| Y si limitáramos a dos mandatos... |
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La sensación acerca de esa denominación, unida a un interés decreciente de la sociedad por los asuntos que emanan de nuestros dirigentes, y la creciente abstención que vamos comprobando tras cada nuevo proceso electoral me han hecho replantearme la distancia existente entre el pueblo y los políticos, y no sólo eso, sino también las cuotas de poder dentro de los diferentes partidos políticos.
Analizando ésto, llego a la conclusión de que cada vez nos sentimos menos representados por aquellos que a ojos de la legislación vigente, nos representan, y no sólo eso, si no que a una gran parte de la ciudadanía, casi le daría igual si le gobernaran unos u otros, porque ni siquiera se preocupan por ir a votar.
Intento ver desde un punto de vista crítico la manera de proceder de los diferentes partidos políticos, y me doy cuenta que se trata de pirámides de poder de difícil acceso a su punta, en la que unos pocos deciden sobre las mayorías, con el único objetivo de mantener el poder. De hecho, es curioso observar como ante unos comicios, cambian poco los nombres si se ha ganado los anteriores, y por el contrario cambian con más facilidad si se han perdido (tampoco demasiada), aunque en muchos de los casos para nada cambia el programa, que debiera ser lo realmente interesante y valorable.
Todo esto me ha llevado a plantearme la necesidad del Estado de limitar los cargos de representación pública a dos mandatos. Esto quizás podría ayudar a que el ciudadano participara más de la vida política, con constantes cambios en los nombres, y con una conciencia popular de que la política no es una profesión, si no un servicio público, cosa que ahora parece algo distante de lo que piensan los ciudadanos.
Creo que además, esta limitación en el mandato, no sólo ayudaría a acercar al ciudadano la democracia, sino que también seria una buena manera de desenquistar los poderes públicos. Todos recordamos como la última legislatura de Felipe González fue desastrosa en cuanto a corrupción, o conocemos algún Ayuntamiento en el que la permanencia de las mismas personas durante muchos años han hecho oscura su gestión, sólo hace falta leer los periódicos.
A mi parecer, debiera abrirse la participación a la ciudadanía, sobretodo a nivel municipal, donde seguramente es más fácil llevarlo a cabo, pero también se debieran buscar nuevos métodos para facilitar la comunicación entre ciudadanos y gobierno, con las nuevas posibilidades que ofrecen las nuevas tecnologías. ¿Nadie cree que si pudiéramos votar por correo electrónico durante un periodo de tres días, por ejemplo, la participación seria mucho mayor? ¿ Y si pudiéramos contestar a una pregunta acerca de una proposición de ley a través de la web del congreso, no tendrían una opinión de los ciudadanos para debatir?
A mi parecer, este problema no es una cuestión de derechas o izquierdas, me parecen tan reprobables e infumables los 23 años de Pujol en Catalunya, como los 25 que lleva Luis Tejedor como Alcalde de El Prat de Llobregat, la democracia y los partidos deben renovarse, y no se debieran poder perpetuar las personas en el cargo, por más que tengan una legión de seguidores.
En Catalunya, por ejemplo, Ciutadans pel Canvi que concurren a les elecciones autonómicas en coalición con el Partit dels Socialistes de Catalunya ya exige a sus representantes el compromiso de que sólo lo serán durante dos mandatos. En Estados Unidos, ya existe esta limitación, que impedirá a su presidente actual presentarse a la reelección (como saben los que me conocen, para mi los USA nunca han sido un ejemplo, excepto para jugar al basket, pero en este caso quizás si lo sean). Quizás no sea la solución, pero lo que si es seguro es que ayudaría a no enquistarse a los partidos y gobiernos de todos los niveles territoriales que sólo tienen como objetivo el no abandono del poder, y no el gobernar para y por los ciudadanos, solucionando los problemas reales de estos.
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| Escrito por Jordi Tort | |
| domingo, 31 de diciembre de 2006 | |
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Desde
hace unos días, más bien semanas, corre por mi cabeza
una amarga sensación acerca de la “clase política”.
De hecho, ya me gusta poco esa denominación que acabo de usar
y que es usada generalmente de los políticos como una “clase”
distinta del resto. En una democracia pura, nunca los políticos
podrían ser una “clase” distinta. Todavía me
gusta menos comprobar que hay apellidos que continuamente se repiten
en la política española, tanto a niveles estatales,
como autonómicos y municipales.





