| Sobre un insoportable homosexual y la insoportable lección que aprendí |
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En
condiciones normales los equipos solían estar hechos por los
mismos siempre, y el portero de uno de los equipos del barrio se
llamaba Alberto. Alberto era rechonchete y sus ojos irradiaban
pillería y astucia. Tenía sonrisa de ladrón, de
niño pillo que aprende a sonreir para librarse de ser
castigado. Era insoportable. A veces era excesivamente pelota y a
veces excesivamente borde, muchas veces sin saber uno el porqué.
No hacía mucho mal a nadie, pero su carácter hacía
rehuir a la gente, que estaba cansada de sus cambios exagerados de
humor. A muchos les daba igual que cambiara o no de un día a
otro: les resultaba ambos estados igual de insoportables. A Alberto siguieron gustándole los chicos, aquello no cambió. De vez en cuando nos pillaba aparte y nos contaba como iban sus evoluciones, si le gustaba algún chico o no y cosas así. Lo que tampoco cambió es como era Alberto: estúpido siendo pelota, estúpido siendo borde. Estaba claro que el hecho de haber descubierto que le gustaban los chicos no había cambiado cómo era él como persona. Quizás era una confusión en la adolescencia o algo pasajero o quizás no, yo no lo sabía. Sabía que en su equipo no confiaba, que en dos o tres de nosotros, de otro equipo y pandilla, sí. Él nos hablaba de ello y decía sentirse algo mejor. Decía que tenía ganas de conocer a otro chico que le gustaran los chicos. En unos meses dejamos de jugar tanto al fútbol, se impuso lo de salir a las discotecas y ligar y todo aquello. Perdimos el contacto con Alberto y con los otros equipos de barrio. La verdad es que quitando los apartes para contarnos su problemática hablaba poco más con nosotros. En el fondo no había un gesto sincero de amistad en él, no nos preguntaba ni se preocupaba realmente por nuestras cosas. Me temo que ninguno de nosotros lamentó demasiado dejar de verle. Nos dio igual. Empezamos a ir a discotecas a ligar con chicas mediante el aclamado y popular método de "Me quedo mirando y espero nervioso", con una eficacia cercana a conjunto vacío. Pasaron los meses. Lo siguiente que supe de Alberto fue que iba en bicicleta por una carretera de cerca de casa y que un coche le pasó por encima. Murió. Lo supe pronto, ya que el hermano de Alberto era amigo del hermano de uno de mis mejores amigos. Su muerte ocupó una columna pequeñita, abajo a la derecha, de una página perdida del periódico que compró mi padre al día siguiente. Nunca me cayó bien del todo, pero siempre respeté que le gustaran los chicos. ¿Por qué? Porque había visto que tanto más daba que le gustaran chicos o chicas: él había seguido siendo igual de insoportable. Su gusto sexual era irrelevante a la hora de juzgarle como buena gente, gracioso, malvado o aburrido. Me pregunté si en esos meses habría conocido al alguien que le gustaran los chicos. Me pregunté si realmente era homosexual o simplemente estaba un poco confundido. No lo sabía y nunca lo sabré. La vida es así: muchas veces uno nunca llega a conocer los motivos y los sentimientos de los demás...y tiene uno que vivir con esas cosas que no sabrás.. Gente pelota o borde conocía a mucha, chicos que le gustaran los chicos sólo a Alberto. Mi adolescente mente pensó entonces que el que te guste una cosa u otra tampoco influía en ser buena persona o mala o ser idiota o listo. Tanto más daba que a alguien le gustaran hombres o mujeres: no era justo juzgar a alguien porque le gustaran las personas del mismo sexo. No lo era con Alberto...y una vez murió esto seguía siendo válido...quizás más aún. Han pasado muchos años desde aquello. He discutido muchas veces contra mucha gente que decía que los homosexuales eran enfermos o invertidos o que lo suyo era "antinatural". Si lo he hecho no es porque pensara que los homosexuales son seres llenos de virtudes, con mucha más sensibilidad que los heterosexuales, nobles y bellos. No. A Alberto le gustaban los chicos, a saber si de haber seguido viviendo hubiese seguido igual. Ni idea. Pero le gustaban los chicos y no era noble, ni bello, ni especialmente sensible ni lleno de virtudes. La insoportable lección que aprendí del asunto de Alberto era clara: la gente que se oculta o es discriminada por cualquier razón no tienen porqué ser ángeles bellos sin errores ni defectos. Lo normal es que tengan sus miserias o puedan ser seres vulgares o estúpidos o no. Es una lección insoportable, ya que lo fácil es mezclar lo que nos cae bien con lo que creemos que es justo. Insoportable porque pensar que algo o alguien que te cae mal o que te da igual puede tener razón o puede estar siendo tratado injustamente complica mucho las cosas. Lo fácil es barrer para casa sistemáticamente y ahorrarse complicaciones porque mucha gente se creerá que defiendes a alguien o a algo porque eres militante de esa cosa. Mucha gente no comprende que defiendas a alguien o algo si no es por inquebrantable adhesión. Si Alberto hubiese sido una bellísima persona, angélica y modélica quizás me hubiese confundido para siempre, quizás yo hubiese adoptado el tópico de que lo homosexual es más molón o etcétera. Pero fue su imperfección la que dejó desnuda la injusticia de no poder expresarse, lo que hizo que fuese justo oir sus preocupaciones y defender su (quizás) orientación sexual (y la de otros muchos) después de su muerte. No era por ser buenísimo: era por no ser justa la cosa con él. La insoportable lección de Alberto ha contribuido a hacerme más insoportable en muchas ocasiones. Gracias de verdad por ello, Alberto.
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| Escrito por Raúl Sánchez (Lüzbel) | |
| lunes, 25 de diciembre de 2006 | |
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