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lunes, 08 de septiembre de 2008
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Patriotismo constitucional Imprimir E-Mail
Lecturas 3416    

ImageEn el mundo del nacionalismo español circula desde hace varios años la idea y el término del “patriotismo constitucional”. Pese a que saltó a la palestra mediática del Reino de España a partir de la adopción del término por parte del Partido Popular, lo cierto es que el origen tanto del término como de la idea que expresa se encuentran en un autor que razonablemente puede considerarse de izquierdas: Jürgen Habermas. El problema que se le planteaba a Habermas era el de cómo poder justificar la lealtad e incluso el amor patriótico hacia el Estado y la nación alemanas sin caer en la pendiente resbaladiza de un nacionalismo de raíz identitaria-cultural que, según él, constituía el alma intelectual del nazismo, gran demonio de la Alemania democrática post-Segunda Guerra Mundial. La respuesta de Habermas venia a ser ésta: lo definitorio del ser alemán no eran ni la lengua, ni las costumbres, ni la Historia compartida, ni mucho menos la raza, sino el compromiso mutuo de ser leales a una Constitución común que garantizaba la libertad de todos.


Los nacionalistas españoles (de derecha, pero también de izquierda) vieron clara la jugada: se trataba de un modo ideal de justificar el nacionalismo de Estado (español, quiero decir) sin apelar al derecho de conquista, que en la Europa moderna aun servía de hecho pero vestía mal de palabra. Así que a la tradicional respuesta que se daba a las demandas soberanistas llegadas de la periferia (“esto es España por cojones, os guste o no”) se le sobrepuso otra que parecía mas civilizada (“esto es España porque tenemos una Constitución que garantiza nuestras libertades ciudadanas, también las vuestras, y eso es lo importante. Lo demás son sentimientos privados”). El argumento era mucho más sólido y las consecuencias para el soberanismo catalán, vasco o gallego eran las mismas: ayer no se podia porque España tenia mas cojones, hoy no se puede porque España tiene una Constitución democrática.

No voy a entrar en hasta que punto los nacionalistas españoles de derecha o de izquierda han respetado realmente el proyecto que dicen defender (por ejemplo, desde un punto de vista de estricto patriotismo constitucional no se entiende su habitual obsesión por la anexión de Gibraltar, a parte de otras muchas cosas). Supongamos que nos tomamos en serio el patriotismo constitucional. Lo primero que llama la atención es la sacralización del status quo que supone una perspectiva así: si mi calidad de patriota e incluso mi derecho de pertenencia a la comunidad política se miden por mi conformidad con la Constitución del Estado en el que vivo, entonces los republicanos (por ejemplo) quedan borrados de un plumazo de un posible patriotismo español e incluso de la ciudadanía española, teniendo en cuenta que la Constitución española consagra la Monarquía constitucional como forma de gobierno. Así, pasamos de una posible intolerancia étnica o cultural (“los buenos españoles hablan español”) a una posible intolerancia ideológica (“los buenos españoles son monárquicos”). Es un mal negocio arrancar la semilla de Hitler para plantar la de Pinochet o la de Stalin.

Una posible solución a éste problema es plantear que el patriotismo constitucional no se refiere exactamente a la Constitución y a todos y cada uno de sus artículos, sino mas bien a los valores en qué esta se inspira, juzgados por supuesto como positivos. Es decir, lo que distingue a un patriota de un no-patriota es que este último no subscribe determinados valores que se consideran la clave de la Constitución de la patria; un anti-patriota, por lo demás, seria alguien que no solo no subscribe estos valores, sino que además se opone a ellos. Esto disminuye el margen para la intolerancia ideológica, ya que si suponemos que los valores que inspiran la Constitución son los de libertad e igualdad ante la ley (por ejemplo), entonces un republicano en el Estado español no solo se incluiría dentro del campo del patriotismo sino que, además, podría hacer sus reclamaciones en base a éste, denunciando que tal o cual punto de la Constitución (la Monarquía, por ejemplo) entra en contradicción, según su opinión, con los valores que la inspiran. Sin embargo, esta es una idea un tanto extraña: la defensa a ultranza de la propiedad privada (por poner un ejemplo de valor que podría estar en la base de una Constitución) distingue a un liberal de un socialista, pero no a un “español” de un “francés”. A parte, por supuesto, de que sigue habiendo un generoso margen por donde se puede colar la intolerancia ideológica. Y estos dos problemas no son los más graves: el entender que el buen patriotismo es aquel que se debe a una Constitución inspirada en buenos valores nos introduce en una pendiente resbaladiza que bien puede llevarnos a la justificación del imperialismo. Al fin y al cabo, uno siempre puede decir que está invadiendo un país para “democratizarlo”. ¿Les suena?

Queda sin embargo una última salida para el patriotismo constitucional, que según tengo comprobado es la preferida por muchos nacionalistas españoles: la de considerar la Constitución cómo una norma que se debe respetar siempre que haya sido votada por el pueblo. Dado que la Constitución española fue votada por el pueblo, dicen estos nacionalistas, debemos ser leales a ella y a la patria por ella configurada. Pero si queremos tomarnos en serio este principio, debemos por supuesto hacernos la pregunta inmediata: ¿qué es “el pueblo”? ¿Cuál es ese pueblo del que soy miembro y cuyos dictados debo obedecer? La respuesta natural es añadir un gentilicio: se trataría del "pueblo X", el “pueblo español” en este caso. Al margen de que esto nos devuelve con las manos vacías a todo tipo de cuestiones que se suponía que el patriotismo constitucional resolvería (“¿quien forma parte del pueblo español?”, y cosas por el estilo), existe otra pregunta que nos surge con la misma inmediatez que la anterior: ¿y yo por qué debo hacer caso de lo que diga el “pueblo español”? ¿Por qué el “pueblo español” si y el “pueblo catalán” no? La respuesta habitual de un nacionalista español suele ser “porque es en el pueblo español donde reside la soberanía nacional sobre el territorio del actual Reino de España”. Pero no obstante se nos sigue planteando una molesta pregunta: ¿y por qué la soberanía nacional recae en el “pueblo español” y no en los pueblos catalán, vasco, gallego y cuales se quiera que habitan en el territorio del actual Reino de España? Si llegado a este punto pasamos a considerar que a todas estas gentes las une en algún sentido una identidad cultural e histórica compartida que constituye el fundamento de una soberanía nacional igualmente compartida, entonces volvemos a un patriotismo identitario de lo mas normalito, con lo cual no nos queda más remedio que abjurar del patriotismo constitucional. La respuesta de los nacionalistas españoles, que se resisten a aceptar el abandono de un invento que retóricamente les funciona tan bien, suele ser la siguiente: “la soberanía nacional reside en el pueblo español porque lo dice la Constitución”. Y aquí acaba todo.

Debemos lealtad a la Constitución porque la votó el pueblo español, lo que vote el pueblo español merece lealtad porque es en el pueblo español donde reside la soberanía nacional, y la soberanía nacional reside en el pueblo español porque lo dice la Constitución. Un burdo ejercicio de lógica circular que no se distingue en nada de decir que hay que obedecer a España porque lo dice España, lo cual finalmente nos devuelve al auténtico núcleo intelectual del nacionalismo español de ayer y de hoy: “esto es España por cojones”.

Y es también en este mismo ejercicio de lógica circular donde se revela la inconsistencia analítica madre del patriotismo constitucional, de la cual se desprenden todas sus demás contradicciones y problemas, a saber: la pretensión de fundar la soberania nacional de un pueblo sobre su Constitución, olvidando que una Constitución siempre se vota dando por sentado que la está votando un pueblo soberano. La soberania nacional es, pues, un fenómeno pre-constitucional que se debe justificar sin apelar a la Constitución ni a ninguna otra ley que emane de esa soberanía. Y no está de mas recordar que no tenemos ninguna garantia de que esa justificación pre-constitucional exista en todos los casos en que un nacionalismo (el español, en este caso) demanda respeto para la soberania nacional de un conjunto de gente al que califica de "pueblo" o "nación".

Es posible que existan buenas razones para defender la unidad de España, e incluso para impugnar un posible proceso de autodeterminación en Cataluña, en el País Vasco o en cualquier otro territorio bajo control del Estado español, aunque un servidor aun no ha descubierto esas razones (por algo es independentista). No obstante, los nacionalistas españoles, en especial los de izquierdas, harían bien en dejar de buscar esas razones en el patriotismo constitucional de Habermas, que en el mejor de los casos nos sumerge en una irresoluble lógica circular y, en el peor, nos enfila en veredas de muy mal destino.

Este artículo pertenece al Dominio Público por expresa devolución del autor al mismo.

Comentarios de los usuarios (1) RSS feed comment
Escrito por Invitado, on 08-01-2007 19:36,
1. nacho
Muy didáctica tu reflexión sobre lo que significa, a grandes rasgos, "patriotismo constitucional". 
 
Muy aguda tu advertencia sobre cómo algunos de la vieja guardia se apuntan al carro de los valores democráticos siempre y cuando no les toquen en sus privilegios (el de la enseñanza religiosa el primero). 
 
A pesar de todo, no termino de estar muy de acuerdo con que el "patriotismo constitucional" sa una especie de non-sequitur político.  
 
Y menos todavía, con ue la crítica al nacionalismo no sea posible sino desde otro nacionalismo simétrico, como se desprende de tu artículo cuando hablas de "nacionalistas españoles de izquierdas".  
 
Existe vida fuera del nacionalismo, incluso para la izquierda. Es más, su superviviencia depende de que así sea.  
 
Un saludo.
 
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