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En los últimos tiempos varias
ciudades italianas se han destapado con unas medidas algo extremas
para solucionar ciertos problemas de convivencia: En Padua y Milán
se levantan muros para dividir los barrios de inmigrantes y los
campamentos nómadas de los ciudadanos de pro, mientras Bolonia
lanza a las excavadoras a eliminar los asentamientos gitanos.
Pero de todos estos ramalazos clasistas
se lleva la palma el ayuntamiento de Trieste, que para que los
vagabundos no afearan sus parques durante las fiestas navideñas,
optó por arrancar los bancos públicos. En dos de sus
parques ya no campan los mendigos, cierto, pero tampoco los
jubilados, las amas de casa que vienen de hacer la compra, las
parejas de novios. Los parques se han convertido en una colección
de árboles.
Tienen razón los que se alzan- y
son muchos- en contra de la medida consistorial; los bancos son algo
más que un asiento, son una forma gratuita de pasar el tiempo
y de comunicarse con los demás. Los bancos, en las plazas, en
los parques, son a la vez escenario y observatorio de la vida en la
ciudad. Y son un vestigio de una forma antigua y desusada de emplear
el tiempo libre, restos de lo que eran las ciudades cuando no
existían centros comerciales, ni cines multisalas ni locales
de comida de plástico. Hoy apenas los usan los viejos, pero en
Trieste, la desafortunada decisión del ayuntamiento ha hecho
revivir en sus ciudadanos la pasión por los bancos. Igual
inauguran una nueva- o más bien renovada- forma de ocio.
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