Existen,
desde luego, ideologías que van más allá, o que se salen del ámbito de
empresas y estados para poner el énfasis en diferentes puntos de vista,
el medioambiental (ecologismo), el individuo (anarquismo), etc.
Existe
todo un universo de riqueza fuera de los dos subconjuntos representados
por el Estado y las empresas. Estos son el ciudadano particular y
la riqueza libre (de la comunidad).
Tradicionalmente, el
liberalismo ha intentado apropiarse del primero, alegando que su lucha
en pro del mercado es para favorecer al individuo. En el mundo actual,
no hay nada más lejos de la realidad. Las grandes empresas, propiedad,
efectivamente, de unos individuos, han establecido las normas del juego
de la creación y el reparto de la riqueza en su propio beneficio.
Así,
donde la lucha por la libertad del individuo es un ideal por el que
merece la pena luchar, el liberalismo actual ha degenerado hasta el
punto de haber traicionado sus propios fundamentos, dejando al
Estado el deber de luchar por los derechos de los individuos.
La creación de riqueza, como hemos dicho, va más allá de los bienes y servicios que las empresas y el Estado pueden producir.
El
poder de los individuos particulares (excepto el de una minoría
elitista y encumbrada) va disminuyendo en proporción al incremento que
sufre el poder y la riqueza de las empresas y corporaciones mundiales.
Así, cuando se habla de redistribución de la riqueza la gente suele
pensar en una redistribución en sentido contrario al que se está
produciendo en la actualidad. Es decir, donde se esperaban un mayor
poder de los ciudadanos, y un trasvase de riqueza de los ricos a los
pobres, se produce el efecto contrario, los ricos son cada día más
ricos, y los pobres, en comparación, cada día más pobres.
Existen
infinidad de estadísticas que los liberales arrojan a los cuatro
vientos para “demostrar” que, a pesar de este aumento del poder de las
corporaciones y sus dueños, la pobreza ha disminuido en el mundo. E
inmediatamente se ponen todas las medallas por ello.
Sin entrar
a discutir ni si ese medallero autoasignado es erróneo, ni si es cierto
que la riqueza general aumenta (basta echar un vistazo a los índices de
sostenibilidad y a las mediciones de la riqueza basadas en el bienestar
y no en el PIB para comprender que esa “verdad” no es tan cierta en una
gran parte de la población). Es cierto que el individuo cada día es más
débil en comparación con las empresas.
Por ello, en la lucha
por devolver parte del poder perdido a los individuos, debemos actuar
en los otros tres pilares de la creación de la riqueza que no están en
poder de éstas.
Así, además de la lucha por aumentar la riqueza
de los estados que propugnaba en el mencionado artículo, debemos
encontrar formas de fortalecer los pilares de la riqueza del individuo
(la gran mayoría de la población) y la riqueza libre (que no
pertenece a nadie, ni empresas, ni estados ni individuos).
En
el caso de los individuos, ya comentamos su papel como prosumidores
(Alvin Toffler), y la riqueza que cada uno de nosotros generamos para
la sociedad y para nosotros mismos. Diseño de webs, artículos,
bricolaje, etc.
Las nuevas tecnologías, de la información, de
la vida (biotecnología), de lo pequeño (nanotecnología) y la
inteligencia artificial y robótica, prometen poner al alcance del
individuo sistemas de creación de valor, de producción, que hasta ahora
están en manos de las empresas.
Es nuestro deber difundir estos sistemas, aumentar su seguridad, su fiabilidad, y su alcance.
Las
tecnologías de computación grid, en la actualidad, permiten a quienes
deseen prestar (regalar más bien) la potencia de cálculo de sus
ordenadores personales a diferentes proyectos empresariales, estatales
o internacionales.
A medida que aumente el número y la variedad
de proyectos de este tipo, los ciudadanos podrán afinar más sus
deseos, acercando a sus necesidades sus decisiones, y democratizando
incluso estas tareas.
A medida que se incremente el
desarrollo de la nanotecnología, o la inteligencia artificial, el poder
de los individuos crecerá hasta poder desafiar el de las empresas en
casos muy concretos.
No es de extrañar, por lo tanto, que
existan numerosos lobies empresariales que traten de limitar el acceso
a las nuevas tecnologías y a sus aplicaciones por parte de los
ciudadanos, reduciendo su papel al de meros consumidores.
En el
caso de la riqueza libre, estos es, la que no pertenece a nadie, y está
a disposición de todos, podemos citar un variado número de ejemplos, el
aire que respiramos, los océanos, la riqueza volcada en Internet bajo
las licencias de uso abierto o libre, los libros “libres”, etc.
Así,
cuando alguien planta un árbol en una sierra o un parque natural, está
aumentando la riqueza del Estado, pero también la riqueza que no
pertenece a nadie, o que nos pertenece a todos, a través de la
absorción del CO2 que realizará. De la misma forma, instalar un sistema
de energía solar para uso térmico, no sólo incrementa el poder
productor del individuo sino que reduce el empobrecimiento global a
causa del efecto invernadero. O cuando alguien “cuelga” un artículo en
Internet, o postea en un foro o un blog, está aumentando la riqueza
cultural de nuestras sociedades.
La riqueza de los ciudadanos
depende de cada uno de estas tres patas de la creación de valor: el
Estado, el individuo y la riqueza libre. Evidentemente las tres se
mezclan entre ellas y con la producción de las empresas, alimentándose,
y retroalimentándose y conformando la sociedad como la conocemos.
Por
último, si queremos retomar la iniciativa en el debate de la creación
de riqueza, debemos superar los paradigmas monetarios impuestos por el
neoliberalismo, llevándolos más allá, incluyendo todo lo que “ellos”
dejan fuera, medioambiente, bienestar social, etc. Debemos crear
nuevos sistemas de riqueza basados en el individuo, y evitar que el
liberalismo se arrogue todos los derechos a defender al individuo.
Dar
más o menos poder a cada una de las patas de la creación de la
riqueza es tarea de todos, y conforma el tipo de sociedad que
queremos crear en el futuro.