| De liberalizaciones chapuceras |
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El mercado energético siempre da que hablar, de un modo u otro. Durante
mucho tiempo el consenso había sido que la producción y distribución de
electricidad era un ejemplo claro de monopolio natural, recibiendo el consiguiente tratamiento regulador estricto por parte del estado.
El razonamiento era sencillo, pero vale la pena repasarlo. Producir energía es relativamente complicado, por el mero motivo que no puede ser almacenada en ninguna parte. Eso significa que la distribución es crucial, ya que todo lo que se produce debe repartirse inmediatamente, algo que entraña cierta dificultad. La infraestructura para llegar a todas partes es gigantesca, carísima, y difícilmente duplicable; no es demasiado razonable pensar que dos compañías tiren cable a cada casa, y compitan por dar el mejor precio. Un mercado con costes de entrada gigantescos, costes marginales decrecientes y masivas economías de escala; la pura definición de monopolio natural. Tradicionalmente, los economistas no se complicaban la vida con los monopolios naturales: sea en manos privadas o públicas, son empresas que se regulaban esta las cejas y punto. Con ello se limitaba el poder de mercado del monopolista, evitando que manipulara los precios a placer y reduciendo los beneficios (o las perdidas subvencionadas) a un nivel manejable. Es una solución que a veces no resulta demasiado elegante para los economistas, y la verdad, no necesariamente eficiente (los políticos tienen la manía de poner los precios al tuntún), pero tiene la ventaja de ser estúpidamente sencilla; control de precios y punto. Desde hace unos años, los economistas se han dedicado a señalar que este arreglo no tiene demasiado sentido económico, y con cierto razón. El problema es que aún siendo un problema evidente, crear un mecanismo de mercado que rompa la tendencia monopolística del sector no es absoluto sencillo. Uno tiene que reducir los costes fijos de modo que permita la entrada de competencia, y hacerlo de modo que los agentes no tenga incentivo en manipular el mercado. El mecanismo habitual, repetido de un modo u otro en casi todas partes, es separar producción y distribución. En algunos casos (España, California), la distribución pasa a ser un monopolio del estado, que distribuye energía de forma igualitaria entre productores privados. En otros (Connecticut), la distribución se da a un monopolio privado que tiene prohibido generar energía, que compra al mejor precio electricidad en un mercado de productores privados. En ambos casos, los políticos siempre mantienen cierta capacidad reguladora, pero tienden a confiar que los precios bajen gracias a la competencia. ¿Por qué escribo hoy todo esto? Bien, porque en este pequeño rincón de Estados Unidos acabamos de recibir noticias que la liberalización ha sido un sonoro fracaso. O traducido a precios, United Iluminating, el gentil monopolio privado que nos vende electricidad en New Haven, ha recibido la autorización para subirnos las tarifas un 50%, mientras obtenía (como todas las empresas del sector) beneficios récord. Oh bonita sorpresa. La razón, para variar, es una liberalización absolutamente incompetente del sector eléctrico. Cada cierto tiempo, las compañías de distribución tienen derecho a revisar sus tarifas en base a las ofertas (secretas) de los productores. Estos deben presentar, en sobre cerrado, el precio por kilowatio de su central más cara, que es el que están autorizados a cobrar. No hace falta ser un genio para darse cuenta que el incentivo para los productores es tener todos una central excepcionalmente ineficiente, guiñar el ojo cariñosamente al resto para que inflen su oferta, y recoger la lluvia de beneficios alegremente. ¿Suena familiar, no?. En España le llamamos coste de transición e historias semejantes, pero también hemos acabado creando un mercado maravillosamente abierto al oligopolio. No hace falta recordar el desastre de California con Enron de hace unos años, los apagones de no hace demasiado en el norte de Europa, y tantas otras pifias de liberalización y alegre manipulación de mercados para ver que no siempre funcionan. ¿Por qué sucede esto tan a menudo? Para variar, lo cierto es que no estoy demasiado seguro. Mi primera impresión es que es una combinación entre incompetencia, capacidad de bloqueo de las empresas y una cierta ingenuidad de los políticos. Lo de incompetencia viene del mero hecho que una liberalización de este calibre es realmente complicada de hacer bien; de hecho, es posible que no sea ni siquiera factible. Esta dificultad técnica se combina con lo complicado que resulta manejarse con empresas de ese tamaño en la arena política: tienen poder de mercado, tienen recursos, y pueden presentar toda clase de problemas reales o ficticios para presionar a los políticos. Sencillamente, Endesa, Enron o United Iluminating tienen una capacidad de influencia enorme, simplemente por su propio "peso", y trabajan con ahinco para limitar las reformas. Liberalizar, sí, pero sólo hasta un punto en que el poder de manejar precios lo tengan ellas, no los políticos. La ingenuidad es algo más complicado, pero creo que también tiene algo de cierto: los políticos creen a veces en recetas mágicas. Si estas incluyen privatizaciones que generan cantidades enormes de dinero en la caja y posibles bajadas mágicas de precios, aún mejor. Muchos políticos tragaron con la magia de la liberalización, sin realmente prestar atención a la crucial importancia de los detalles. Y claro, acabamos pagando los votantes. ¿Pueden funcionar las liberalizaciones electricas? Sí, a veces funcionan. Lo que debe quedar muy claro, sin embargo, es que no son en absoluto sencillas, y que el riesgo de quedarse a medias (o pasarse de frenada) favoreciendo a los actores equivocados es ciertamente elevado.
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| Escrito por Roger Senserrich | |
| miércoles, 27 de diciembre de 2006 | |
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