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viernes, 05 de diciembre de 2008
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La quimera de la política industrial Imprimir E-Mail
Lecturas 2492    

ImageEs uno de esos mitos de política económica que parecen no morir nunca. Cada cierto tiempo, algún articulista o político lleno de buenas intenciones (habitualmente desde la izquierda) aboga por la implementación de una agresiva política industrial, con el Estado apoyando industrias estratégicas e incentivando inversiones en lugares mágicos.
Lo cierto es que suena muy bien, pero es una idea equivocada. De hecho, la mejor política industrial es básicamente la que no existe, y por buenos motivos.

El primer motivo sonará sacado del librillo liberal, pero no por ello deja de ser cierto: no hay ninguna garantía que los políticos sean mejores que los inversores privados decidiendo qué sectores son potencialmente rentables en el futuro. De hecho, es bastante probable que los políticos sean mucho peores que el mercado en ello, por el sencillo motivo que no tienen los incentivos adecuados para hacerlo.

Un ministro tiene una prioridad básica, ganar votos. La belleza de la democracia es que gracias a esta preocupación esto asegura que el ministro no haga cosas demasiado extrañas o deshonestas, pero también genera enormes tentaciones publicitarias sin demasiada racionalidad económica. Un ministro de fomento intentará hacer LAVs a ninguna parte, y uno de industria hará casi inevitablemente parque tecnológicos virtuales del conocimiento aeronáutico. Suenan muy bien sobre el papel, y oye, las empresas subvencionadas de turno tendrán mucho que agradecer, pero quizás en un lugar sin ingenieros, informáticos o aeropuertos quizás no sea una buena idea. La mejor manera de evitar estas potenciales pirámides de Egipto es básicamente mantener a los políticos al margen de según que cosas.

Un segundo punto, no menos importante, es el de la información. Aún con un político perfectamente orientado a tomar decisiones de futuro (fácilmente reconocible porque cabalga en un unicornio para ir a la oficina), la probabilidad que meta la pata es parecida a la de un inversor privado. El problema es que cuando un empresario decide fabricar catapultas de alta tecnología y la pifia, se arruina él solito, mientras que si es un gobierno el que pifia su política industrial tenemos a toda la economía perdiendo el tiempo mejorando armas medievales. Centralizar decisiones implica concentrar riesgos, y eso no acostumbra ser una buena idea.

El tercer factor que desaconseja la política industrial anda paralelo al anterior, y se centra en las distorsiones que crea en el mercado. Si desde la administración se potencian ciertos tipos de empresas sobre otras (sea mediante subvenciones, impuestos bajos o aranceles creativos), los empresarios tenderán a añadir esto a sus cálculos, hasta el punto que pueden acabar invirtiendo en negocios que sólo son rentables mientras las ayudas públicas existan. Si el político ha tomado la decisión equivocada, a la que se acabe el dinero tendremos una auténtica catástrofe de recursos malgastados entre manos.

Hay algo que siempre se debe tener en mente, y es que no todas las industrias pueden prosperar en todas partes. Si no hay economías de red, mano de obra adecuada, disponibilidad de suelo, capital o incluso clima adecuado ("¡Esquíe en Extremadura!") uno ya puede subvencionar lo que quiera, que la industria autosostenible mágica no aparecerá, y si lo hace, no será a un buen precio. Mejor evitar meter toda la economía en un callejón sin salida mediante planificación demasiado centralizada.

Finalmente hay una cierta ironía en pedir una política industrial, y no darse cuenta lo mucho que se parece a un estado de bienestar sólo para ricos. El estado debe proteger personas físicas, no jurídicas; subvencionar empresas es mantener a un empresario bien surtido, y a un montón de trabajadores perdiendo el tiempo en una empresa inútil. Es más justo (y eficiente) dejar que las empresas insostenibles cierren y asegurar que los trabajadores estén protegidos hasta que puedan subirse al tren de una empresa viable que evitar que alguien pierda una inversión.

¿Qué política industrial es deseable? Aquella que se aparta del medio, hace que invertir sea fácil, y no impone cuellos de botella absurdos a la economía. El estado debe asegurarse que el sistema educativo funciona, los transportes tienen la capacidad adecuada y que el dinero puede encontrar las buenas ideas y descartar las malas, y listos. Y oye, eso puede implicar ser los mejores copiones tecnológicos del mundo, con especial talento construyendo infraestructuras ajenas. Quien sabe. Una economía flexible, ágil y sin impedimentos absurdos es debe ser el objetivo, no el enésimo intento de repetir Silicon Valley.
Palabras claves : industria

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Escrito por Roger Senserrich   
miércoles, 10 de enero de 2007
 
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