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viernes, 16 de mayo de 2008
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Cultura vs. Industria (II): El enfoque ideológico Imprimir E-Mail
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ImageEn el anterior artículo hacíamos un ejercicio de crítica a los argumentos de la industria del ocio contra las descargas de archivos por internet y el acceso gratuito a los contenidos culturales. Este es probablemente nuestro mayor caballo de batalla, pues en general resulta más fácil aceptar el enfoque economicista por ese temor reverente que nos inspiran los argumentos científicos. Pero, si bien no podemos obviar el efecto que las nuevas tecnologías tienen sobre el mercado, nuestra visión de izquierdas nos impele también a buscar otros argumentos de corte ideológico. No nos basta aceptar las descargas porque son económicamente eficaces, hemos de defenderlas porque son moralmente buenas.

La primera impresión sería pensar que el “robo” de contenidos intelectuales no puede tener nada de ético, pero hay que reconocer de una vez por todas que una descarga, o una copia no constituyen ningún robo, por motivos materiales: el hecho de copiar un archivo no impide a su legítimo posesor el disfrute del mismo, por lo que no existe paralelismo alguno con la figura jurídica del robo; y por motivos históricos, pues el concepto de propiedad procede del derecho romano y se aplicaba sólo a las cosas materiales. En realidad, para ese mismo derecho la información y la cultura eran bienes públicos y por tanto todo el mundo tenía derecho a acceder a ellos.

Sin sus connotaciones negativas, pues, ya sólo nos resta dotar a las descargas de virtudes positivas que las hagan deseables para una sociedad. Para empezar, el acceso a contenidos culturales gratuitos revierte en mayor bagaje cultural de los individuos, lo cual ya es positivo de por sí (habrá quien no opine lo mismo, pero siempre ha habido quien piensa que educar al vulgo es alimentar la semilla de la revolución, o cosas peores). Además la posibilidad de disponer de diversas fuentes de información ayuda al ciudadano a formarse una opinión crítica y objetiva de la realidad. Sus gustos también se afinan, se sofistican al entrar en contacto con nuevos géneros y nuevas formas de expresión. Y lo más importante, el usuario de internet ha dejado de ser consumidor pasivo del producto cultural para convertirse en creador de contenidos. Con la invención de la imprenta, la cultura dejó de estar al alcance de unos pocos para convertirse en un instrumento de consumo masivo, pero seguía estando supeditado a la existencia de agentes culturales. Ahora, estos agentes son una comunidad enorme y descentralizada en la que todos pueden aportar su particular visión. Lo que empieza como una canción del top 100 descargada mediante un programa P2P, pasa por un programa de mezclas, sufre una transformación en su letra, viaja a la otra punta del mundo para que alguien le preste su voz y finalmente se añade a un video creado a partir de cortes de tu serie favorita.

La limitación de este arsenal creativo por parte de unas normas de propiedad intelectual que están muy por detrás de los tiempos que corren es evidente. No sólo en la red: cualquier producto cultural corre el riesgo de verse mutilado por cuestiones legales. En un programa matinal de la televisión japonesa, una pequeña y absurda representación humorística mostraba a una chavala vestida de pingüino intentando recoger un pescado de fieltro. Mientras se aplicaba a ello, cantaba una canción creada para promocionar el consumo de pescado en los niños, provocando la hilaridad general. Esa escena tuvo que ser modificada en la posterior edición en DVD, ya que la canción estaba protegida por copyright. En todo esto, quien salió perdiendo fue el público. Resulta curioso, sin embargo, que las mismas industrias que defienden sus productos con uñas y dientes se han beneficiado en el pasado (y seguirán haciéndolo en el futuro) de las creaciones sometidas al dominio público (caso conocido es la exitosa adaptación de Disney del Libro de la Selva, por cuyos derechos no tuvieron que pagar un céntimo y que ahora sin embargo les sigue reportando beneficios procedentes del copyright de su propia versión).

En resumen, desde una ideología de izquierdas se impone defender el acceso ilimitado a la cultura, para su consumo pero también para su crecimiento; porque imponer barreras en el uso de los productos culturales hipoteca nuestra creación futura.

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Escrito por Mireia Ortega   
jueves, 23 de febrero de 2006
 
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