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domingo, 12 de octubre de 2008
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La teoría constructivista: ¿amenaza u oportunidad? Imprimir E-Mail
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ImageInmersos en los tiempos del cambio constante y en el qué todo es efímero, a la izquierda se le presentan una serie de retos que debe asumir si quiere recuperar la hegemonía social. Lo primero a plantear es si quiere recuperar la hegemonía y por tanto, luchar por ella, pero esta es una cuestión que no tiene cabida en este artículo.

 

El siguiente paso necesario es llevar a cabo una aclimatación al “aquí y ahora” social que no es ni mucho menos parecido al de tiempos pretéritos en los que sí gozaba de un peso específico notable. Pero hacer este ejercicio de reconocimiento del momento actual es percibido por la izquierda como un proceso traumático que por ser doloroso se niega a realizar en algunos casos y en otros los lleva a cabo lentamente de forma que sea más digerible.

 

Contra lo que pueda parecer si hacemos este ejercicio nos podemos dar cuenta de que la situación de la izquierda no es ni mucho menos tan crítica como las corrientes liberales de finales de los años ochenta y principios de los noventa han pregonado con tanta vehemencia.

 

Injustamente el liberalismo se atribuye un triunfo sociocultural que no es tal. Y como hacer una demostración detallada de la falsa presunción que conlleva este supuesto triunfo sociocultural del liberalismo sería demasiado extenso para un artículo de estas características me ceñiré solamente al campo de la educación que creo que es representativo del ámbito sociocultural al que me he referido.

 

En el campo de las ciencias de la educación o en los debates epistemológicos predomina de una forma muy clara las tesis constructivistas. El constructivismo como teoría no es sino la afirmación de la no-existencia de realidades objetivas permanentemente inmutables en todas las estructuras que afectan directa o indirectamente al ser humano. En este sentido, el constructivismo sostiene que todo nuestro conocimiento de la realidad es una construcción subjetiva a partir de una serie de coordenadas que vamos adquiriendo a lo largo nuestra vida y que, al adquirirlas, también modifica nuestra competencias cognitivas para entender cómo funciona nuestro entorno.

 

Algunos intelectuales han vinculado el constructivismo a la postmodernidad en un intento más de dotar de apelativos y etiquetas a un fenómeno sociocultural propio de finales del siglo XX y principios del presente siglo, que a menudo es visto como una amenaza causando cierto desasosiego.

 

Pero lejos de ser una amenaza la hegemonía constructivista en campos como el educativo, cosa de la que la derecha se jacta, representa una oportunidad para la izquierda para reemprender con ímpetu la lucha por la hegemonía social y recuperar –si es que en algún momento lo ha perdido- el prestigio del que debe gozar.

 

Si tuviéramos que sintetizar lo que representa la izquierda y la derecha en política encontraríamos varias categorías para hacerlo. Cambio versus Conservación es una dicotomía entre otras que define esta oposición.

 

La elección categorial que acabo de hacer no es aleatoria. Me sirve para explicar como a partir de contraponer estas dos categorías, las tesis constructivistas suponen una herramienta para la izquierda política más que una amenaza.

 

Pero de qué amenaza estamos hablando? Para responder a esta pregunta es necesario volver al examen de conciencia tan necesario para la izquierda.

La izquierda como ideología política ha luchado por cambiar la sociedad en la que se encontraba porque consideraba que existían unas desigualdades que, a parte de ser moralmente insostenibles, imposibilitaban desarrollar toda la potencialidad que dicha sociedad presentaba si los grupos más desfavorecidos tenían y gozaban de oportunidades (nuevas oportunidades ya que nunca las habían tenido) para desarrollar toda su fuerza, ingenio y capacidad en pro de ellos mismos pero también del colectivo. En este escenario, la derecha y su filosofía conservadora han sido un freno al progreso sin paliativos.

 

Para conseguir este objetivo la izquierda (aunque ciertamente no toda) desarrolla una serie de instituciones y organismos que tienen la misión de ejecutar las políticas necesarias para dicho fin. El fin no es otro que la emancipación del ser humano.

No hay que olvidar esta máxima de la izquierda porque el olvido de este fin ha sido el inicio de los males que hoy la azotan.

 

Creo que es obvia y bastante indiscutible que existe en estos tiempos una divergencia clara entre la sociedad y la izquierda política. De hecho, si no la hubiera muy probablemente este artículo no tendría razón de ser.

Hay quien (la derecha) pretende escenificar una relación de oposición entre la sociedad y la izquierda política. Yo creo que eso no es cierto. La inmensa mayoría de la sociedad tiene o ha tenido dificultades en algún momento de su vida, o simplemente le ha costado su esfuerzo y trabajo diario obtener un nivel de vida aceptable y digno. Con lo que no es ajeno en mayor o menor medida los planteamientos que siempre la izquierda ha puesto encima de la mesa. Por tanto, yo no hablaría de oposición sino de divergencia. Separación de caminos.

 

Una separación de caminos que se debe a una serie de factores que la propia izquierda ha hecho posibles. No la derecha. La izquierda!

Estos factores no son otra cosa que un nivel de vida aceptable cada vez más extendido, la extensión casi por completo de la alfabetización, la consolidación de los derechos políticos y sociales y un largo etcétera. Un sumatorio que da como resultado la emancipación del individuo. El individuo emancipado que no sólo ya no tiene una autoridad superior que le dicta cómo es el mundo sino que ya no le es necesaria porque es autosuficiente cómo para tener su propio criterio del mundo en el que vive.

 

La izquierda ha vivido demasiado tiempo bajo esta tentación paternalista sin darse cuenta de que está lejos de conseguir una sociedad igualitaria pero que ha creado las condiciones elementales a nivel individual para llegar a conseguirlo. Las personas son emprendedoras, toman sus propias decisiones, son capaces de sentir empatía por las aquellos a los que la vida les ha golpeado más fuerte y ayudarlas. Todo esto lo ha hecho la izquierda y la democracia cristiana cuando ha asumido los postulados de la izquierda en una señal de astucia y sentido de conservación del que la propia izquierda parece carecer.

 

Pero pese a esto, o mejor dicho, a consecuencia de lo expuesto, el liberalismo ha robado el tótem de la emancipación del individuo.

 

Extrapolando esta reflexión teórica a la vida cotidiana y más concretamente al mundo educativo, la izquierda que aún no haya asumido (no como una derrota sino como un triunfo la emancipación del individuo, pues la emancipación social no es posible sin el paso anterior) la madurez del ciudadano querrá aferrarse a la defensa de un modelo excesivamente paternal.

Un modelo social prediseñado, ideal por ser teórico, pero que puede estar lejos de ser idílico.

 

Las grandes narrativas están en franca decadencia. La sociedad contemporánea se caracteriza no tanto por el cambio sino por la posibilidad del cambio.

Cuando en ámbitos pedagógicos se parte la no-existencia de realidades objetivas inmutables de carácter esencialista se le está dando un soplo de aire fresco a la izquierda. Pero a una izquierda que admita que su papel de padre ya no es tan necesario y quizá el rol de hermano es más apropiado.

 

Como afirma Piaget, uno de los máximos exponentes del constructivismo, <<nuestro mundo es un mundo humano, producto de la interacción humana con los estímulos naturales y sociales que hemos alcanzado a procesar desde nuestras operaciones mentales>>. En otras palabras, el mundo es una construcción humana con sus ventajas y defectos pero es el resultado de la idea de progreso.

Y en este sentido añade que <<el sujeto va construyendo sus sucesivas versiones del mundo que lo rodea, al mismo tiempo que construye sus propias estructuras cognitivas>> que a su vez posibilitarán una profundización del conocimiento de su mundo.

 

Esto significa que el Estado como institución es prescindible? Mi respuesta es no. Lo anteriormente expuesto significa, a mi modo de ver, que el rol del Estado y el de la izquierda en tanto que opción política que aspira a gobernar debe cambiar. Su actitud ante la sociedad debe ser otra. Es un problema de diferencia de óptica. El estado puede creer en qué las preocupaciones sociales que requieren mayor atención son unas y no otras. Puede existir aquí divergencias. Pero la experiencia nos enseña que las diferencias no suelen radicar en esta disyuntiva. Los problemas radican en los matices. Matices que pasados a la vida cotidiana, pueden ser las formas para resolver los problemas existentes, el reparto de papeles entre la sociedad y el Estado.

 

Que cada individuo perciba la realidad a su manera no significa que exista una divergencia absoluta de intereses entre cada uno de los ciudadanos y ciudadanas puesto que todos compartimos un sustrato cultural a modo de prisma común que nos mantiene unidos en nuestras aspiraciones, anhelos y preocupaciones. Lamentablemente, la cuestión cultural es uno de los talones de Aquiles de la izquierda pero esto ya es otra cuestión.

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Escrito por Eric Llacuna   
domingo, 17 de diciembre de 2006
 
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