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Inmersos en los tiempos del cambio constante y
en el qué todo es efímero, a la izquierda se le presentan una serie de retos
que debe asumir si quiere recuperar la hegemonía social. Lo primero a plantear
es si quiere recuperar la hegemonía y por tanto, luchar por ella, pero esta es
una cuestión que no tiene cabida en este artículo.
El siguiente paso
necesario es llevar a cabo una aclimatación al “aquí y ahora” social que no es
ni mucho menos parecido al de tiempos pretéritos en los que sí gozaba de un
peso específico notable. Pero hacer este ejercicio de reconocimiento del
momento actual es percibido por la izquierda como un proceso traumático que por
ser doloroso se niega a realizar en algunos casos y en otros los lleva a cabo
lentamente de forma que sea más digerible.
Contra lo que pueda
parecer si hacemos este ejercicio nos podemos dar cuenta de que la situación de
la izquierda no es ni mucho menos tan crítica como las corrientes liberales de
finales de los años ochenta y principios de los noventa han pregonado con tanta
vehemencia.
Injustamente el
liberalismo se atribuye un triunfo sociocultural que no es tal. Y como hacer
una demostración detallada de la falsa presunción que conlleva este supuesto
triunfo sociocultural del liberalismo sería demasiado extenso para un artículo
de estas características me ceñiré solamente al campo de la educación que creo
que es representativo del ámbito sociocultural al que me he referido.
En el campo de las
ciencias de la educación o en los debates epistemológicos predomina de una
forma muy clara las tesis constructivistas. El constructivismo como teoría no
es sino la afirmación de la no-existencia de realidades objetivas permanentemente
inmutables en todas las estructuras que afectan directa o indirectamente al ser
humano. En este sentido, el constructivismo sostiene que todo nuestro
conocimiento de la realidad es una construcción subjetiva a partir de una serie
de coordenadas que vamos adquiriendo a lo largo nuestra vida y que, al
adquirirlas, también modifica nuestra competencias cognitivas para entender
cómo funciona nuestro entorno.
Algunos intelectuales han
vinculado el constructivismo a la postmodernidad en un intento más de dotar de
apelativos y etiquetas a un fenómeno sociocultural propio de finales del siglo
XX y principios del presente siglo, que a menudo es visto como una amenaza
causando cierto desasosiego.
Pero lejos de ser una
amenaza la hegemonía constructivista en campos como el educativo, cosa de la
que la derecha se jacta, representa una oportunidad para la izquierda para
reemprender con ímpetu la lucha por la hegemonía social y recuperar –si es que
en algún momento lo ha perdido- el prestigio del que debe gozar.
Si tuviéramos que
sintetizar lo que representa la izquierda y la derecha en política
encontraríamos varias categorías para hacerlo. Cambio versus Conservación es una dicotomía entre otras que define esta
oposición.
La elección categorial
que acabo de hacer no es aleatoria. Me sirve para explicar como a partir de
contraponer estas dos categorías, las tesis constructivistas suponen una
herramienta para la izquierda política más que una amenaza.
Pero de qué amenaza
estamos hablando? Para responder a esta pregunta es necesario volver al examen
de conciencia tan necesario para la izquierda.
La izquierda como
ideología política ha luchado por cambiar la sociedad en la que se encontraba
porque consideraba que existían unas desigualdades que, a parte de ser
moralmente insostenibles, imposibilitaban desarrollar toda la potencialidad que
dicha sociedad presentaba si los grupos más desfavorecidos tenían y gozaban de
oportunidades (nuevas oportunidades ya que nunca las habían tenido) para
desarrollar toda su fuerza, ingenio y capacidad en pro de ellos mismos pero
también del colectivo. En este escenario, la derecha y su filosofía
conservadora han sido un freno al progreso sin paliativos.
Para conseguir este
objetivo la izquierda (aunque ciertamente no toda) desarrolla una serie de
instituciones y organismos que tienen la misión de ejecutar las políticas
necesarias para dicho fin. El fin no es otro que la emancipación del ser
humano.
No hay que olvidar esta
máxima de la izquierda porque el olvido de este fin ha sido el inicio de los
males que hoy la azotan.
Creo que es obvia y
bastante indiscutible que existe en estos tiempos una divergencia clara entre
la sociedad y la izquierda política. De hecho, si no la hubiera muy
probablemente este artículo no tendría razón de ser.
Hay quien (la derecha)
pretende escenificar una relación de oposición entre la sociedad y la izquierda
política. Yo creo que eso no es cierto. La inmensa mayoría de la sociedad tiene
o ha tenido dificultades en algún momento de su vida, o simplemente le ha
costado su esfuerzo y trabajo diario obtener un nivel de vida aceptable y
digno. Con lo que no es ajeno en mayor o menor medida los planteamientos que
siempre la izquierda ha puesto encima de la mesa. Por tanto, yo no hablaría de
oposición sino de divergencia. Separación de caminos.
Una separación de caminos
que se debe a una serie de factores que la propia izquierda ha hecho posibles.
No la derecha. La izquierda!
Estos factores no son
otra cosa que un nivel de vida aceptable cada vez más extendido, la extensión
casi por completo de la alfabetización, la consolidación de los derechos
políticos y sociales y un largo etcétera. Un sumatorio que da como resultado la
emancipación del individuo. El individuo emancipado que no sólo ya no tiene una
autoridad superior que le dicta cómo es el mundo sino que ya no le es necesaria
porque es autosuficiente cómo para tener su propio criterio del mundo en el que
vive.
La izquierda ha vivido
demasiado tiempo bajo esta tentación paternalista sin darse cuenta de que está
lejos de conseguir una sociedad igualitaria pero que ha creado las condiciones
elementales a nivel individual para llegar a conseguirlo. Las personas son
emprendedoras, toman sus propias decisiones, son capaces de sentir empatía por
las aquellos a los que la vida les ha golpeado más fuerte y ayudarlas. Todo
esto lo ha hecho la izquierda y la democracia cristiana cuando ha asumido los
postulados de la izquierda en una señal de astucia y sentido de conservación
del que la propia izquierda parece carecer.
Pero pese a esto, o mejor
dicho, a consecuencia de lo expuesto, el liberalismo ha robado el tótem de la
emancipación del individuo.
Extrapolando esta
reflexión teórica a la vida cotidiana y más concretamente al mundo educativo,
la izquierda que aún no haya asumido (no como una derrota sino como un triunfo
la emancipación del individuo, pues la emancipación social no es posible sin el
paso anterior) la madurez del ciudadano querrá aferrarse a la defensa de un
modelo excesivamente paternal.
Un modelo social
prediseñado, ideal por ser teórico, pero que puede estar lejos de ser idílico.
Las grandes narrativas
están en franca decadencia. La sociedad contemporánea se caracteriza no tanto
por el cambio sino por la posibilidad del cambio.
Cuando en ámbitos
pedagógicos se parte la no-existencia de realidades objetivas inmutables de
carácter esencialista se le está dando un soplo de aire fresco a la izquierda.
Pero a una izquierda que admita que su papel de padre ya no es tan necesario y
quizá el rol de hermano es más apropiado.
Como afirma Piaget, uno
de los máximos exponentes del constructivismo, <<nuestro mundo es un
mundo humano, producto de la interacción humana con los estímulos naturales y
sociales que hemos alcanzado a procesar desde nuestras operaciones
mentales>>. En otras palabras, el mundo es una construcción humana con
sus ventajas y defectos pero es el resultado de la idea de progreso.
Y en este sentido añade que
<<el sujeto va construyendo sus sucesivas versiones del mundo que lo
rodea, al mismo tiempo que construye sus propias estructuras cognitivas>>
que a su vez posibilitarán una profundización del conocimiento de su mundo.
Esto significa que el
Estado como institución es prescindible? Mi respuesta es no. Lo anteriormente
expuesto significa, a mi modo de ver, que el rol del Estado y el de la
izquierda en tanto que opción política que aspira a gobernar debe cambiar. Su
actitud ante la sociedad debe ser otra. Es un problema de diferencia de óptica.
El estado puede creer en qué las preocupaciones sociales que requieren mayor
atención son unas y no otras. Puede existir aquí divergencias. Pero la
experiencia nos enseña que las diferencias no suelen radicar en esta
disyuntiva. Los problemas radican en los matices. Matices que pasados a la vida
cotidiana, pueden ser las formas para resolver los problemas existentes, el
reparto de papeles entre la sociedad y el Estado.
Que cada individuo perciba la realidad a su manera no significa que
exista una divergencia absoluta de intereses entre cada uno de los ciudadanos y
ciudadanas puesto que todos compartimos un sustrato cultural a modo de prisma
común que nos mantiene unidos en nuestras aspiraciones, anhelos y
preocupaciones. Lamentablemente, la cuestión cultural es uno de los talones de
Aquiles de la izquierda pero esto ya es otra cuestión.
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