el cariño de sus suegros. Estaban obligados a ello.

Pero todo ha cambiado hoy en día. Los ancianos personifican los valores opuestos a los de nuestra sociedad de capitalismo avanzado: Son la fealdad y la vejez en un mundo que prima la belleza y la juventud. Son dependientes allí donde se exije autosuficiencia. Y lo que es más grave de todo, representan la memoria y la muerte. El pasado y el futuro en una sociedad que no quiere conocer nada más que el presente.

La sociedad tradicional valoraba en los ancianos su experiencia, su sabiduría. Hoy sólo se prima la utilidad, las personas son valoradas según su aportación económica en forma de dinero o de trabajo, su aportación espiritual carece de importancia. En estas circunstancias, un anciano será valorado si puede cuidar a los niños de la familia o si puede realizar tareas del hogar. En cambio, según el anciano vaya viéndose impedido para estas labores, se verá progresivamente arrinconado. La familia tradicional estaba formada por tres generaciones: la de los hijos, la de los padres y la de los abuelos. En cambio hoy en día este modelo es cada vez más extraño. Los ancianos tienden cada vez más a ser llevados a instituciones especializadas o, los que necesitan menos cuidados, prefieren seguir viviendo en su propia casa "para no molestar".

Esto no quiere decir que las personas hayan dejado de querer a sus ancianos. Sólo significa que ya no se siente atada hacia ellos. Decía antes que el capitalismo avanzado, especialmente en sus ramas más liberales, prima el egoismo. Y en una visión egoista de la vida un anciano no es más que un lastre. Especialmente cuando no se valora aquello que el anciano puede aportar. Especialmente en una sociedad para la que el tiempo no existe. En la que se olvida con gran facilidad lo pasado ayer y no se siente el menor interés por lo sucedido antesdeayer.


LA INFANCIA
En la sociedad tradicional, los niños hacían su pequeña aportación a la familia ayudando a sus padres. De esta forma, poco a poco, se iban incorporando a la vida que les esperaba como adultos.

En cambio, hoy los niños viven un proceso de preparación mucho más prolongado y avanzado, con un sistema educacional infinitamente más complejo. Si antes los niños vivían permanentemente en contacto con su familia, hoy tal contacto es cada vez menor. Al igual que los ancianos, los niños son percibidos como un lastre, un impedimeento que dificulta enormemente el desarrollo personal y profesional de los adultos. Pero, a diferencia de los ancianos, los niños no pueden ser arrinconados.A causa de ello, los adultos tienden a descargar su responsabilidad en la educación de sus hijos, cada vez más, sobre los profesionales de la educación que, a su vez, se ven cada vez más saturados.

Pero el colegio dura pocas horas al día, y el adulto necesita todo el día para sus labores profesionales o para mantener su imagen de persona joven y dinámica por eso se "deshace" de sus hijos inscribiéndoles en una larga lista de actividades extraescolares. Nuevamente, no se trata de que los padres ya no quieran a sus hijos, por supuesto. Pero existe una contradición entre lo que el mundo nos reclama (ser joven, gran profesionalidad en el trabajo, etc) y la carga que representan los niños. Ante esta contradición, los niños tienden a salir perjudicados al ser la parte más débil de la ecuación. En nuestra sociedad, lo urgente siempre prima sobre lo importante. Y, a diferencia de otras cosas mucho menos importantes, el problema del cuidado de los niños siempre se puede posponer.

A un nivel más o menos consciente, los padres tienden a sentirse culpables por la escasa atención que dedican a sus hijos. Pero no vivimos tiempos propicios para pararse a reflexionar sobre las cosas que nos hagan sentir culpables. Vivimos tiempos modernos donde hacer las cosas rápido es más importante que hacerlas bien. La forma favorita de solucionar la sensación de culpabilidad consiste en gastarse mucho dinero en los niños, hasta el punto de llegar a pasar verdaderos sacrificios económicos a cambio de que el niño pueda satisfacer cualquier capricho. Se trata de un proceso interno y externo, interno porque el adulto se justifica a sí mismo al decirse "paso poco tiempo con mis hijos pero ¿cómo no les voy a querer si lo paso tan mal para que tengan sus caprichos?" y externo porque así todo el mundo puede ver lo cuidado que está el niño. Así nos encontramos con profesores que intentan, inútilmente, convencer a los padres de sus alumnos de que no es necesario gastarse pequeñas fortunas en hacer grandes revoltijos de cumpleaños que le demuestren a todos los demás padres lo mucho que ellos quieren a sus hijos.

La situación se agraba cuando existe una separación entre los padres biológicos y estos compiten por demostrarle a su hijo lo mucho que le quieren. Pero esto no debe llevarnos a error. Los grupos relacionados con las religiones tradicionales, aterradas ante su pérdida de peso moral sobre la sociedad, insisten en los efectos negativos que sobre los niños pueden tener novedades como los divorcios o los matrimonios gays. En realidad, se quedan en la superficie. Lo importante no es que los padres de un niño vivan juntos o separados ni que sean de un sexo o de otro, ni siquiera es realmente importante que sean sumamente promiscuos y los niños vean entrar y salir constantemente nuevas personas. Los niños se adaptan a todo o casi todo. En mi opinión, lo único importante es que se sientan queridos y que tengan la sensación de que reciben un cariño sincero, no comprado en forma de regalos.



LA JUVENTUD
Mientras duró el modelo tradicional, la juventud prácticamente no existía. Por medio del matrimonio, a edades muy tempranas, se pasaba de ser niño a adulto. Gran cantidad de tradiciones lo muestran, por ejemplo en mi ciudad era tradición que la madrina regalara un pastel a su ahijado hasta que este se casaba.

En cambio, hoy en día la juventud es una de las etapas más prolongadas de nuestra existencia. Y, curiosamente, la fase más envidiada y, por lo tanto, más odiada de nuestra vida. Producto de dicha envidia, los jóvenes se ven sometidos a un gran nivel de exigencia, teniendo que compararse no con el pasado de la generación anterior, sino con la visión idealizada de tal pasado.

Siendo complicado poder adquirir una vivienda y obtener un trabajo estable, resulta más dificil que nunca formalizar un matrimonio. Sobretodo desde el momento en que, en nuestra sociedad individualista, el matrimonio implica una pérdida de libertad y de estatus social. Especialmente para la mujer que, además, puede ver una sobrecarga de responsabilidades a causa del todavía muy desigual reparto del trabajo.

Los noviazgos, más largos que nunca, se ven atenuados al incorporar gran cantidad de elementos que antes se obtenían únicamente tras el matrimonio. El más importante de estos elementos es, sin duda, el fin de la reserva sexual hasta la noche de bodas, pero existen otros muchos que quizás deban ser analizados. Ya es habitual denominar "suegros" a los padres del novio/a, por poner un ejemplo sencillo.

Ante la gran importancia que se le concede a la estabilidad económica y a la libertad individual, el matrimonio se va posponiendo a "un momento mejor". Lo urgente prima sobre lo importnate. Al final, tal momento no suele llegar y lo habitual es que el matrimonio acabe produciéndose cuando los novios empiezan a sentirse viejos y consideran que ya han esperado demasiado.

Otro blog sin sentido, como la vida misma <http://vidasinsentido.wordpress.com/>


Comentarios de los usuarios (3) RSS feed comment
Escrito por Invitado, on 05-12-2006 15:38,
1. José Juan Bueso
Interesante artículo cuyo tema transciende desde el sentido de familia hacia una crisis de mentalidad. Un filósofo chileno, Cuadra, escribía sobre el capitalismo volitivo, profundizando en el hedonismo del que hablas, como principal motor social y económico de nuestros días.
 
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Escrito por pacoagenjo, on 06-12-2006 08:21,
2. Un pequeño añadido
Como has comentado, parte de la crisis de la familia tradicional tiene arazones conómicas y sociales. 
 
Una de ellas es la vivienda. Postergar la boda hasta tener casa (pasados los treinta y subiendo) es uno de los factores que está llevando a las parejas a una mayor libertad sexual y sentimental. 
 
La gente, cuando se casa, puede llevar fácilmente seis o siete años saliendo (no hablamos de empezar a los quince y casarse a los 22, sino de empezar a los 22 y casarse a los 30), con lo que esperar a la noche de bodas es un ejercicio de voluntad imposible. 
 
Es más, la mayor libertad sexual, el mayor acceso a una oferta cultural y lúdica, el acceso a diferentes culturas y medios de comunicación, y los cambios económicos, están, como se ha dicho, llevando a que la gente sea cada día más consciente de su individualismo y de lso condicionantes de su felicidad. 
 
Eso significa que, ni más ni menos, no voy a aguantar 50 años de matrimonio si no termania de encajar la pareja. 
 
La gente es cada día más consciente de ello, y eso es bueno, porque hace que valoremos mucho más el amor cuando lo tenemos. Porque sabemos que se puede terminar (por nuestra mano, y por la otra), y que hay libertad para terminarlo sin que medie una muerte de por medio. 
 
Incluso dentro de una pareja o matrimonio estable se admiten más libertades que antes. Donde antes parecía que sólo el hombre podía ser infiel, ahora se admite que en un momento dado cualquiera de los dos conyuges pueda serlo. Y eso jode, porque es igualitario, y la igualdad es muy bonita mientras tú eres quien pone los cuernos, pero no cuando te los ponen a ti. 
 
De la misma forma, los problemas de acceso a la vivienda y bajos salarios (además de precarios empleos) están haciendo que mucha gente desista de tener dos hijos, contentándose con uno (es lógico que influyan factores sociales, como los que comentas del trabajo y el culto al "yo", pues un hijo implica renunciar a muchas cosas. 
 
Así que sí, bastante de acuerdo en tu análisis. 
 
Yo añadiría que la cosa va a ir a más. Alvin Toffler, al que no se puede acusar de ser un escritor comunista precisamente, apunta que este proceso no tendrá fin, y que tiene su origen un cambios sociales muy profundos e imparables. 
 
Al final, veremos matrimonios de tres personas, y un mayor desarrollo de la libertad individual que pasa por conseguir un desarrollo económico paralelo que sostenga este proceso. 
 
Es decir, la libertad social vendrá dada por la libertad e independencia económicas en grado sumo, y al tiempo se retroalimentarán. 
 
Un saludo 
 
Paco 
 
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Escrito por Invitado, on 06-12-2006 14:36,
3. ¿La esclavitud del fin o el fin de la es
La consideración del amor como enfermedad ya estaba en los griegos y Freud la recuperó a su manera. Correspondido o no, los efectos benéficos del amor erótico suelen ser inversamente proporcionales a su intensidad y duración. Por este y no por otro motivo la humanidad inventó el matrimonio, para que ambas variables (intensidad y duración) se compensasen y, haciéndose públicas, se vieran sometidas al pudor y a las restricciones que impone lo ético. 
 
El amor es expansivo, quiere dar fruto y perpetuarse sin perder su forma inicial. Cuando no hay vínculo, el amor depende del otro, por lo que se pospone indefinidamente y nunca llega a ser pleno. Ahora bien, cuando hay vínculo, el amor depende de mí, lo cual me exige un esfuerzo y una autovaloración mayores, al extenderse el sentimiento a toda mi vida y no sólo a un incierto "hasta cuándo". Así, sin vínculo la duración multiplica la intensidad que nos asola, mientras que con vínculo la divide proporcionalmente. 
 
No basta con disfrutar en la cópula y ver reforzados los lazos de solidaridad. La unión es metafísica y, por lo general, se entiende con exclusión de todas las demás (los celos). Don Juan no hizo precisamente muchos amigos, sino que era un solitario, un tipo antisocial y puede que también algo marica. 
 
http:// antiqueer.blogspot.c om/
 
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