| Laicismo: un universo simbólico pluralista |
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Si bien este artículo no es partidista sí que pretende ser (además de forma deliberada) partidario. Partidario porque se situa en uno de los dos lados de la discusión. Concretamente en el lado que defiende la laicidad como valor consustancial de cualquier sociedad abierta y avanzada. En el lado que cree que el hecho religioso no puede ser nunca una política de Estado y que debe quedar circunscrito a la esfera privada del individuo o a aquellas colectividades que se formen de forma libre espontánea para compartir un marco de creencias común, pero nunca con el impulso y bajo el amparo de los poderes públicos.
El laicismo como directriz política está teniendo numerosos ataques y convirtiéndose en munición para atacar al actual gobierno. No voy a hacer referencia a las diátribas fundamentalistas provinientes de determinados medios y sectores sociales y políticos que denotan una visión claramente parcial de la cuestión y a los cuales resulta un tanto inútil hacerles considerar su posición.
Si que discutiré –y al mismo tiempo defenderé mi posición- los argumentos contrarios a la laicidad que defienden la necesidad social del hecho religioso y su implantación más o menos profunda en la esfera pública. Estos razonamientos son los que me parecen intelectualmente sugestivos, propicios para un debate fecundo y sobre todo, de interés social.
En primer lugar, quiero dejar claro que estoy de acuerdo en que el ser humano necesita de un universo simbólico. Este es un hecho incontrovertible desde el punto de vista histórico y sirve como argumento esencial de los defensores de la presencia de la religión en la esfera pública. Pero es igualmente indiscutiblemente histórico que uno de los senderos por los que la sociedad ha transitado en busca del progreso, ha sido precisamente en la incesante y progresiva emancipación del hecho religioso como una de las estructuras que marcan el ordenamiento social. En este camino socialismo y liberalismo han caminado juntos durante la mayor parte del tiempo. Tristemente hemos podido observar, no obstante, como el liberalismo ha buscado el apoyo de los sectores más conservadores y reaccionarios con el fin de asegurarse sus privilegios económicos y políticos.
Desde la célebre Carta sobre la Tolerancia de Locke junto a los escritos de Voltaire las ideas progresistas han buscado desprenderse de un yugo que coartaba su libertad y su capacidad de expansión. Este principio filosófico se ha concretado en las diferentes constituciones de los Estados que articulan actualmente la Unión Europea declarándose cuando no estados laicos, sí al menos aconfesionales.
Pero la aconfesionalidad del estado no debe ser comprendida como una estación final. La aconfesionalidad no es más que un objetivo logrado a medio camino entre la hegemonía religiosa hacia la laicidad del Estado. La aconfesionalidad sólo advierte que el Estado no participará activamente en la promoción y sustentación de ninguna confesionalidad concreta en el marco de la esfera pública. Pero permanece estática ante los avances de sectores de la sociedad que pretenden, mediante un atajo, expandir una confesión religiosa determinada (la suya) a toda la sociedad. Y quiero recordar que ninguna de las tres confesiones monoteistas que más aceptación social tienen propugnan la articulación de una sociedad igualitaria. Aspectos como la discriminación genética a la mujer, la discriminación a la homosexualidad o la excesiva regulación de la vida privada han de ser tenidos en cuenta por un Estado que quiere preservar los principios de libertad e igualdad.
El segundo argumento esgrimido es un ataque directo al laicismo interpretado como una privación de libertad para ejercer el derecho de conciencia religiosa. Quiero desfacer el entuerto hablando en términos quijotescos.
El laicismo no es en sí mismo agresivo. Incluso es compatible con la creencia de que el ser humano necesita de este universo simbólico que le puede proporcionar una cierta estabilidad emocional y psicológica. Tan sólo rechaza situar la práctica y vivencia del hecho religioso en otro espacio que no sea el meramente individual o privado. La vivencia de la religión debe quedar circunscrita a la persona que decide que una confesión religiosa determinada formará parte de su trayectoria vital. Esta opción resulta totalmente respetable y el Estado debe asegurar la libertad de este ejercicio. Pero en ningún caso permitir que este ejercicio exceda los límites de lo privado.
El espacio de convivencia común de una sociedad ha de articular en base a otras cordenadas. Delimitando un espacio en el que creyentes y no creyentes convivan con los mismos derechos pero en el que sobre todo, el ser o no creyente no sea una etiqueta identificativa de los individuos. Ni quite ni otorgue derechos. Pero sobre todo que no condiciones la vida de los demás.
Si en un artículo reciente señalaba como las nuevas teorías epistemolágicas a priori tenidas por liberales, nos muestran precisamente que los grandes logros de décadas de políticas socialdemócratas han dado como resultado un alto nivel de emancipación del individuo, creo que el sendero del laicismo hacia la consecución de la idea de progreso es ya en sí mismo otro triunfo de la sociedad.
No hay mayor argumento moral y ético para una sociedad como el saberse capaz de liberarse de los diferentes yugos que han pesado sobre ella a lo largo de la historia. La articulación de un gran proyecto de convivencia basado en la libertad, la igualdad y la tolerancia es quizá el mayor éxito del que puede presumir el ser humano. Con esto no quiero decir que esté todo hecho. Sin duda, queda camino por recorrer. La profundización en los derechos sociales y su expansión es aún una tarea vigente. Pero también el liberarnos definitivamente de los viejos fantasmas que han acechado, y que según parece algunos quieren rescatar, la conciencia tanto individual como colectiva.
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| Escrito por Eric Llacuna | |
| domingo, 24 de diciembre de 2006 | |
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