| Lecturas |
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En esta
época el mundo cristiano celebra el nacimiento de “El Mesías”, Jesucristo, una
de las partes de la Santísima Trinidad – ya sabéis, aquello del “uno y trino” –
más ligadas a la idea de humanidad; el mundo no cristiano celebra una fiesta
capitalista de consumo masivo, igual que en el cristiano pero sin componente
religioso. La historiografía universal ha demostrado que el nacimiento de
Jesucristo no se produjo en estas fechas, ni en el año que toma el calendario
como año 0, sino que lo más probable es que naciese en el verano de, por lo
menos, seis años antes ya que parece claro que Herodes falleció cuatro años
antes del 0 y su edicto de infanticidio masivo afectaba a descendientes varones
entre 0 y 2 años.
La Biblia no es una enciclopedia de historia sino un
texto religioso, espiritual y, por lo tanto, más preocupado por la transmisión
de sus ideas que por el rigor historiográfico o científico en general. Los
denodados esfuerzos de algunas personas en datar, localizar y hallar pruebas
históricas irrefutables que confirmen el relato bíblico son baldíos y, lo que
es peor, absolutamente innecesarios. No se puede coger la Biblia, que es, en el
mejor de los casos posibles, una traducción más o menos literal de una
traducción al griego de una traducción al hebreo – todas ellas hoy
desaparecidas – de una recopilación de tradiciones orales que persiguen
explicar quiénes somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos, y pretender
encontrar entre sus páginas un compendio científico sobre el saber humano de la
época, es un perentorio error. La Biblia es un mensaje, que quien o quienes la
escribieron tenían la voluntad, o el mandato divino – que cada quien lo coja
por donde quiera –, de transmitirlo al resto de la humanidad con el loable fin
de salvarla de las garras del mal. Hay que ponerse en la piel de aquellas
personas y de su mundo, de las expectativas que podían tener sobre la formación
intelectual del resto de la gente de su época y las posibilidades de que fuese
comprendido un mensaje basado en experiencias espirituales. A poco que nos
esforcemos comprenderemos que a estas personas les pareció, yo creo que con
buen criterio, que la mejor manera de que el resto de la gente comprendiese,
siquiera mínimamente, el contenido del mensaje religioso era utilizar la
fábula, y fabularon, fabularon mucho, y a juzgar por la situación histórica de
su religión lo hicieron bastante bien, de tal manera que hoy es una de las
religiones más extendidas entre la humanidad.
La Biblia y los hechos que en ella se relatan
no son ni verdad ni mentira sino una experiencia mística, un mensaje religioso
que necesitaba ser difundido. Lo importante es ese mensaje, la manera en que
puede entenderse y su contenido, y lo de menos es el continente, el rigor
historiográfico y científico. Buscar las huellas de los hechos que ilustran la
fábula es tanto como buscar en La Mancha las pisadas fosilizadas de Rocinante o
la pipa de Sherlock Holmes por entre las callejas de Londres. Dios existe, al
menos porque cientos de millones de personas así lo creen, pero lo que resulta
incontrovertible es que el mensaje religioso, compartido por una gran parte de
la humanidad, es tan real como la vida misma, pero real en tanto que místico no
real en tanto que físico; y no hay que buscar entre las dunas del desierto el
esqueleto de Jesucristo sino entre las páginas de un libro universal.
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