| El oasis catalán se revuelve |
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Acostumbrados (o debería decir anestesiados?) por los debates sobre cuestiones identitarias sin profundidad que han servido en la mayoría de los casos, para servir de escusa a la incapacidad o falta de voluntad política de los partidos catalanes en resolver los problemas de la ciudadanía, parece que el partido más estable de todo el arco político catalán afronta una crisis de profundo calado.
La federación de Convergencia i Unió esta digiriendo muy mal su segundo periodo de oposición. Un proyecto político ad hoc para gobernar no encuentra su sitio en el nuevo teatro de operaciones que empieza con esta nueva legislatura.
Jordi Pujol fue el fundador y principal motor de una fuerza política con una vocación de transversalidad que probablemente no tiene comparación con ninguna otra fuerza política de europa. Convergencia Democrática de Catalunya, el partido de Pujol nació presentándose como el nexo de las tradiciones socialdemócratas y socialcristianas que existen en el resto de la Europa occidental. Muy pronto, su coalición con Unió Democrática de Catalunya supuso un refuerzo de los elementos cristianos y un cierto distanciamiento con los postulados del socialismo democrático. En mi opinión, CiU representó una auténtica tercera vía como la que describe el sociólogo Anthony Giddens.
Pero la experiencia ha demostrado que este proyecto tiene una muy frágil estabilidad. Todos los partidos buscan la transversalidad electoral ya que es en saco de votantes indecisos, ideológicamente más volubles donde se encuentran las mayorías absolutas. Aún así, todos los partidos mantienen algún elemento más o menos inamovible que les hace distintos de las demás fuerzas políticas. Soy consciente que esta afirmación es discutible ya que la izquierda está pasando por una crisis de referentes ideológicos que la hacen difícilmente reconocible. Pero así y todo, sigue manteniendo algunos rasgos esenciales en el campo de los derechos civiles.
Volviendo a CiU, objeto de este artículo, el elemento nexo de los dos partidos era (y es) el nacionalismo. Como he afirmado más arriba, el nacionalismo y la constante cruzada nacional contra Madrid ha tapado todas las carencias que los partidos han dejado al descubierto. Y hay que reconocer que CiU ha sabido jugar maravillosamente esta carta ya que durante veinti y tres años ha conseguido obtener la confianza de la mayoría de los votantes.
Pero a qué precio? A mi juicio, Catalunya ha pagado un precio excesivamente alto por haber exteriorizado en demasía la crítica a los problemas existentes. Una serie de inercias han provocado que Catalunya viviera durante muchos años con unos engranajes obsoletos frente a los nuevos retos que se le estaban presentando. Es por esto que la apuesta de formar una coalición de gobierno de izquierdas fue percibida por mucha gente como una necesidad.
Sin embargo, esta opción de los partidos de izquierda ha tenido unos efectos más allá de la coyuntura. Ha supuesto, en mi opinión romper con la dialéctica del panorama político catalán (el famoso oasis) entre nacionalismo y no nacionalismo y por contra, centrar el debate entre políticas progresistas y políticas conservadoras.
Está claro que CiU no estaba preparada para responder a esta jugada. Y parece que sigue sin estarlo. El primer tripartito ha tenido un funcionamiento interno muy irregular que ha ensombrecido casi por completo su positiva acción de gobierno. Pero si hiciéramos un examen a la oposición, veríamos como el papel de CiU ha sido casi inexistente en este sentido. Ha criticado todos y cada uno de los pasos que el gobierno triparetito hacía. Pero sin presentar una propuesta alternativa clara a la ciudadanía.
Tal desconcierto parece que está socavando los cimientos del proyecto político pujoliano. Sin embargo, estos agujeros vienen de lejos.
El primer punto de inflexión fue en el periodo del noventa y cinco-noventa y seis, cuando retiró el apoyo parlamentario al último gobierno de Felipe González y posteriormente, fruto de los resultados de las elecciones generales, pactó apoyo parlamentario con el PP de José María Aznar. En ese momento, el mito del Pujol socialdemócrata, transmisor del modelo escandinavo del Estado del Bienestar se derrumbó para muchos. Era muy difícil defender el modelo socialdemócrata en aquellos (aunque puede que ahora lo sea más), es verdad, pero un exceso de tacticismo situó a CiU en el centro derecha,espacio que ya no abandonaría. Añadiendo, que para otra gente el pacto con el PP le sacaba del epicentro nacionalista y daba un gran margen de maniobra a Esquerra Repblicana de Catalunya.
El segundo pacto con el PP, éste último con mayoría absoluta, fue el segundo punto de inflexión. Incomprendido por la mayor parte de la ciudadanía de Catalunya y con unos escasos réditos erosionó aún más la imagen de CiU como casa común del catalanismo nacionalista y la encasillaba definitivamente en el centro-derecha perdiendo definitivamente el votante socialdemócrata.
Y el tercer punto de inflexión ha sido la edición y reciente reedición del tripartito. El mérito creo que hay que repartirlo entre Pasqual Maragall y ERC a partes iguales. Pasqual Maragall ha sido el Pujol socialista consiguiendo que el PSC sea también un partido transversal, captando a sectores catalanistas descontentos con la estrategia convergente. Por otra parte, y destacando una faceta poco reconocida de manera injusta de Maragall, ha conseguido modernizar el discurso socialdemócrata al menos para el caso de Catalunya. Y ERC con su jugada en diagonal ha conseguido lo que parecía imposible. Romper el debate polarizado entre nacionalismo y no-nacionalismo por el derechas e izquierdas, aunando en la izquierda a catalanismo y socialdemocracia.
La apuesta de ERC es profundamente estratégica y de futuro, ya que pretende presentar un proyecto de país independiente, junto a un sentimiento de pertenencia en base a un fortalecimiento de las políticas sociales públicas que integren a todos los ciudadanos y ciudadanas de Catalunya hayan nacido en dicha tierra o no.
Como he dicho, CiU parece no percibir que el tripartito no es algo coyuntural ni una búsqueda del poder por el poder, sino que va más allá. Representa situar en el centro de la batalla política el debate que no por vierjo es innecesario de los modelos de sociedad entre la visión progresista y la conservadora. A menudo, estas situaciones pueden percibirse como un trauma para la sociedad, y seguramente para las comunidades sociales sin estado propio. Pero es sólo desde el debate profundo sobre cómo debemos organizarnos que las sociedades progresan. Y por otra parte, no hay forma más bella de querer a un pueblo que preocuparse por mejorarlo.
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| Escrito por Eric Llacuna | |
| jueves, 18 de enero de 2007 | |
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