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lunes, 08 de septiembre de 2008
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¿Consumidores o trabajadores? Imprimir E-Mail
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Image Cada día resulta más evidente: estamos en la sociedad del consumo por excelencia. Las tesis keynesianas, en su afán por resolver los graves problemas de la economía de mercado mediante el fomento de la demanda agregada a todos los niveles, no solamente no está superada, como algunos argumentan, sino que conforma la médula espinal de las economías desarrolladas en la actualidad.

Escrito por Mario del Rosal  en Red Economía Crítica



Dejando aparte la cuestión de la inversión, elemento fundamental de la ecuación macroeconómica keynesiana, cuando se pone en evidencia que la oferta no crea su propia demanda -aquella falacia llamada Ley de Say- se hace imprescindible promover el consumo privado como arma principal de crecimiento en el corto plazo y, cuando éste parece insuficiente, entonces se recurre al Estado para que lo complemente con su propia actividad.  

Este fomento del consumo privado, llevado a extremos insospechados, es una de las principales armas con las que la maquinaria capitalista intenta superar su tendencia a la caída de la tasa de ganancia demostrada teóricamente hace 140 años por Marx y confirmada parcialmente por la realidad. Las consecuencias de esta dinámica acelerada de consumo son de índole estructural. La economía se fundamenta en el consumo como motor de crecimiento que tira de la actividad productiva y comercial. Lo mejor para la sociedad ya no es ahorrar, sino comprar, gastar, demandar bienes y servicios para que las empresas tengan siempre un mercado en crecimiento que las impulse y las haga prosperar. En definitiva, comprar para progresar.

Sin embargo, estas cuestiones de carácter estructural tienen efectos directos y evidentes en la superestructura ideológica y de valores, en ese conjunto difuso, aunque decisivo, del ente social. Se trata de efectos generales, tendenciales y difícilmente aislables. El más obvio de ellos afecta a la visión que el individuo tiene de sí mismo y resulta perfectamente palpable en la siguiente afirmación: ya no nos consideramos trabajadores; ahora somos consumidores.

La doble faceta de trabajador y consumidor, de oferente de fuerza de trabajo a cambio de un salario y de demandante de bienes y servicios a cambio de un precio, ha caracterizado al ciudadano desde los albores del capitalismo. Además, ha sido la primera de dichas facetas la que ha venido informando y diferenciando las clases sociales. En efecto, por un lado encontramos a quienes venden su trabajo sin poseer los medios de producción; por otro, a los propietarios de dichos medios, que compran la fuerza de trabajo, como mercancía que es, y obtienen ganancias mediante la extracción de la plusvalía en el proceso. La frontera solía ser clara y explícita, permitía esclarecer los intereses de cada clase y evidenciar su irreconciliable contraposición. Sin embargo, hoy en día, no parece existir conciencia de esa división de clases (o, al menos, no en países como el nuestro). Nadie se considera miembro de la clase trabajadora y mucho menos de la clase obrera. Esas -dicen algunos- son cosas del pasado. Ahora pertenecemos todos a la clase media.

Hoy en día, la distinción entre clases (que no ha dejado de existir, dejémoslo claro) se capta de manera mucho más sutil y, al tiempo, superficial. Ya no parece depender de la manera en que uno se gana la vida (si se es asalariado o empresario, algo que tiene relación directa con la cuestión comentada de la propiedad de los factores productivos), sino de la manera en que uno se gasta lo que ha ganado, independientemente de cómo lo haya ganado. Es decir, según esta perspectiva, es el consumo lo que nos distinguiría, no el trabajo.

Más allá de la falacia radical que este punto de vista supone -falacia cuyo objetivo claro, aunque tácito, es esconder aquel otro criterio de diferenciación por clases sociales que se nos aparece como "antiguo" y "trasnochado"-, la cuestión aquí es otra. Como consecuencia de la asunción del consumo como nuevo criterio principal de división de clases, ya no nos parece tan esencial tratar de mejorar nuestra posición como trabajadores, ampliar los derechos laborales o alcanzar un grado suficiente de seguridad, dignidad y autorrealización en nuestro empleo. Ahora parece mucho más relevante defender nuestros derechos como consumidores, nuestra libertad para elegir entre distintas opciones, nuestra necesidad de obtener los productos más baratos, más modernos y de mejor calidad. Ya no parece tan importante que tengan que trabajar dos personas durante diez horas al día para sacar adelante a una familia cada vez más reducida; lo realmente fundamental es que no nos engañen al comprar el DVD, que podamos seleccionar un automóvil con los colores que más nos gustan y que el viaje a Cancún nos salga más económico. Queremos ropa de marca a precios razonables, queremos "fondos de armario" bien nutridos y queremos que las tiendas abran hasta las diez de la noche de lunes a sábado. Si, para ello, es imprescindible esclavizar a niñas en talleres inhumanos de regiones hiperpobladas del planeta u obligar a los trabajadores de nuestro propio país a que estén atendiéndonos hasta las tantas, bueno, tampoco es tan grave, ¿no?

Cuando un español vuelve de algún viaje a Alemania, Francia o Suecia, uno de los comentarios típicos suele estar relacionado con lo pronto que cierran las tiendas y los centros comerciales.  "No se puede ni salir a comprar, ni tomar una cerveza a partir de las cinco de la tarde. Es increíble. Esta gente no sabe vivir". Quizá tengan razón; quizá estos europeos no sepan disfrutar de la vida con nuestra proverbial exuberancia. Quién lo puede decir. Sin embargo, no estaría de más preguntarse las razones por las que ocurre esto. Si los establecimientos comerciales cierran tan pronto no es por una saña virulenta contra el consumidor ni por un inicuo afán de fastidiar el ocio al ciudadano. En realidad, no hay que preguntarse solamente quién sale perdiendo sino, mejor, quién sale ganando. Desde luego, la respuesta a esta pregunta no puede ser más obvia: quien sale ganando es el trabajador. La persona que vende en una tienda de Berlín termina su jornada laboral y tiene tiempo de disfrutar de su vida, de estar con su familia, de ir al cine o de dedicarse al macramé, si es lo que le gusta. Sin embargo, quien tiene la mala suerte de trabajar en un establecimiento comercial en España no sale de allí hasta las nueve o las diez de la noche, una hora estupenda para irse a casa, hacerse la cena, ver un poco la magnífica televisión que tenemos e irse a dormir. Aun a riesgo de parecer un afrancesado, casi prefiero la primera opción.

Lógicamente, el consumidor sale perdiendo en estos países si los comparamos con España. Sin embargo, en este punto surge una pregunta inquietante: ¿qué faceta de nuestra vida es más importante para nuestra felicidad, el consumo o el trabajo? ¿Cuántas horas pasamos realizando cada una de las dos actividades? ¿Cuánto esfuerzo ponemos en cada una de ellas? ¿Con cuál deberíamos alcanzar mayor grado de satisfacción vital, mayor realización como seres humanos, mayor conciencia de aportar algo positivo y útil al mundo?

Es obvio que no es el consumo lo que nos permitirá identificarnos como individuos con personalidad única. Tampoco podrá ser nunca lo que nos permitirá perfeccionarnos como personas para acercarnos al máximo a nuestro potencial. Y, por supuesto, jamás será, en su faceta hipertrofiada -el consumismo-, una actividad provechosa desde el punto de vista humano y social, más allá de una utilidad económica puramente instrumentalista diseñada para beneficiar a las empresas en un marco capitalista. Estos tres objetivos -identificación como individuo, autorrealización y utilidad para los demás- no se alcanzan yendo de compras ni gastando más de lo que se tiene. Estos tres objetivos sólo se logran mediante el trabajo, que es, precisamente, la actividad que llevamos a cabo para ganarnos la vida, no para gastarla.

¡Volvamos a ser trabajadores! ¡Regresemos a la raíz de nuestra vida real! ¡No nos inventemos identidades basadas en fantasmagorías cargadas de falsas promesas! Paremos un momento y recordemos algo básico que nos traiga de vuelta a nuestro lugar: no somos lo que tenemos, no somos lo que compramos, no somos lo que nos venden. Somos lo que hacemos, lo que pensamos, aquello por lo que luchamos y el esfuerzo que realizamos. Somos nuestro trabajo mucho más que nuestro coche, mucho más que nuestra ropa y mucho más que nuestra tarjeta de crédito. Somos trabajadores, no absurdos consumidores.



Comentarios de los usuarios (1) RSS feed comment
Escrito por Invitado, on 01-01-2007 10:02,
1. ...
Estando básicamente de acuerdo con el autor, propongo dos matizaciones. 
a) Entre los bienes que podemos adquirir también hay "clases". Los púramente consumistas, de los que apenas disfrutamos un momento, y los bienes más durareros, desde infraestucturas hasta bienes culturales.  
b) A mi me gusta más la expresión productor que trabajador. Reivindico al productor de bienes, pero no al trabajador explotado.
 
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