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viernes, 16 de mayo de 2008
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La reconquista de la historia Imprimir E-Mail
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ImageEn el marco de una poderosa ofensiva, y pretendiendo controlar todos los campos de la cultura, la derecha intenta apropiarse del estudio de la Historia. Y, en este campo como tantos otros, pretende hacerlo regresando al sXIX. Si entonces triunfaba el Positivismo, hoy se defiende una especie de Neopositivismo que consiste, básicamente, en una adaptación a los nuevos tiempos de ideas superadas a la vez que se catalogan como “desfasadas” teorías historiográficas que surgieron con posterioridad.

Nuestras librerías (y quiscos) se llenan de libros bélicos, morbosos o repletos de anécdotas insustanciales. En esta época de consumismo cultural, los grandes procesos o el entendimiento de nuestro pasado se vuelven secundarios frente al efectismo. Ya no importa el pensamiento nazi o los motivos que llevaron a una sociedad moderna a convertirse en algo tan monstruoso, lo único importante es la velocidad que alcanzaba el Tiger III o los movimientos envolventes realizados en la batalla de Kursk. Ahora mismo, el mercado de los quioscos tiene una colección de libros dedicados a la II Guerra Mundial en el que ninguno de ellos trata como tema principal las sociedades ni los pensamientos de los distintos mundos en conflicto.

A la hora de escoger el marco cronológico de la investigación, siempre se prefieren las guerras que cobran una importancia desmedida mientras que aquellos momentos que más nos pueden enseñar (como la revolución industrial, el neolítico o las crisis ecológicas) son dejados de lado. No vende y, por lo tanto, no interesa.

Frente a la “mano invisible del mercado” existe otra presión premeditada. Sutiles o no tan sutiles maniobras destinadas a subyugar la Historia a los intereses económicos y políticos de la derecha. La empresa RBA ha iniciado hace poco un coleccionable sobre la Historia de España que, en su publicidad, muestra treinta y cinco títulos de un total de sesenta. De estos treinta y cinco, veinte corresponden al periodo transcurrido entre los Reyes Católicos y Carlos II, el Imperio Español. El resto son todos posteriores a estas fechas. Es cierto que entre los autores de la colección aparecen los nombres de historiadores de gran calidad, incluso de marcada tendencia izquierdista, pero el mensaje a mi me resulta evidente. No se está haciendo una historia de “España” considerando a esta como un mero marco geográfico (tal y como haría cualquier historiador serio) sino como una entidad nacional que surge con los Reyes Católicos y dura hasta la actualidad. No es este el lugar apropiado para discutir sobre nacionalismos, pero creo que es evidente que cuando hablamos de nuestro pasado, es igualmente importante la forma como vivían nuestros antepasados del sXVIII que la forma como lo hacían los del sXII.

Los historiadores, cada vez más, especialmente los más desconocidos se ven obligados a aceptar intromisiones inaceptables por parte de sus editores. Produce vergüenza ajena leer a los autores de la novedad del año pasado Kamikazes verse obligados a hacer relaciones imposibles entre los pilotos suicidas japoneses y los terroristas que destruyeron el World Trade Center de Nueva York. Resulta evidente al leer el libro que los propios autores se avergüenzan de lo que están contando y en numerosas ocasiones, de forma más o menos velada, piden disculpas por hacer esta relación entre dos eventos totalmente incomunicados. Se podría decir, con razón, que estas intromisiones editoriales son más propias del modelo anglosajón que del nuestro. Pero resulta que la inmensa mayoría de los libros de historia que llegan a nuestras librerías son, precisamente, anglosajones.

Ya no contamos entre nosotros con gigantes de la talla de Marc Bloch, capaz de explicarnos como funcionaba una sociedad feudal o JG Frazer, que colocó a los “salvajes” en el lugar que les corresponde junto a las “civilizaciones”. Hoy los historiadores con mayor presencia en las librerías son del tipo de Anthony Beevor, que nos recubren con una avalancha de datos, muy bien documentados, y nos hacen creer que sabemos mucho sobre la II Guerra Mundial porque conocemos nombres de generales y de batallas, sin comprender ni por un instante porque cientos de millones de personas dedicaron todos sus esfuerzos a destruirse entre sí. No quiero criticar a A. Beevor sólo quiero remarcar que su visión de la Historia, aunque pueda ser interesante, nos resulta inútil a la hora de comprender la actualidad.

Y no digo que sólo se deba estudiar la Historia para comprendernos a nosotros mismos, pero sí creo que no estaría mal que alguien, de vez en cuando, enfocara sus estudios ha dicho objetivo.

{mospagebreak} Se vuelve a hacer necesaria una “gran historia”, nunca dejó de ser necesaria. Empieza a resultar urgente colocar las guerras en el lugar que les corresponde, como una faceta más de las sociedades, como una respuesta a circunstancias determinadas. Debemos estudiar los grandes procesos que han desembocado en el mundo actual, intentar comprender la forma como las sociedades se han comportado de alguna forma concreta y, sin caer en determinismos, intentar utilizar estos conocimientos para crear un futuro mejor. El historiador no debe limitarse a ser un narrador, debe ser sociólogo, antropólogo, mago y soñador. La mejor forma de comprender el presente es estudiando el pasado. Y viceversa.

Cuando hablo de recuperar el estudio de los grandes procesos, no hablo de volver a los excesos del materialismo histórico, aunque los marxistas son un buen punto de partida para edificar una historia nueva. Creo que Marx, al igual que hizo antes Hegel, confundió sus deseos de como debería ser la realidad con como, tristemente, es. Ni la Historia se mueve en una constante búsqueda de la libertad, ni en un continuo enfrentamiento entre clases sociales. Creo que las sociedades funcionan, en cierta forma, como seres vivos que luchan por adaptarse a su medio ambiente. No porque las sociedades tengan unidad de voluntades, tal y como pretenden absurdamente los nacionalistas de todas las tendencias, sino porque las sociedades que peor se adaptan, no sobreviven. Son destruidas por otras sociedades más dinámicas, más agresivas o, simplemente, mejor adaptadas. El secreto del “éxito” europeo frente a otros focos de civilización como China, los Andes o la India probablemente se deba al fracaso del Imperio Romano y a la división en diversos estados en perenne competencia. Si Portugal no hubiera buscado aliados contra Marruecos no habría empezado a explorar la costa africana, y no habría desarrollado los barcos que permitieron a los europeos contactar con el continente americano.

Como decía, esta visión de la historia no es muy distinta del Materialismo Histórico o del determinismo de Marvin Harris, pero las sutiles diferencias la convierten, yo creo, en algo más cercano a la realidad. Se han criticado a estos métodos, y con razón, alegando que no pasan de ser puras especulaciones. Y es cierto, no se trata de un método científico, aceptémoslo, los historiadores no somos científicos. No podemos reproducir las condiciones de forma que puedan demostrar o refutar nuestras teorías. Desgraciadamente, no tenemos alternativa. Si alguien descubre un método realmente científico que sea aplicable a la historia, me quitaré el sombrero ante él y me convertiré en un ferviente admirador suyo. Mientras tanto creo que la ausencia de certidumbre científica no debe ser motivo para dejar de estudiar la Historia y convertirnos en eruditos recopiladores de datos. Los pensadores presocráticos seguramente no eran científicos, pero sentaron las bases de la física. Tampoco lo fueron los alquimistas, y ellos fueron los padres de la química.

Dicho esto, debemos guardarnos del otro extremo. Nuestras teorías son, desgraciadamente, meras especulaciones. Mejor o peor documentadas y más o menos ingeniosas pero, siempre cimentadas sobre el aire. No creamos en la inevitabilidad de nuestras predicciones. Nos llevaría a cometer el error de Lenin al considerar que un gobierno del proletariado no podría ser dictatorial.

El lector familiarizado con la historiografía habrá entendido ya a estas alturas a lo que me he referido hasta el momento, y probablemente lo haya visto poco original. En cambio es posible que otros lectores no acaben de comprender como se puede realizar una historia de las cosas realmente importantes y dejando de lado la superficialidad de “los grandes hombres que realizan grandes gestas”. Como ejemplo voy a realizar un breve esbozo de como podría realizarse una Historia de las civilizaciones occidentales, dejando claro que me falta espacio, documentación y tiempo para poder realizar dicha historia de forma correcta y esto no es más que unos simples apuntes que deberían ser desarrollados, criticados y, seguramente muchos de ellos, descartados.

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Escrito por Jorge Coto Bautista   
jueves, 23 de febrero de 2006
 
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"Nadie combate la libertad; a lo sumo combate la libertad de los demás. La libertad ha existido siempre, pero unas veces como privilegio de algunos, otras veces como derecho de todos."
 
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