| Lecturas |
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Decía Dale Carnegie, en un libro
que mezclaba el protofascismo y el gran sueño
americano, llamado “Cómo ganar amigos e influir sobre
las personas”, que, en una discusión, había que
partir de los aspectos en los que se estaba de acuerdo, para así
afrontar con mejor actitud aquellos en los que no se coincidía.
El sociólogo Pierre Bordieu, decepcionado por el cariz que,
hace unos años, tomaban los debates televisivos en Francia,
afirmaba que el objetivo de un debate no era vencer, sino conseguir
un acuerdo y una serie de puntos en común entre las personas
que tomaran parte.
Aplicando estos sabios consejos al
gravísimo problema del País Vasco, todos deberíamos
coincidir en que ETA es una banda terrorista que jamás debería
haber existido. El siguiente paso sería el de reconocer que
habría que resolver el problema lo antes posible. Es aquí
cuando ya nos encontramos con el primero de los dilemas. Descartando
a los lunáticos de COPE y El Mundo –que no cuentan,
por higiene intelectual y falta de espacio, para este
análisis-, nos encontramos con el drama de las víctimas
del terrorismo. ¿A quién puede parecerle bien que el
descomunal asesino De Juana Chaos pueda ser alguna vez puesto en
libertad, cuando ha matado a 25 personas? Son 25 vidas truncadas por
un asqueroso fanático que ahora se las da de víctima y
mártir. Parece difícil creerlo, aunque la
jurisprudencia, en legítimo ejercicio, pueda tener razón.
Pero, llegados al punto de valorar la
opinión de las víctimas del terrorismo, nos encontramos
con el problema de que su opinión, en la gran mayoría
de los casos, viene manipulada y fagocitada por un partido que no
acepta su derrota en marzo de 2004 y que utiliza a estas personas sin
remordimiento alguno para remontar su desventaja. Si es tan inmoral
“darle la espalda a las víctimas”, mucho más
perverso es hacerles la corte cuando lo que se pretende es asaltar el
poder.
Nos encontramos, en una especie de
conflicto moral: queremos acabar con un problema, pero, por el
camino, tenemos que pasar por alto sufrimientos reales: las víctimas
que mucho han perdido y pueden coincidir en la misma vivienda con el
asesino de su padre, por citar un ejemplo. Es una situación
difícil y al Ejecutivo ahora situado en Moncloa le toca
elegir. Y, claro, uno no es de piedra: acabar con el terrorismo, como
el alcalde que pasa a la historia por inaugurar un pantano, supondría
para el PSOE un rédito electoral que se convierte en un lujo
del que es difícil prescindir. De ahí que sea
previsible que incurra en errores y cesiones precipitadas, que no han
sucedido aún.
Las decisiones políticas, como
en todo campo, no vienen exentas de sacrificios y renuncias.
Descartando que el partido político que nos gobierna no es la
Madre Teresa de Calcuta, y tiene –como es legítimo que así
sea- interés de perpetuarse en el poder, debemos prever que se
produzcan giros y pasos que a muchos dolerán, pero que, si, al
final, redundan en un beneficio mayor para la sociedad –el fin de
la ETA y el comienzo de una democracia sin chantajes-, merece la pena
apoyarlo, aunque llevemos siempre con nosotros un sano e impertinente
espíritu crítico.
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