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La
línea que separa a los políticos de la legitimidad para
decidir en nombre del pueblo soberano es muy delgada, tanto que,
incluso en las democracias, en ocasiones se rompe o se difumina y
acaba por desaparecer. Es necesario que en los Estados democráticos
permanezcan engrasados los sistemas que vacunan de vicios de los que
suele adolecer el poder. Cuando estos mecanotransmisores no funcionan
correctamente el mal se hace crónico.
La
corrupción, ahora urbanística y política, se ha
instalado entre nosotros. Y lo ha hecho en gran medida por la desgana
y la miopía social de nuestro tiempo. No hay día que no
aparezca un nuevo caso y sin embargo lo observamos con naturalidad.
Nuestra sociedad posee un extraño mecanismo por el que
consigue olvidar las cosas negativas o que le sonrojan con una
velocidad espantosa. Por ejemplo: ¿Siguen llegando cayucos a
las costas canarias?, ¿ha muerto ahogado algún
inmigrante en busca del dorado últimamente?, ¿los
jóvenes que fueron abandonados a su suerte en las calles de
Barcelona ya han podido regularizar su situación? Las
respuestas las conocemos, pero ahora solo aparecen en las paginas
interiores y en algún dominical con remordimientos. La verdad
es que siguen llegando barcazas atestadas de personas sin nombre,
solo que ahora tienen menos posibilidades de alcanzar la costa
canaria. Aun se lanzan en un intento suicida centenares de
subsaharianos esperando ser, irónicamente, como nosotros. Los
abandonados en la moderna Barcelona recibieron en agosto un bocadillo
y un papel donde podía leerse: “disculpe, pero usted no
existe”.
Ese
mecanismo humano y moderno que facilita olvidar lo que duele o sabe
mal, pero sin embargo permite recordar con exactitud los nombres de
la puta que dice haberse acostado con un conde cualquiera, es al que
me refiero. La corrupción es uno de los elementos que nos
lleva al choque de trenes, al colapso económico más que
previsible y, sin embargo, muy pocos están reaccionando.
Vivimos en un país budista donde los problemas se presentan
relativos, como de otro estado o dimensión. En navidad a
comprar, en enero a aguantar, en febrero a pagar los recibos de la
visa y en marzo a preparar la salida de semana santa. Siempre igual.
Nunca para. Sin embargo nuestro mundo ya no gira como antes, el
sentido está cambiando y nadie habla de 2008. Las empresas y
los directivos hemos establecido lo que parece una barrera que se
presenta insalvable. El año 2008 y 2009 aparecen sombríos
en el horizonte.
Cuando
la crisis llegue, que llegará, habremos concluido que los
mangantes se metieron como piojos en las costuras del sistema,
medraron a costa del contribuyente y nos devolvieron un país
expoliado. No será cierto. Por lo menos solo lo será en
parte. Todos habremos participado del desastre mirando hacia otro
lado tanto tiempo, creyéndonos ricos porque nuestros pisos
valían 4 veces mas que hace unos años. Los pesimistas
gozan de una buena reputación, pero también se
equivocan. Espero equivocarme pero nos esperan años grises de
puré de guisantes manoseado, de fango y meadas por las
esquinas, de ultraderecha populista y de chivatazo, de falta de
oportunidades y de aterrizaje forzoso. España, como indicaba
hace pocos días el “Wall Street Journal” pronto volverá
a su mediocridad estructural.
www.marcvidal.cat
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