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Empezó calladamente, hace unos
años, con las compresas que nos preguntaban a qué
huelen las nubes. Luego vinieron los geles íntimos, jabones,
toallitas higiénicas, y hace poco una cascada de flores de
colorines nos anunciaban que nuestros tampones podían oler a
rosas.
Nuestras abuelas y madres tenían
el bidé (y la ducha vaginal, ese invento del demonio) para
dejar sus, ejem, jardines del paraíso acondicionados para la
entrada de la suprema creación del universo (Esto, sí,
el hombre. Eso. Sí.), y nosotras hemos refinado la cosmética
de las gónadas hasta el punto de que ya no tenemos ni que
tocarnos las partes para dejarlas como los chorros del oro.
Qué irónico
que pongamos tanto empeño en limpiar con todo tipo de mejunjes
lo que en realidad es la parte más limpia e higiénica
de nuestro cuerpo. Las secreciones amarillentas que recogen nuestros
salvaslips (otro invento del diablo, y de un tamaño
innecesariamente diminuto además) contienen las bacterias y
otros organismos dañinos que han sido expulsados de la vagina
para proteger la asepsia del aparato reproductor. Irónicamente,
al mantener esas secreciones en los salvaslips y compresas, en vez de
dejar que fluyan libremente y se acaben evaporando, estamos
contribuyendo a las infecciones. Buscando la higiene extrema,
conseguimos el efecto contrario.
En el aparato
reproductor femenino, “limpio” no significa “sano”. Y desde
luego, no tiene por qué
significar
“inodoro”. El olor de los estrógenos que se concentran en
la vulva, pero también en las axilas o alrededor de los
pezones no es en sí desagradable, tanto menos cuando se supone
que tiene una marcada función de atracción sexual. No
tiene sentido enmascararlos con productos de celulosa perfumada.
El puñetero
tabú, que nos impulsa a avergonzarnos de todo aquello que nos
identifica con nuestro género biológico, lleva ya
demasiado tiempo cerrando nuestros ojos a nuestro propio cuerpo; el
desconocimiento habitual de nuestra sexualidad se ve agravado por las
toallitas higiénicas, los jabones perfumados o los “prácticos”
aplicadores de plástico que son en realidad más
engorrosos y sólo nos salvan de mancharnos los deditos de la
tan odiada sangre menstrual. Que inventen de paso un aplicador para
sonarnos las narices, que eso sí que da asco.
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